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EL ENGAÑO DEL "CHOQUE DE CIVILIZACIONES" Y DE LA "GUERRA CONTRA EL ISLAM"
Hashim Bustani

La retórica sobre un "choque de civilizaciones" y una "guerra con el Islam" se ha difundido fácilmente en el discurso intelectual árabe*, donde ha arraigado firmemente junto a otros "conceptos" similares (que prefiero calificar de "no-conceptos" –como el término "terro-rismo"– puesto que son extremadamente vagos y, a pesar de ello, tienen carga ideológica), unos "no-conceptos" que fueron fabri-cados en centros imperialistas. ­­­­­­­­Así pues es extremadamente importante preguntar: ¿Constituye un tópico independiente el "choque de civilizaciones", o es un término de camuflaje para una lucha que, en realidad, encarna algo diferente?­­­­

[*en el árabe y -añadimos nosotros- en Europa]

 

(I) ¿Choques continuos? ¿O fin de la historia?

Después del colapso del bloque socialista y del fin de la Guerra Fría, alcanzaron cierta prominencia dos teóricos con proclamas sobre la "tendencia" del momento. El primero de ellos fue Francis Fukuyama, quien habló del «Fin de la historia»: la victoria final y total del capitalismo como el sistema socioeconómico decisivo para la humanidad. El capi­ta­lismo de Fukuyama re­pre­sentaba la resolución de todos los con­flictos, la disolución pos­trema del materialismo dia­léctico y su mala­famada ley de unidad y contradicción de opuestos.

El segundo teórico, contrario a Fukuyama, no percibió el fin de la historia como fruto de la su­puesta victoria del capitalismo. Samuel Hun­tington formuló el con­cepto del «choque de civili­zaciones» al ver una cris­talización de otro conflicto: el conflicto de la civilización judeo-cris­tiana con civilizaciones orientales, como un nodo emergente (Islam, bu­dismo, etc.). En este sentido, la historia sigue abierta, y el ca­pi­talismo sigue siendo turbulento, lejos todavía de lograr estabi­lidad.

 Es obvio que ambos conceptos son contradictorios.

 

(II) Fukuyama: El fracaso del idealismo

Fukuyama expresó una ideología idealista liberal metafísica inspirada por los «valores, insti­tuciones, democracia, derechos individuales, el esta­do de dere­cho y la prosperidad basados en la libertad econó­mi­ca»[1] del modelo de Estado de bienestar capitalista, en el que están pre­­sen­tes como amortiguadores sociales la seguridad social, la aten­ción sanitaria, la educación y de­re­chos la­borales razonables pa­tro­ci­nados por el Estado. Se presumía que este modelo dura­ría y suminis­tra­ría satisfacción para la humanidad.

El idealismo de Fukuyama no le ayudó a identificar el hecho que el propósito principal del capitalismo es aumentar las ganancias, haciendo caso omiso de cualquier otra consideración. El Estado de bienestar, tal como es estructurado por el sistema capitalista, fue sólo un precio que este sistema se vio obligado a pagar para prevenir la «amenaza co­mu­nista», que era un modelo que prometía más justicia social, más igual­­dad, y más distribución de la riqueza entre la gente. Por ello, el ca­pi­ta­lismo tuvo que «invertir» una parte de sus beneficios para detener el con­tagio de un modelo que pro­metía más justicia social. El Estado de bienestar era más “barato” que enfrentar la agitación laboral, y posi­bles re­voluciones, dentro de los Estados capitalistas.

Según la simple ley de causa y efecto, una vez que ha terminado la causa (en este caso el blo­que socialista), el capitalismo dejará de fi­nan­ciar el Estado de bienestar. Tam­bién abando­nará el Estado basa­do en el derecho, y tendrá lugar una acelerada trans­formación del modelo liberal al modelo neoliberal. Es la trans­formación objetiva que Fuku­yama no vio: el Estado capi­talista des­cartando sus contribuciones a la atención sanitaria, a la educación (por ejemplo: la pro­po­sición de en­miendas constitucionales en Grecia para permitir universidades del sec­tor pri­vado, pro­vo­cando así manifestaciones estudiantiles a co­mien­zos de 2007) [2], y a los derechos la­bo­rales (por ejemplo: la modifi­cación de leyes laborales en Francia provocando manifesta­ciones a co­mien­zos de 2006, la modificación del sistema de pensiones en Fran­cia, pro­vocando amplias huel­gas), aparte de desplumar a los tra­ba­ja­dores en los Estados capitalistas mediante el trabajo del Sur – un doble bene­ficio para el capitalismo: (a) reduciendo los salarios y (b) re­for­­mulando la lucha como una lucha de trabajadores contra tra­ba­jadores, los tra­ba­jadores del Norte contra los del Sur ¡En lugar de todos contra el capita­lismo! –

