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Recambio de totalitarismos (II)
Natalia Segura
El totalitarismo liberal necesita compañera

En el artículo anterior se repasaba, sintética­mente, los siglos XIX y XX, y el pre­dominio de las fuerzas abiertamente laicistas. Tras el libe­ralismo del XIX, se recordó el auge y desa­rro­llo de los totalitarismos del XX, también lai­cis­tas, pero rivales u opuestos al liberalismo. Pese al enorme auge de los tota­litarismos anti­li­be­rales (tomados como grandes pro­tagonistas del XX) este siglo pasado fi­na­lizó con la Caída del Muro y la Tormenta del Desierto, que deshi­cie­ron estados y polos de poder que sostenían sistemas antiliberales. La «vuelta de los na­cio­na­lismos» en la última década del siglo no hizo más que precipitar a la ruina interior, física y moral, a diversos países donde tuvieron éxito (Yugos­lavia o Ruanda fueron buenos ejemplos). Sa­be­mos que no es la única razón (ni la más importante) que hace que los micro na­cio­na­lismos no sean rivales para el bloque vencedor en la Guerra Fría, pero es suficiente constatar que allí donde se han de­sa­tado no han he­cho más que movilizar en­tu­siasmos para multiplicar agravios, en­frentar entre sí a los pueblos de un mismo territorio y des­cuartizar sus estados, dejando los restos para que se los lleve la te­mi­da marea homo­ge­nei­zadora que sumerja esos “he­chos diferenciales” y cualquier ámbito soberano que preten­dían con­quis­tar o con­servar.

Por tanto, el camino de la victoria mundial del Occi­dente libe­ral­-capita­lista parecía quedar des­pejado y seguro. La tan citada “Globalización” no es, ni mucho menos, sólo la evidencia que los tiem­pos “avanzan una bar­baridad” tec­no­ló­gica­mente y que las tele­co­mu­nica­ciones han em­­peque­ñecido nuestro mundo. Ante todo la Glo­balización es la cons­tata­ción de la mun­dia­lización de un determinado mo­de­lo so­cio­e­co­nó­mico, y la di­fu­sión y pre­do­minio de un único pen­sa­miento. Ha­blar de “otras globa­liza­cio­nes” distintas u opuestas a la única que hoy se des­pliega (como hacen algunos sec­tores) entra den­tro de la litera­tura fan­tás­tica o de las acostumbradas intoxicaciones lanzadas para confundir al público (o para confundir los deseos de al­gunos con la realidad).

Aunque los pueblos de los países occidentales hayan vivido con esto, resulta curioso (y hasta sorprendente) ver que, durante tan­tos años de Guerra Fría, mientras las espadas (o misiles) se man­te­nían en alto an­te la Unión Sovié­tica, pero también cuando ésta se hun­día con sus satélites e, incluso, durante la década pos­terior a la Caída del Muro, el para­digma «progresista» haya sido el pre­do­mi­nan­te en la ma­yoría de los públicos de Occi­dente. Quizás en el futuro será difícil que la gente lo crea. Pero todos hemos vivi­do (algunos in­cluso he­mos sobrevivido) al predominio cultural y me­diá­tico de la «iz­quierda oficial», que todavía hoy domina varias parcelas del “mercado”. El «pro­gre­sismo» era quien ad­mi­­nistraba el mundo de las ideas plas­ma­das y lo que estaba bien vis­to. Cualquier elemento que no recibía su bene­plá­cito era, auto­má­ti­ca­mente, observado como sospe­cho­so o peligroso.

Dos de esos elementos puestos en entredicho por el «progre­sismo» (cuando no ata­cados sin disi­mulo) han sido los conceptos de Nación y Re­ligión. En efecto, el humanismo inter­nacio­na­lista y el lai­cis­mo anti­rre­li­gioso o mate­rialista eran otras de las significativas convergen­cias con el bloque co­mu­nista... pero también eran prácticamente asu­midos, sin gran problema, por el “mundo” socio­eco­nó­mico y político de­cla­ra­damente liberal-capi­talista, que siempre pudo aceptar y hasta iden­ti­fi­carse mucho más con estas dos bases del «pro­gresismo» que con otros apriorismos del mismo. La na­ción se dejaba para las rei­vin­di­ca­cio­nes nacionalistas y los deportes de masas, y la religión para el ám­bito privado y folclórico de la gente. Esos dos elementos capi­ta­les del para­digma «progre», al re­coger o coin­cidir sustancialmente con las ideas e inte­reses de unos y otros, fueron de los que mayor acep­ta­ción tuvieron en el “credo” establecido oficiosamente en Occidente.

