![]() Propuestas, Ideas y Alternativas
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Recambio de totalitarismos (II) En el artículo anterior se repasaba, sintéticamente, los siglos XIX y XX, y el predominio de las fuerzas abiertamente laicistas. Tras el liberalismo del XIX, se recordó el auge y desarrollo de los totalitarismos del XX, también laicistas, pero rivales u opuestos al liberalismo. Pese al enorme auge de los totalitarismos antiliberales (tomados como grandes protagonistas del XX) este siglo pasado finalizó con la Caída del Muro y la Tormenta del Desierto, que deshicieron estados y polos de poder que sostenían sistemas antiliberales. La «vuelta de los nacionalismos» en la última década del siglo no hizo más que precipitar a la ruina interior, física y moral, a diversos países donde tuvieron éxito (Yugoslavia o Ruanda fueron buenos ejemplos). Sabemos que no es la única razón (ni la más importante) que hace que los micro nacionalismos no sean rivales para el bloque vencedor en la Guerra Fría, pero es suficiente constatar que allí donde se han desatado no han hecho más que movilizar entusiasmos para multiplicar agravios, enfrentar entre sí a los pueblos de un mismo territorio y descuartizar sus estados, dejando los restos para que se los lleve la temida marea homogeneizadora que sumerja esos “hechos diferenciales” y cualquier ámbito soberano que pretendían conquistar o conservar. Por tanto, el camino de la victoria mundial del Occidente liberal-capitalista parecía quedar despejado y seguro. La tan citada “Globalización” no es, ni mucho menos, sólo la evidencia que los tiempos “avanzan una barbaridad” tecnológicamente y que las telecomunicaciones han empequeñecido nuestro mundo. Ante todo la Globalización es la constatación de la mundialización de un determinado modelo socioeconómico, y la difusión y predominio de un único pensamiento. Hablar de “otras globalizaciones” distintas u opuestas a la única que hoy se despliega (como hacen algunos sectores) entra dentro de la literatura fantástica o de las acostumbradas intoxicaciones lanzadas para confundir al público (o para confundir los deseos de algunos con la realidad). Aunque los pueblos de los países occidentales hayan vivido con esto, resulta curioso (y hasta sorprendente) ver que, durante tantos años de Guerra Fría, mientras las espadas (o misiles) se mantenían en alto ante la Unión Soviética, pero también cuando ésta se hundía con sus satélites e, incluso, durante la década posterior a la Caída del Muro, el paradigma «progresista» haya sido el predominante en la mayoría de los públicos de Occidente. Quizás en el futuro será difícil que la gente lo crea. Pero todos hemos vivido (algunos incluso hemos sobrevivido) al predominio cultural y mediático de la «izquierda oficial», que todavía hoy domina varias parcelas del “mercado”. El «progresismo» era quien administraba el mundo de las ideas plasmadas y lo que estaba bien visto. Cualquier elemento que no recibía su beneplácito era, automáticamente, observado como sospechoso o peligroso. Dos de esos elementos puestos en entredicho por el «progresismo» (cuando no atacados sin disimulo) han sido los conceptos de Nación y Religión. En efecto, el humanismo internacionalista y el laicismo antirreligioso o materialista eran otras de las significativas convergencias con el bloque comunista... pero también eran prácticamente asumidos, sin gran problema, por el “mundo” socioeconómico y político declaradamente liberal-capitalista, que siempre pudo aceptar y hasta identificarse mucho más con estas dos bases del «progresismo» que con otros apriorismos del mismo. La nación se dejaba para las reivindicaciones nacionalistas y los deportes de masas, y la religión para el ámbito privado y folclórico de la gente. Esos dos elementos capitales del paradigma «progre», al recoger o coincidir sustancialmente con las ideas e intereses de unos y otros, fueron de los que mayor aceptación tuvieron en el “credo” establecido oficiosamente en Occidente. Constatábamos que el modelo privatista y mercantilista que competía con el modelo comunista acabó venciendo y que los adversarios se “convencieron” por «exigencias de la