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Recambio de totalitarismos (I) Los totalitarismos antiliberales se van

Natalia Segura

Este siglo que hemos dejado atrás ha significado el periodo de la historia donde se manifestaron con mayor viru­lencia las ideologías abiertamente lai­cistas.

Si el XIX significó el siglo del desarrollo pleno del liberalismo, el XX sig­ni­ficó el despliegue pleno de fuerzas rivales del liberalismo como el radica­lismo, el nacionalismo, el socialismo, el comu­nismo o el anarquismo.
Criaturas todas ellas del positivismo (no ideado, pero sí formulado con claridad por Compte) res­pondían a varios matices de la Modernidad, cuyo fundamento es la negación tajante de una visión completa y pluri­dimensional del hombre. Resu­miendo, estas tendencias se motivaban según hubieran bebido de una u otra de las tres grandes corrientes filosóficas dominantes en el siglo XIX: empi­rismo, racionalismo o vita­lismo (donde podemos incluir el romanticismo). Del empi­rismo se nutrió sobre todo el viejo liberalismo, que tuvo su apogeo en el siglo XIX. Del racionalismo bebieron el radicalismo y las ideologías colecti­vistas. Y del vitalismo se alimentaron el nacionalismo, el naturalismo y el psi­co­análisis (que es otra ideología aunque se empeñen en revestirlo de ciencia médica).

El XX fue el siglo de la aplicación consecuente (y contundente) de las ideologías nacidas del racio­na­lismo y del vitalismo. En los países hispánicos el radicalismo tuvo su apoteosis en México y en la España de la II Re­pública; en el mundo, el colectivismo tuvo como máximos exponentes a la Unión Soviética de Lenin y Estalin, y a la China de Mao; y el nacionalismo tuvo como ejemplo principal a la Alemania de Hitler. Estos dos últimos sistemas han pasado al imagi­nario mediático y colectivo como los ejemplos extremos y más atroces de totalitarismo. Pues hoy, cuando alguien dice «totalitarismo», de inmediato se asocia al totalitarismo rojo o al totalitarismo nazi. El primero, acogiéndose a la dialéctica de la lucha de clases y presentándose como vanguardia de la clase obrera, criminalizaba a las demás clases sociales, y asociaba cualquier oposición política a los intereses de esas «clases criminales»; el segundo, basándose en su visión de selección natural de las razas y considerándose im­pulsor de la raza más evolucionada, señalaba como competi­do­res irreductibles a las demás razas del planeta. Consecuentes con la criminalización social, los movimientos rojos emprendieron en el siglo pasado campañas de asesinatos en masa en Rusia, Ucrania, China, Camboya… Consecuentes con la idea na­cionalista de antago­nismo mortal entre las etnias, durante el siglo XX se come­tieron sobre las naciones «civilizadas» aquellas matanzas y deportaciones masivas que ya habían sufrido los pueblos llamados «salvajes» durante el XIX: los armenios en la I Guerra Mundial, los judíos europeos en la II Guerra Mun­dial, los alemanes del este en la Posguerra mundial…

En 1989 se derrumbó el Muro y se erigió como triunfador el modelo del capi­talismo liberal (si quere­mos ser simples podemos sintetizar que lo liberal es el individualismo pragmático, conservaduro y cobarde; y cuando es utópico, nihilista y osado se vuelve anarquista). Al hundirse la Unión Soviética, el contra­dictorio pastiche cultural radical-socialista o «pro­gresista», dominante durante décadas en Occidente, y que había trabado una combinación alucinante de re­lativismo individualista con iguali­tarismo ambientalista, psicoanalismo y pacifis­mo, empezó a re­sentir­se ya como increíble. La utopía materialista colectivista quedó desa­credi­tada y la cruda realidad del materialismo competidor, el indi­vidualista, vencía y convertía a sus adversarios por «exigencias de la historia». Pero esa «fe» triunfante, la fe en el capitalismo liberal, se imponía y se acep­taba por conveniencia; lo que ‘convencía’ era su necesidad fatal, es decir, se aceptaba la victoria del liberalismo porque no había otro remedio: su crudo economicismo individualista era incapaz de ganarse los corazones de la mayoría de los «fieles».