Constatábamos que el modelo privatista y mercan­tilista que com­petía con el mo­delo comunista acabó venciendo y que los adver­sarios se “con­vencieron” por «exi­gencias de la historia» (o por la ne­cesidad de «cazar ratones» como dijeron gráficamente el “rojo” Deng Xiao Ping y el “socialista obrero” Felipe González). Pero hemos re­cor­dado que esa aceptación del capitalismo liberal se impuso y acep­tó por con­ve­nien­cia (o por fatalidad); lo que “convencía” era el hecho fatal de la victoria del liberalismo, es decir, porque no quedaba “más re­me­dio”. El predominio de las leyes y de la cruda lógica del economicismo pri­va­do, que había des­preciado las grandes ideologías y «meta-re­latos» del siglo XX, ga­na­ba con todas las consecuencias y empezaba a ha­cer sentir todas sus exigencias económicas y sociales, tanto en el ám­bito na­cional co­mo global. Pero el liberalismo había sido, y seguía sien­do, in­capaz de ganarse los corazones no sólo de la mayoría de la gente, sino ni si­quiera de una minoría amplia.

Pero ¿Acaso el empuje y la consolidación “técnica” de este sistema necesita de una movilización de entusiasmos populares? ¿Acaso ha per­judicado al empuje y desarrollo del capitalismo actual el hecho que, durante varias dé­cadas, los “re­sortes” del relato de creencias hayan estado en manos de “rivales” o “correctores” suyos como presumían las «fuerzas pro­gresistas»? ¿Acaso lo que ha ocurrido en el siglo XX no demuestra que las leyes del “puro mercado” pueden derribar todos los obstáculos y salir vencedoras sin necesidad de un “frente de las ideas” fervoroso fiel? Nuestra res­pues­ta es que esta convicción ha si­do dominante en las fuerzas de lo que en España llamamos la «dere­cha»: bastaba se­guir las leyes del “libre mercado” para desencadenar un proceso inevitable, sin nece­sidad de plantear movilizaciones o ba­tallas por las ideas o los sentimientos.

Los tres nuevos sostenes totalitarios del “orden” mundial

En la parte anterior del artículo recordábamos que el liberalismo ha ne­cesitado compañeros de viaje que luchen por abrirle paso, le cubran los flancos y le protejan las espaldas. Indicamos que cuando las crisis y re­vo­luciones de la I Posguerra mundial fueron levantando, en todo el mundo “desarrollado”, diversos y potentes frentes enemigos del libe­ralismo, los gerentes del «Mun­do Libre» consiguieron la confrontación de los na­cio­nalismos entre sí y de éstos con los revolucionarios colec­ti­vistas.

Y aun­que las po­tencias aliadas contaron con mucho más re­cursos ma­te­ria­les que los demás con­ten­dientes, jamás soportaron el peso de aque­llas con­fron­taciones titánicas, ni aparecieron nunca en las posi­cio­nes más arries­gadas. Y cuando su gente luchaba, no lo ha­cían mo­tivados por las exi­gen­cias del liberalismo. Los demócratas de Amé­ri­ca recurrieron a una propaganda racista anti­ama­rilla que igua­ló la famosa del ministro Goebbels que equiparaba judíos con ratas de alcantarilla. Ésta es la historia del libe­ralismo: para sobrevivir y afrontar momentos de con­fron­tación o de gran tensión, necesita parasitar y apoyarse en ele­men­tos “adjuntos”. Porque sus famosas leyes economicistas, su lógica pragmática, sus ideales individualistas y su cruda rea­lidad, son in­ca­paces de mantener el corazón y movilizar in­ten­samente a casi nadie.

Laureano Luna señala que las fuerzas partidarias de la Globa­li­za­ción se dividían en tres grandes tendencias: la primera son los liberales pu­­ros, que confían el desarrollo y consolidación del proceso a las fuer­zas puras del mercado; la segunda son los socialdemócratas, que pien­san que el mercado global debe y puede ser controlado por ins­ti­tuciones pú­blicas de alcance mundial; y la tercera es la de los neo­con­serva­dores, que se dan cuenta muy bien que el puro mercado no garan­tiza el triunfo de la Globalización y apuestan por un impulsor y con­trolador po­lítico-militar. Luna considera (y nosotros con él) que los neo­con­ser­vadores son, con mucho, los más realistas. Porque el libe­ralismo puro, en solitario, como hemos dicho, no consigue controlar los países; y porque la posibilidad que unas ins­tituciones mundiales no sólo lleguen a ser capaces de con­trolar o de corregir el capitalismo, sino si­quiera de existir, son prácticamente nulas. Los EEUU, en cam­bio, existen co­mo realidad política, eco­nómica, tecnológica y militar hege­mónica.