historia» (o por la necesidad de «cazar ratones» como dijeron gráficamente el “rojo” Deng Xiao Ping y el “socialista obrero” Felipe González). Pero hemos recordado que esa aceptación del capitalismo liberal se impuso y aceptó por conveniencia (o por fatalidad); lo que “convencía” era el hecho fatal de la victoria del liberalismo, es decir, porque no quedaba “más remedio”. El predominio de las leyes y de la cruda lógica del economicismo privado, que había despreciado las grandes ideologías y «meta-relatos» del siglo XX, ganaba con todas las consecuencias y empezaba a hacer sentir todas sus exigencias económicas y sociales, tanto en el ámbito nacional como global. Pero el liberalismo había sido, y seguía siendo, incapaz de ganarse los corazones no sólo de la mayoría de la gente, sino ni siquiera de una minoría amplia. Pero ¿Acaso el empuje y la consolidación “técnica” de este sistema necesita de una movilización de entusiasmos populares? ¿Acaso ha perjudicado al empuje y desarrollo del capitalismo actual el hecho que, durante varias décadas, los “resortes” del relato de creencias hayan estado en manos de “rivales” o “correctores” suyos como presumían las «fuerzas progresistas»? ¿Acaso lo que ha ocurrido en el siglo XX no demuestra que las leyes del “puro mercado” pueden derribar todos los obstáculos y salir vencedoras sin necesidad de un “frente de las ideas” fervoroso fiel? Nuestra respuesta es que esta convicción ha sido dominante en las fuerzas de lo que en España llamamos la «derecha»: bastaba seguir las leyes del “libre mercado” para desencadenar un proceso inevitable, sin necesidad de plantear movilizaciones o batallas por las ideas o los sentimientos. Los tres nuevos sostenes totalitarios del “orden” mundial En la parte anterior del artículo recordábamos que el liberalismo ha necesitado compañeros de viaje que luchen por abrirle paso, le cubran los flancos y le protejan las espaldas. Indicamos que cuando las crisis y revoluciones de la I Posguerra mundial fueron levantando, en todo el mundo “desarrollado”, diversos y potentes frentes enemigos del liberalismo, los gerentes del «Mundo Libre» consiguieron la confrontación de los nacionalismos entre sí y de éstos con los revolucionarios colectivistas. Y aunque las potencias aliadas contaron con mucho más recursos materiales que los demás contendientes, jamás soportaron el peso de aquellas confrontaciones titánicas, ni aparecieron nunca en las posiciones más arriesgadas. Y cuando su gente luchaba, no lo hacían motivados por las exigencias del liberalismo. Los demócratas de América recurrieron a una propaganda racista antiamarilla que igualó la famosa del ministro Goebbels que equiparaba judíos con ratas de alcantarilla. Ésta es la historia del liberalismo: para sobrevivir y afrontar momentos de confrontación o de gran tensión, necesita parasitar y apoyarse en elementos “adjuntos”. Porque sus famosas leyes economicistas, su lógica pragmática, sus ideales individualistas y su cruda realidad, son incapaces de mantener el corazón y movilizar intensamente a casi nadie. Laureano Luna señala que las fuerzas partidarias de la Globalización se dividían en tres grandes tendencias: la primera son los liberales puros, que confían el desarrollo y consolidación del proceso a las fuerzas puras del mercado; la segunda son los socialdemócratas, que piensan que el mercado global debe y puede ser controlado por instituciones públicas de alcance mundial; y la tercera es la de los neoconservadores, que se dan cuenta muy bien que el puro mercado no garantiza el triunfo de la Globalización y apuestan por un impulsor y controlador político-militar. Luna considera (y nosotros con él) que los neoconservadores son, con mucho, los más realistas. Porque el liberalismo puro, en solitario, como hemos dicho, no consigue controlar los países; y porque la posibilidad que unas instituciones mundiales no sólo lleguen a ser capaces de controlar o de corregir el capitalismo, sino siquiera de existir, son prácticamente nulas. Los EEUU, en cambio, existen como realidad política, económica, tecnológica y militar hegemónica. Pero lo que interesa ahora no es el sostén “corporal” (o