Durante la última década del siglo XX «volvieron los naciona­lis­mos». Sepultados en la II Guerra Mun­dial por las maquinarias de­moledoras de las potencias redentoras mundialistas (EEUU y Unión Soviética) resurgieron tras medio siglo de estigmatización. Esos nacionalismos movían pueblos ente­ros, convencían y ganaban los corazones. Pero allí donde se han liberado no han hecho otra cosa que movilizar entusiasmos para des­cuartizar sus propias naciones, y dejar los restos para que se los lleve el diablo: ese odiado cosmopolitismo sepulturero de las especificidades nacionales. Los países por donde van pasando los nacionalismos quebrantadores y reductores caen después bajo el rodillo de ese mundo «mundo cobarde y avaro, sin justicia, ni belleza ni Dios…» porque (paradojas aparentes de la historia) los «estaditos» ya no pueden ser soberanos, dejan de ser «libres» y sus «hechos diferen­ciales» no suponen más que raquíticas barreras arrastradas fácilmente por el «tsunami» mundiali­zador. El nacionalismo, por tanto, vino a servir (y continúa haciéndolo) al proceso al cual pretendidamente se opone: el mundialismo.

Porque, además, hemos podido ver que la xenofobia «laica», alimento popular del nacionalismo común, ha sido in­capaz de soportar mucha presión durante un tiempo. Los ejemplos de Hitler, de Estalin (cuando jugó esta carta) y de Saddam Hussein, han sido reveladores en este sentido. El supre­macismo zoológico germánico y el odio a los judíos y a los eslavos no fue nunca la pa­lanca principal que movilizara y sostuviera a los alemanes, pues el racismo estuvo acompañado de un ideal socialista y de una exaltación de valores como el heroísmo, la hermandad del combate y la lealtad al «mandato de lo alto» que en el fondo contradecía ese racismo; en noviembre de 1941 Estalin arrinconó el discurso rojo y el de las minorías nacionales oprimidas, y llamó a la defensa de la Santa Rusia, agitando y recordando las figuras de Alejandro Nevsqui y del Mariscal Cutuzof, héroes de la Rusia Imperial y Ortodoxa; Cuando los EEUU emprendieron la II Guerra del Golfo, Saddam Hussein, jefe del nacionalista y progresista Baaz, partido que consideraba la religión como causa principal de la decadencia árabe y había sostenido la agotadora I Guerra del Golfo contra la revolución islámica de Irán, mandó colocar, junto a las tres estrellas verdes de la bandera, la consigna nada laica de «Dios es lo Más Grande». Hitler, Estalin y Saddam fueron conscientes que ante los grandes desafíos, los entusiasmos basados en visiones mate­rialistas desfallecen.

Y de este hecho son muy conscientes los apologistas del individualismo liberal. Los propagandistas liberales nos suelen pintar un liberalismo in­domable y combativo frente a los desafíos del comunismo y los nacio­nalismos tota­litarios. En España pudimos comprobar a qué trin­che­ra acudieron los lucha­dores liberales durante la Guerra Civil: al extran­jero. En los frentes de batalla pusieron toda la carne en el asador (la suya y la del enemigo) los naciona­listas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas, los radicales jaco­binos, los socialistas, los militares, los católicos, los carlistas, los falangistas, los monárquicos… ¿Alguien puede descubrirnos alguna figura o grupo liberal que se implicara de verdad en aquella contienda? No dudamos que los liberales preferían la victoria del bando rebelde; que no se implicaron en los sacrificios de la guerra, tampoco dudamos: no lo hicieron. Así demostraron ser coheren­tes y consecuentes con su ley de sacar el máximo beneficio minimi­zando los esfuerzos y costos. Pero, sobre todo, demostraron ser conscientes de una realidad: nadie está dispuesto a sacrificarse por unos ideales tan abstractos, flácidos y egoístas como los liberales ¿Como va a sacrificar una persona su egoísmo para implantar el imperio del egoísmo? No tiene sentido. En España la gente moría por la Patria (española, eusquérica o pro­soviética) por la Revo­lución (anarcosindicalista, socialista o nacional­sindicalista) por Dios o contra Dios, por orgullo legionario, por odio a los ricos, por vengar a los amigos, por escapar de los enemigos e incluso, algunos, por el Rey (de una rama u otra), pero nadie, absolutamente nadie, murió por los ideales del liberalismo.