Pero lo que interesa ahora no es el sostén “corporal” (o político-eco­nó­mico-técnico-militar) del ”orden” mundial, sino señalar el nuevo sostén ideológico que lo justifica y gana las mentes de las gentes, es decir, lo que importa es identificar las bases del nuevo paradigma en los países occidentales: el paradigma que están estableciendo los neo­con­ser­va­dores. Éstos son los que están le­van­tando el nuevo dis­cur­so cultural do­minante que está sustituyendo al pro­gre­sismo como recambio ideo­ló­gico para sostener la nueva fase de la misma realidad política, social y económica que viene de­sa­rro­llán­do­se desde hace unos siglos.

El principal propósito de estos dos artículos es combatir la creencia que el discurso justificador de la nueva fase del liberal-ca­pi­ta­lismo mun­dial se reduce a una aceptación realista del poder físico de los EEUU, a la justificación cínica de la ley del más fuerte o la ve­ne­ración por el capital. Por supuesto que el prag­ma­tismo filo ­­ame­ricano es pro ame­ricano tanto por ser­ prag­mático (arrimarse a EEUU por ser el ”sol que más calienta”) como por sentirse plena­mente identificado con el principal motor del modelo americano: el individualismo y la justifi­ca­ción de todo por acumular capital. Asimismo, la tendencia de colocar­se auto­mática­mente a favor del poder sólo por­que es el poder, puede con­siderar­se como el sustrato más hondo de los grupos de la derecha en dife­ren­­tes épocas, lugares y con­diciones. Por eso, este realismo que siempre se suma al polo de mayor poder y lo jus­ti­fica por el simple hecho de ser el poder más efectivo, puede verse legítimamente co­mo el remate o el sustrato de todo lo demás. Como en el mundo capi­ta­lis­ta lo que tiene más fuerza normalmente (nor­mal­mente, se advierte) es el capital, la de­re­cha justifica plenamente el do­minio de los que deten­tan el dinero sim­plemente porque lo tienen.

Pero la justificación de los puros intereses y la acepta­ción del “de­re­cho” que reposa en la con­cen­tración de bene­ficios y en el poder bruto, serán los determinantes principales en la sociedades capita­lis­tas, pe­ro nun­ca han sido suficientes para sostener la adhesión de la gente du­rante mucho tiempo, y menos cuando ésta se ve sometida a presión. Esto lo sa­bían los viejos libe­rales, y de esto se dan perfecta cuenta los neo­con­ser­vadores: no sólo de la cartera vive el hombre por muy ma­te­rializado que se encuentre. Los sentimientos, las pasiones, las creen­cias, los mitos (o pseudomitos) cuentan también, y mucho, para que la gen­te haga mucho más que “funcionar” como autómatas y respalde al poder establecido. Para poder habitar una casa, no es suficiente tener seguro el suelo, los muros, el techo, las puertas... se necesita ca­lidez.

Dare­mos un re­paso a los tres nuevos “pilares” s­en­ti­mentales o ideas-fuerza que dan ahora “calor” a las entrañas de la fría mecánica del prag­ma­tismo y el des­potismo de la veneración del capital.

1 - El nacional-occidentalismo

La usurpación del concepto nacional por parte de los conservadores (li­berales o “autoritarios”) se ha vuelto clásica. Consiste en confundir la Na­ción con la ideología, las leyes y los intereses de un sector deter­mi­na­do de la nación. En general, a través de este aca­para­miento ab­so­lu­to, los conservadores identifican lo “nacional” con el man­te­ni­miento del marco jurídico, social, económico y cultural con­ve­niente pa­ra la clase do­minante. El nacional-occi­denta­lismo no deja de ser la re­cuperación, con mayor fuerza, de esa usur­pación y confusión: asociar las naciones inmersas en Occidente y sus his­torias nacionales con el sistema occi­dental (un sistema que paradójicamente nació atacando la historia). Al igual que la gente suele confundir tradi­ción con cos­tumbres de ayer, las derechas neo­conservado­ras promueven la confusión de la his­toria nacional de los países de Europa y el conti­nente ame­ri­cano con el sis­tema impuesto en la era contemporánea. De esta forma, los europeos y americanos que a lo largo de la historia han seguido o luchado por seguir modelos dife­rentes u opuestos al im­puesto hoy, son literal­mente olvidados, tergi­versados o pasan a sumar la “Anti-Europa” (o la "Vieja Europa" como la llamaba Ronald Runsfeld).