Finalmente, la única superpotencia que quedó, tuvo que invadir el mundo por tres razones prin­cipales:

1. - Para obtener el control directo sobre los recursos del globo y empla­za­mientos geopolíticos estratégicos para impedir que otros rivales en ascenso (China, Europa) amenazaran su situación.

2. - Para llenar las brechas dejadas por la anterior superpotencia (ahora eliminada) [3].

3. - Para eliminar toda resistencia activa o prevista contra este proyecto de hegemonía global.

Fue el golpe final para las ilusiones de eterna estabilidad de Fukuyama. Hay quien, sorpren­dido, pregunta: «¿Cómo demonios llegó el mundo "civilizado" a esta situación?» Pero el "mundo civilizado" no llegó a esta situación; ésta ya estaba empotrada en la estruc­tura orgánica del capi­talismo, esperando el momento histórico propicio para salir a la superficie.

Fukuyama interpretó mal la evidencia: la historia no terminó, ni terminaron los con­flic­tos, y no se logró la estabilidad bajo el capitalismo con su ideología neoliberal. Por lo tanto, Fukuyama se vio, finalmente, obligado a admitir el fracaso de su tesis y a declarar su oposición al pro­yecto de los neoconservadores.

 

(III) El materialismo metafísico de Huntington

Huntington tuvo una base más materialista de discusión, comprendió que los conflictos dentro de la historia siguen abiertos, pero, como Fu­ku­yama, es meta­físico, y plantea un doble dis­cur­so de engaño y jus­ti­ficación al definir la razón de conflictos como si fue­ran características inhe­rentes de las civilizaciones.

La ideología ambivalente de Huntington constituye la plataforma ideal para la propa­ganda interna y externa del capitalismo:

- Internamente, al conceptualizar que la agre­sión imperialista contra otros, es esencial y nece­saria para la preservación exis­tencial de la civilización judeo-cristiana amenazada por los salvajes;

- Y, externa­mente, al deformar la lucha por los recursos y la geo­po­lítica (una lucha ma­te­rialista) como si fuera otra distinta, basada en re­ligiones y civiliza­ciones (una lucha metafísica).

 ¿Cómo podemos entender mejor el doble engaño de Huntington?

 

(IV) El engaño interno

La tesis del choque de civilizaciones describe un peligro inminente que amenaza a la gente del Norte. Este peligro debe ser enfrentado y eliminado de raíz, en su sitio, antes de que tal peligro se expanda y "nos" alcance. Ese peligro no tiene que ver con detalles al margen; al con­trario, es total, se extiende sobre todos los aspectos de la vida tal como la conocemos. Es un peligro para la propia civilización, en su esen­cia. Por ello, la batalla en su contra es de vida o muerte, es una batalla entre la vida y la muerte. De esta manera, el "Imperio del Mal" (la clásica acuñación de Reagan en la Guerra Fría) es re­pro­du­cido de un modo más abstracto. Es el enemigo ideal del capita­lismo neoliberal: fantasmal, imposible de ser capturado, destruido, o definido con pre­ci­sión y, por lo tanto, altamente maleable.