Por eso el liberalismo necesita desesperadamente compañeros de viaje que breguen por abrirle el camino, le cubran los flancos y le protejan las espaldas. El liberalismo no baja a la arena de combate: hace intervenir a otras fuerzas e ideas para que acaben luchando por él. Durante todo el siglo XIX el liberalismo se desarrolló acompañado del nacionalismo: porque éste era quien movili­zaba los pue­blos. El nacionalismo, al ‘hacer­se mayor’, se revolvió anti­liberal y, para colmo, en la extensa Rusia se imponía un sistema internacional enemigo del liberalismo que de­clara­ba no sólo disputar el dominio del mundo a las potencias liberales, sino liquidarlas. Con la crisis de 1929 el liberalismo fue con­testado hasta en los países anglosajones ¿Cómo escapar entonces de esa ola de general hostilidad antiliberal? Respuesta: precipitando la confronta­ción de los nacionalismos entre sí y de éstos con los revolucio­narios colectivistas. Y eso fue lo que hicieron y consiguieron los gerentes del ‘Mundo Libre’. Re­cordemos cuales y como se movieron los agentes de la historia.

Lo que movilizó a los polacos contra Hitler fue el patriotismo (o el nacionalismo) polaco, no la defensa de las libertades civiles, mercantiles o políticas. Lo que movilizó a los británicos fue tres cuartos de lo mismo. Las tres cuartas partes (literalmente) del esfuerzo de la Europa del Eje se consumieron en el frente del Este contra los soviéticos, o luchando contra las guerrillas nacionalistas y comunistas de los Balcanes. ¿Surgieron acaso re­sistencias liberales en Europa? No, ni la más ligera: surgieron re­sis­tencias nacionalistas o socialistas (y alguna anarquista), pero nunca liberales, ni remota­mente. Y en Extremo Oriente, los japoneses con­sumieron igualmente tres cuartas partes de sus esfuerzos luchando contra China: contra los rojos de Mao o contra los azules de Chiang ¿Chinos liberales? ni aparecieron ni los esperó nadie. Cierto que las potencias angloamericanas eran liberales. Pero el soldado británico, el nor­teame­ricano, el canadiense, el sudafricano, el rodesiano, el austra­liano y el neozelandés ¿Sentía movilizarse por el sistema liberal? ¿Acaso no le movía un sentido muy fuerte de orgullo racial, deber nacional o fidelidad a unos lazos históricos similar al soldado alemán o japonés?

El ideario liberal es incapaz de mover intensamente a nadie. Necesita de elementos como el romanticismo o el espíritu corporativo para exigir sacrificios. Una institución como la Guardia Civil es, por ejemplo, también ilustra­tiva: fundada bajo los liberales, ha servido a una España liberal, pero lo que le ha movido siempre es su sentido de servicio y su espíritu de cuerpo militar, no los valores «civi­les» que no puede asumir porque dejaría de existir. Esa es la historia del individualismo pragmático, del liberalismo: para sobrevivir y afrontar momentos de confrontación o de simple tensión, necesita parasitar y apoyarse en elementos ajenos a su espíritu.

Después de dos siglos de corrientes positivistas, abiertamente laicistas, que han sacudido y removido comple­tamente los cimientos de la inmensa mayoría de los países del mundo, y aunque las fuerzas con un poder más llamativo y ruidoso en el siglo XX han sido las tempestuosa­mente hostiles al liberalismo como el radicalismo, el nacio­nalismo o el comunismo, el que ha salido finalmente victo­rioso y reforzado ha sido el capitalismo liberal. La pregunta es ¿El liberalismo ha salido reforzado por haber vencido en una lucha gigantesca a sus rivales? ¿O ha salido refor­zado porque sus contrin­cantes, finalmente, han estado realizando el trabajo esperado por el liberalismo, en un «Gran Juego» donde éste los necesitaba para neutralizar las fuerzas enemigas?

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