En España conocimos hace me­dio siglo el nacional-catolicismo, que teóricamente anulaba la con­di­ción de españoles a los que no fueran cató­licos romanos, y oíamos emplear el término “Anti Es­paña” para las ex­presiones contrarias a la dictadura de Franco. Cierta disposición a no tomarse las cosas muy en serio hizo que aquella situación no fuera aún más asfixiante y totalitaria, pero fue más que suficiente. Cincuenta años des­pués España sigue pagando muy caras las con­se­cuen­cias de haber per­mi­tido esas identificaciones: el mismo concepto de España des­pierta una enorme repugnancia en gran parte de los españoles.

Lo que tratamos en esta página es de recordar la gran fuer­za poten­cial que tienen las apelaciones a “nuestra tierra y nues­tra sangre”, las re­fe­rencias a lo señalado como “propiamente nuestro”, aunque no lo sea. Unos colores no despiertan por sí mismos emo­cio­nes intensas, pero lo hacen cuando son asociados a lo que unas personas iden­tifican como colectivamente suyo. Es aquí donde entra en liza la primera gran ma­ni­pulación neoconservadora: nadie sentiría, se mo­vería o arriesgaría mucho por defender el des­po­tismo de la implacable lógica mercantil e individualista... a no ser que ésta se asu­ma como “algo nues­tro”, algo que sea parte del ser español o del ser europeo. De esta forma, mu­chas situaciones políticas, sociales, económicas y culturales que du­rante los últimos tiempos han colado o se han im­puesto, si­guien­do pa­trones ideológicos o inte­reses de poder o capital clara­mente exigidos por unos sectores particulares en detrimento de otros (e incluso en contra de lo querido por una enorme mayoría de la nación) pasan a convertirse, por obra y gracia de la derecha neo­con­servadora, en fun­damentos de la identidad española o europea. No es broma decir que, hoy, se puede llegar también a sostener que los altos bene­ficios de la banca o la droga en las escuelas son insti­tu­cio­nes y señas de iden­ti­dad nacionales irrenunciables, y que los que quieren cambiar o com­batir­las son ene­migos de España o de Europa. Con los neocon­ser­va­dores se consigue catalogar a todos los disi­dentes europeos e hispa­no­americanos como ex­tranjeros en su propia tierra. Este es el primer sostén totalitario (para nosotros el más poderoso y letal para las alter­nativas europeas) que este siglo aparece acompañando al liberalismo.

2 - El liberal-cristianismo

Si clásica es la identificación de la Nación con los intereses, leyes e ideas propias de los sectores que la dominan, y el nacional-occi­den­ta­­lismo no deja de ser la re­cu­pe­ra­ción (con más intensidad) de esa con­fusión, el liberal-cristianismo no deja de ser una “vuelta a los orígenes” a ciertas ideologías reli­giosas que iniciaron su auge en el XVI.

Cuando en España se habla de ideología reli­giosa se tropieza con un gran pro­blema. Como la in­cultura reli­giosa es enorme, la re­ligión se re­duce a “re­ligiosidad” e, incluso, a “de­vo­ción”, y no sólo no exis­te dis­posición a en­tender que las religiones son diversas, sino que tam­poco se entiende que se dan varias ideo­logías en una “misma religión”. Por tanto, definir ramas e ideologías reli­gio­sas suena como si se hablara de “burros volando”, pues en Es­paña los conflictos religiosos se han visto como peleas por aceptar o rechazar al Papa, rendir o no de­voción a la Virgen, o  disputas para ver que pueblo "se queda" con unos objetos o restos reputados como religiosos. Por eso también, cuando se de­nuncia una determinada corriente o rama de una religión, se to­ma tal como un ataque a esa religión o, in­cluso, al mismo hecho religioso.