político-económico-técnico-militar) del ”orden” mundial, sino señalar el nuevo sostén ideológico que lo justifica y gana las mentes de las gentes, es decir, lo que importa es identificar las bases del nuevo paradigma en los países occidentales: el paradigma que están estableciendo los neoconservadores. Éstos son los que están levantando el nuevo discurso cultural dominante que está sustituyendo al progresismo como recambio ideológico para sostener la nueva fase de la misma realidad política, social y económica que viene desarrollándose desde hace unos siglos. El principal propósito de estos dos artículos es combatir la creencia que el discurso justificador de la nueva fase del liberal-capitalismo mundial se reduce a una aceptación realista del poder físico de los EEUU, a la justificación cínica de la ley del más fuerte o la veneración por el capital. Por supuesto que el pragmatismo filo americano es pro americano tanto por ser pragmático (arrimarse a EEUU por ser el ”sol que más calienta”) como por sentirse plenamente identificado con el principal motor del modelo americano: el individualismo y la justificación de todo por acumular capital. Asimismo, la tendencia de colocarse automáticamente a favor del poder sólo porque es el poder, puede considerarse como el sustrato más hondo de los grupos de la derecha en diferentes épocas, lugares y condiciones. Por eso, este realismo que siempre se suma al polo de mayor poder y lo justifica por el simple hecho de ser el poder más efectivo, puede verse legítimamente como el remate o el sustrato de todo lo demás. Como en el mundo capitalista lo que tiene más fuerza normalmente (normalmente, se advierte) es el capital, la derecha justifica plenamente el dominio de los que detentan el dinero simplemente porque lo tienen. 1 - El nacional-occidentalismo La usurpación del concepto nacional por parte de los conservadores (liberales o “autoritarios”) se ha vuelto clásica. Consiste en confundir la Nación con la ideología, las leyes y los intereses de un sector determinado de la nación. En general, a través de este acaparamiento absoluto, los conservadores identifican lo “nacional” con el mantenimiento del marco jurídico, social, económico y cultural conveniente para la clase dominante. El nacional-occidentalismo no deja de ser la recuperación, con mayor fuerza, de esa usurpación y confusión: asociar las naciones inmersas en Occidente y sus historias nacionales con el sistema occidental (un sistema que paradójicamente nació atacando la historia). Al igual que la gente suele confundir tradición con costumbres de ayer, las derechas neoconservadoras promueven la confusión de la historia nacional de los países de Europa y el continente americano con el sistema impuesto en la era contemporánea. De esta forma, los europeos y americanos que a lo largo de la historia han seguido o luchado por seguir modelos diferentes u opuestos al impuesto hoy, son literalmente olvidados, tergiversados o pasan a sumar la “Anti-Europa” (o la "Vieja Europa" como la llamaba Ronald Runsfeld). Lo que tratamos en esta página es de recordar la gran fuerza potencial que tienen las apelaciones a “nuestra tierra y nuestra sangre”, las referencias a lo señalado como “propiamente nuestro”, aunque no lo sea. Unos colores no despiertan por sí mismos emociones intensas, pero lo hacen cuando son asociados a lo que unas personas identifican como colectivamente suyo. Es aquí donde entra en liza la primera gran manipulación neoconservadora: nadie sentiría, se movería o arriesgaría mucho por defender el despotismo de la implacable lógica mercantil e individualista... a no ser que ésta se asuma como “algo nuestro”, algo que sea parte del ser español o del ser europeo. De esta forma, muchas situaciones políticas, sociales, económicas y culturales que durante los últimos tiempos han colado o se han impuesto, siguiendo patrones ideológicos o intereses de poder o capital claramente exigidos por unos sectores particulares en detrimento de otros (e incluso en contra de lo querido por una enorme mayoría de la nación) pasan a convertirse, por obra y gracia de la derecha neoconservadora, en fundamentos de la identidad española o europea. No es broma decir que, hoy, se puede llegar también a sostener que los altos beneficios de la banca o la droga en las escuelas son instituciones y señas de identidad nacionales irrenunciables, y que los que quieren cambiar o combatirlas son enemigos de España o de Europa. Con los neoconservadores se consigue catalogar a todos los disidentes europeos e hispanoamericanos como extranjeros en su propia tierra. Este es el primer sostén totalitario (para nosotros el más poderoso y letal para las alternativas europeas) que este siglo aparece acompañando al liberalismo. 