Además, el contenido racista de la teoría de Huntington (que toca una profunda cuerda sub­consciente que resuena en las poblaciones «blan­cas» del Norte) no debe ser subestimado, ya que posiciona a los "blan­cos civilizados" (esta­dou­nidenses y europeos) frente a los "sal­vajes de color" –árabes, africanos, chinos y pueblos del Sudeste Asiá­tico–. El discurso racista emana del re­ciente pasado colonialista del capitalismo, y de las democracias racistas helénicas mucho más dis­tantes, donde tienen muchas raíces las actuales "democracias" del Norte. Esta cuer­da racista sigue "activa" y se expresa en formas si­len­ciosas: las mani­fes­taciones anteriormente men­cio­nadas de 2006 contra las leyes labo­rales en Francia atrajeron un inmenso apoyo en la escena pro­gresista en Europa, mientras que las protestas en los su­burbios que afectaron a Francia me­ses antes (el otoño de 2005) no atrajeron un apoyo se­me­jante. ¿Por qué? Las mani­fes­ta­cio­nes por la ley laboral eran "blan­cas" mientras que las protestas en los suburbios fueron "de color".

 

(V) El engaño exterior

Desorientar a la gente bajo ataque es otro aspecto importante del «choque de civilizaciones» de Huntington al redefinir la naturaleza del choque: de ser un ataque por el control de mercados, recursos, mano de obra y recursos baratos, a ser una "cruzada", una guerra religiosa, una gue­rra contra el Islam, una guerra de "civilizaciones" – de ser un acto materialista a ser una expre­sión metafísica –.

A fines de 2001, después de los ataques del 11-S, en un artículo publicado en Newsweek, Hun­tington formuló un sorprendente título para el nuevo milenio: «La era de las guerras musul­manas»[4], mientras que Fukuyama, escribiendo en la misma edición, y en la misma dirección, com­puso un artículo intitulado «Los nuevos fascistas de hoy»[5], una frase que recordó el presidente George W Bush en 2006.

¡Vale la pena señalar la imposibilidad real de distinguir entre lo que se relaciona con "civi­li­zación" y lo que se relaciona con "religión" en el in­telecto árabe dominante y en el discurso de Huntington!. Como gente oprimida, muchos su­cumbieron a este juego y adoptaron el mismo dis­cur­so propagandístico mer­ca­deado por los neoli­berales. Son muchos, en los mundos árabe y musul­mán (intelectuales y gente de a pie) los que señalan que «hay una guerra contra el Islam», exactamente como dice Huntington. Corrientes del Islam político se han encariñado con esta tesis porque lle­va a más gente a simpatizar con ellos por estar bajo ataque. Las pala­bras de George W. Bush, so­bre sus cruzadas en Iraq y sus frecuentes encuentros con Dios, se clavaron más en la memo­ria que los actos reales: el robo del petróleo iraquí, los proyectos de in­fraes­tructura de los que se apoderaron los monstruos corporativos (como Bechtel), y la defensa acorazada que EE.UU. dio al Ministerio del Petróleo iraquí... mien­tras abandonaba todo el país al saqueo (con todas sus ad­mi­nistraciones, universidades y museos). Todo esto último pierde "sen­tido" en el contexto de la guerra contra el Islam de Bush.

Es, de lejos, demasiado simple probar que los neoliberales de EE.UU. nunca llegaron como mi­sio­neros cristianos, no llegaron como profetas de la modernidad (tanto Huntington como Fuku­yama presentan al Islam como si estuviera en contradicción con la modernidad). Los masivos ejércitos que penetraron en Iraq no fueron seguidos por misioneros del cristianismo ni de la modernidad. Fueron seguidos por hombres de ne­gocios corporativos. Las acciones de EE.UU. prueban las mentiras de su propaganda: asesinatos, destrucción, tortura, y violaciones prue­ban la mentira de la libertad, la democracia, y los derechos humanos; mien­tras que el apo­yo al sec­ta­rismo y al etnicismo prueba la mentira de la modernidad.

La falsificación de la lucha, y el engaño de los oprimidos al hacerlos adoptar la propaganda neoliberal como si fuera una verdadera es­tra­tegia, resultará en la generación de mecanismos de resistencias in­ca­paces de lograr la victoria contra la agresión porque, por una parte, lucharán contra una ilusión –un fantasma propagandístico que distrae la atención de la base objetiva de la lucha– y por la otra, contribuirán al reforzamiento del imperialismo y de su propaganda al adoptarla a la inversa: las dos contradicciones están presentes en la unidad objetiva y en la lucha ilusoria.

 

(VI) ¿Es el Islam un objetivo del imperialismo?