Así pues, cuando se señala la “vuelta a los orígenes” de una ideología cristiana se habla únicamente de la rama que amparó el despegue del capitalismo occidental. Lo que aquí se señala es que, hoy por hoy, lo que más influye en las diversas igle­sias es la ideología que los evan­gélicos contrarios a ella han denominado la “teología de la pros­pe­ridad”. En España, la “mayoría natural” de los considerados católicos aceptan de hecho, o defienden, una visión de la socie­dad que en el XVI fue aso­ciada a los “herejes”: la calvinista. Cierto es que se pue­den mostrar en­cí­clicas papales (unas son ciertamente in­te­resantes y críticas hacia el sistema) que desmientan esta visión, pero la población señalada uti­liza al Papa para “creer” que es el “jefe”, pero sin “practicar” ja­más la obediencia hacia ese “jefe”. Sus encíclicas no sirven de nada.

Sabemos que el liberalismo posterior es una ideología completamente secularizada y que, incluso, durante una época, sirvió de vanguardia contra cualquier subordinación confesional. Lo que ha sucedido es que los neo­con­servadores, tomando nota de las consecuencias disol­ven­tes del se­cu­­la­rismo y relativismo liberal para la "moral de la tropa” en las sociedades occi­den­tales, “han vuelto a los orígenes” del liberalismo para lograr le­van­tar el ánimo y la disciplina de los individuos encadenados a la ago­biante ma­quinaria del productivismo, el consumismo y el desperdicio. Para nosotros queda claro que es una impostura asociar Cristiandad con Ca­pi­talismo, pero esta asociación se está realizando no por los enemigos de­cla­rados de Cristo, sino por parte de sectores que se califican “cristianos”.

Pero esta arbitraria asociación no se hace sólo para levantar la "moral de las tropa" (como hizo Stalin en 1941 con los rusos, o Saddam en 1991 con los iraquíes) sino para agregar otro elemento de gran fuerza potencial al totalitarismo mercantilista: la convicción que Occidente y Ca­pitalismo no sólo son una civilización y un sistema socioeconómico y cultural que­ridos por Dios, sino "El modelo" terrenal de la única forma legítima de "sentir y estar con Dios": la de la “teología de la prosperidad” (“pro­tes­tante”, “católica” o “judía”). Nos en­contramos con una fenomenal im­pos­tura que no sólo convierte en “sa­grado” una civilización materialista e in­di­vi­dualista, sino que la encumbra en “única y verdadera”. Los efectos to­ta­litarios de tal con­fusión absolutista son mucho peores que los tota­lita­rismos lai­cis­tas del siglo XX (incluyendo estalinismo, hitle­ris­mo y maoís­ta), pues éstos no utilizaron “el nombre de Dios en vano” para erradicar a los ene­migos. Éste es el segundo sostén totalitario (más ab­so­lutista y de­vastador por esgrimir una “localización monoteísta”) que acom­pa­ña al liberalismo a principios del milenio.

3 - El “liderazgo liberador” americano

Cuando se cita América automáticamente se piensa en los EEUU (el haber acaparado el término de todo el continente es significativo: ellos son los americanos de ver­dad, y los demás pues no se sabe que son). No se entra hoy en la injusticia de este hecho, sino reconocer lo que saben muchos lectores: la his­toria es quizás la más importante ciencia social utilizada para justificar el poder de naciones, grupos y personas. Cuando el presente aparece injustificable, y nadie se cree las prome­sas de futuro, de in­me­diato el poder recurre a justificarse en la his­toria.

Y esto es lo que hacen los propagandistas de EEUU y las derechas actuales de casi todo el mundo: justificar la sujeción de todos los países del globo al “lideraz­go” estadounidense, por la función “liberadora” mundial ejercida por tal poten­cia en el pasado inmediato. Las naciones del mundo, dicen, han de mos­trarse agra­de­cidas a los EEUU (y por tanto deben someterse a ella) porque defendió el «Mundo libre» ante el expansionismo soviético en la Guerra Fría, nos salvó del imperialismo japonés y del belicismo nazi-fascista en la II Guerra Mundial, y sostuvo a los aliados frente al militarismo de los Imperios Centrales en la I. Esa derecha calla, claro, que la inmensa mayoría de los muertos de la Guerra Fría, de la II Guerra Mundial y de la Gran Guerra no fueron estadounidenses. Pero la realidad de los hechos históricos no cuentan: en el presente cuenta sólo lo que se cuenta (disculpen la redundancia) y para cada vez más gente, el “Atlas” que sostuvo el mundo con sangre, sudor y lá­gri­mas contra las fuerzas del mal durante el siglo XX, fueron los EEUU.