2 - El liberal-cristianismo Si clásica es la identificación de la Nación con los intereses, leyes e ideas propias de los sectores que la dominan, y el nacional-occidentalismo no deja de ser la recuperación (con más intensidad) de esa confusión, el liberal-cristianismo no deja de ser una “vuelta a los orígenes” a ciertas ideologías religiosas que iniciaron su auge en el XVI. Cuando en España se habla de ideología religiosa se tropieza con un gran problema. Como la incultura religiosa es enorme, la religión se reduce a “religiosidad” e, incluso, a “devoción”, y no sólo no existe disposición a entender que las religiones son diversas, sino que tampoco se entiende que se dan varias ideologías en una “misma religión”. Por tanto, definir ramas e ideologías religiosas suena como si se hablara de “burros volando”, pues en España los conflictos religiosos se han visto como peleas por aceptar o rechazar al Papa, rendir o no devoción a la Virgen, o disputas para ver que pueblo "se queda" con unos objetos o restos reputados como religiosos. Por eso también, cuando se denuncia una determinada corriente o rama de una religión, se toma tal como un ataque a esa religión o, incluso, al mismo hecho religioso. 3 - El “liderazgo liberador” americano Cuando se cita América automáticamente se piensa en los EEUU (el haber acaparado el término de todo el continente es significativo: ellos son los americanos de verdad, y los demás pues no se sabe que son). No se entra hoy en la injusticia de este hecho, sino reconocer lo que saben muchos lectores: la historia es quizás la más importante ciencia social utilizada para justificar el poder de naciones, grupos y personas. Cuando el presente aparece injustificable, y nadie se cree las promesas de futuro, de inmediato el poder recurre a justificarse en la historia. Y esto es lo que hacen los propagandistas de EEUU y las derechas actuales de casi todo el mundo: justificar la sujeción de todos los países del globo al “liderazgo” estadounidense, por la función “liberadora” mundial ejercida por tal potencia en el pasado inmediato. Las naciones del mundo, dicen, han de mostrarse agradecidas a los EEUU (y por tanto deben someterse a ella) porque defendió el «Mundo libre» ante el expansionismo soviético en la Guerra Fría, nos salvó del imperialismo japonés y del belicismo nazi-fascista en la II Guerra Mundial, y sostuvo a los aliados frente al militarismo de los Imperios Centrales en la I. Esa derecha calla, claro, que la inmensa mayoría de los muertos de la Guerra Fría, de la II Guerra Mundial y de la Gran Guerra no fueron estadounidenses. Pero la realidad de los hechos históricos no cuentan: en el presente cuenta sólo lo que se cuenta (disculpen la redundancia) y para cada vez más gente, el “Atlas” que sostuvo el mundo con sangre, sudor y lágrimas contra las fuerzas del mal durante el siglo XX, fueron los EEUU. Sabemos que las razones históricas no pueden ser determinantes, pero influyen muchísimo en el imaginario colectivo, y en España lo hemos comprobado con el desentierro de la Guerra Civil (se presta más atención a donde van a parar los originales del Archivo de Salamanca o las estatuas de Franco, que a la seguridad de nuestras viviendas o de nuestras calles). Con ser muy importantes los otros puntales incorporados para sostener, en el sentimiento pseudomítico de las masas, el edificio liberal, no deja de ser tampoco importante la tergiversación de la historia para convertir a los EEUU en “padres del Mundo Libre”, y aceptar que las demás naciones son “irresponsables”, “desvalidos” o “idiotas” que no se pueden dejar solas. |