Sabemos que las razones históricas no pueden ser determinantes, pe­ro influyen muchísimo en el imaginario colectivo, y en España lo he­mos comprobado con el desentierro de la Guerra Civil (se presta más atención a donde van a parar los originales del Archivo de Salamanca o las estatuas de Franco, que a la seguridad de nuestras viviendas o de nuestras calles). Con ser muy importantes los otros pun­tales in­cor­po­rados para sostener, en el sentimiento pseudomítico de las masas, el edificio liberal, no deja de ser tampoco importante la tergiversación de la historia para convertir a los EEUU en “padres del Mundo Libre”, y acep­tar que las de­más naciones son “irresponsables”, “desvalidos” o “idiotas” que no se pueden dejar solas.

No ha de resultar extraño que esto sea lo que se sostenga en EEUU. Pero ¿Acaso es sorprendente que esto se piense en Europa y en His­pa­noamérica? Nosotros decimos que no lo es, porque cuando en unos pueblos se ha impuesto la idea que es “peli­groso” o “inconveniente” (e incluso un signo de “pueblos atrasados”) el sentido de amor propio y de dignidad colectivas (y de esto se ha en­cargado la “intelectualidad” progresista, empeñada durante décadas en extirpar tales conceptos para evitar resistencias a su proyecto de “cementerio feliz” carente de con­flictos) no puede espe­rar­se otra cosa que una men­talidad y un com­portamiento general abyecto ante el más poderoso. Y no sólo es ló­gi­ca esta actitud consigo mismos, sino el convencimiento que todos los pueblos del mundo han de comportarse igual de in­dignos que ellos. La ani­mad­ver­sión de muchos europeos e hispanoa­me­ricanos hacia los reductos de re­sistencia anti­­americana es el odio de los serviles que no odian sus cadenas ni se irritan con aquellos que los encadenan, sino que dirigen su odio y resentimiento hacia los que sí se resisten o tienen el coraje de intentar escapar de la ser­vi­dumbre, pues esta actitud insumisa les afrenta y les coloca en un contraste de la Vergüenza muy difícil de admitir para quienes, además, han sido criados en una creencia de superioridad innata, como sucede con los miembros de las sociedades occiden­tales.

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1 comentario

Fuste -

Algunos consideran que los neoconservadores americanos representan el sector «ultra» o fanático de los «protestantes» del Nuevo Mundo. Tal idea es errónea.
Es cierto que podemos identificar una relación «genética» entre los planteamientos «neocons», y determinada ideología-ética «protestante», como se aprecia en este interesante artículo de Alfredo Toro, embajador venezolano en España, recogido por Antagonistas:
http://antagonistas.blogia.com/2009/032901--entre-darwin-y-calvino-por-alfredo-toro-hardy-.php

Pero no nos confundamos. La ideología «neoconservadora» es positivista, nada religiosa. Ha sido ideada y es defendida por ateos que, con argumentos materialistas y «prágmaticos», sostienen lo mismo que el materialismo dialéctico: que el fin de la religión es servir de superestructura e instrumento para la voluntad de poder y beneficio de unas minorías...
Pero, a diferencia del materialismo dialéctico, los neoconservadores «reconocen» esa superestructura para defender que esa estafa e instrumentalización es ¡legítima, útil y conveniente!

Los neoconservadores promueven la «recuperación» de las «creencias y valores judeo-cristianos» entre las clases medias y bajas de la sociedad, para éstos, pero no para la minoría compuesta por los «ganadores» de la sociedad ya que, a éstos, no les hace falta.
Para ello los neoconservadores no dan argumentos de fe, sino de simple «utilidad».
Porque la justificación del liberalismo puro o de la ley del más fuerte con el imperialismo más brutal, sólo puede valer para la minoría selecta que «sabe ver la realidad» (la voluntad de poder de las minorías), pero no para la mayoría. Esta mayoría -advieten los «neocons»- sin religiosidad «no funciona», «no se comporta», ni se identifica con las minorías que rigen el país.

El hecho que predicadores, medios y grupos «cristianos protestantes» (y católicos también) aparezcan como aliados de los neoconservadores nos abre dos interrogantes:
A) ¿Quienes manejan a quien? ¿Los neoconservadores a los fanáticos «protestantes» (y católicos) o alrevés?
B) ¿No será que, en el fondo, ambos «se dividen el trabajo», con dobles y triples discursos: el primero «realista» -el «neocons»- para la «élite», para el «partido interior»; y el segundo -el cristiano-, para las masas idiotas que se vienen abajo si no creen en supersticioens y cuentos «paranormales»?
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