El Islam no es un objetivo por sí solo. Los verdaderos objetivos son recursos, mercados, la ri­que­za, y emplazamientos importantes desde una perspectiva geo­política. Cualesquiera obstá­culos se encontraban en el camino para lograr esos objetivos, tenían que ser aplastados. El Par­tido Comunista de las Filipinas, las FARC en Colombia, los actuales gobiernos de Cuba, Vene­zuela y Bolivia, son todos no-musulmanes, pero son atacados ferozmente por el imperialismo de EE.UU. porque constituyen obstáculos en el camino a la dominación de recursos, mer­cados, y ri­queza.

El manejo imperialista de cada obstáculo está regido por numerosas con­di­ciones relacionadas con el tamaño de la riqueza, el mercado y los recursos en cuestión, el contexto geopolítico, y con la magnitud de la re­sistencia existente o esperada. La presencia de inmensas reservas de pe­tróleo y gas, su «posición estratégica sin igual», y la presencia de centros potenciales que podrían libe­rar­se de la dominación global de EE.UU. y abarcar centros relativamente in­de­pen­dien­tes (el Egip­to de Nasser, el Iraq de Sadam, Irán después de la revolu­ción), estos hechos – todos estos hechos – hicie­ron que, desde el oriente árabe hasta Asia Central, formaran el "arco de crisis" favorito (¡O "la media luna de crisis" si se quiere darle una dimensión religiosa!) y el campo principal de operaciones... ¡Que la mayor parte de los habitantes de esa región sean musulmanes no sig­nifica que exista un genuino origen religioso en la intervención!

Otro punto: África, todo un continente, sigue siendo explotado por su riqueza en petróleo, dia­man­tes, y otros recursos; su gente es ase­si­nada a diario por cientos de miles por la guerra "civil", el hambre, el SIDA, la malaria, y la intervención militar directa, atrocidades que son mu­chos mayores en cantidad que lo que ocurre contra árabes y mu­sulmanes. Pero ya que tienen el privilegio de estar totalmente au­sen­tes de los medios noticiosos ¡No existen! ¿Constituye el ejem­plo afri­cano una guerra contra el Islam? África es un ejemplo evidente de que las guerras re­ligiosas no son más que cuentos de hadas.

Un tercer punto: el imperialismo no tiene problemas con el Islam. Hasta Huntington lo dice: «La era de las "guerras musulmanas" tienes sus raíces en causas más generales. Estas no in­clu­yen la naturaleza in­herente de la doctrina y de las creencias islámicas, que, como las del cris­tia­nismo, pueden ser utilizadas a su gusto por los adherentes para jus­tificar la paz o la guerra»[6]. Fukuyama incluso va más lejos: «Existe una cierta esperanza de que emerja una tendencia más liberal del Islam... los musulmanes interesados en una forma más liberal del Islam deben dejar de culpar a Occidente por pintar al Islam de un modo dema­siado grosero, y actuar para aislar y deslegitimar a los extremistas entre ellos»[7]. Está claro que el problema no es el Islam, sino un Islam resistente y, para ser más específico, el problema es sólo la parte "resistente", ya que cualquiera otra fórmula de Islam es aceptable.

 

(VII) El otro lado de la moneda del engaño: el Diálogo entre religiones

La división basada en la religión es una división engañosa. Un árabe musulmán es como un árabe cristiano: o forma parte de la capa que está conectada con el imperialismo y sus intere­ses, o es parte de la población explotada y oprimida. La religión no tiene nada que ver en este caso, o sólo una relevancia causal. Por ello, la noción de un diá­logo entre las confesiones es tan engañosa como la del choque de civi­lizaciones. Dos puntos lo prueban:

- Primero, un diálogo entre las confesiones postula la disputa como el punto de partida normal –¡De otro modo no habría un diálogo para co­menzar!– Así po­siciona de partida a las personas como antagónicas.

- Segundo, diagnostica las actuales luchas como si se basaran en la religión y, por tanto, como conflictos que pueden ser solucionados o di­luidos mediante un diálogo de religiones, dejando de lado por com­pleto la base objetiva (hege­monía, explotación, ocupación, etc.).

El problema principal no es de un musulmán, cristiano, judío, o no cre­yente. El problema es que hay una opresión y explo­tación que deben ser enfren­tados. En este contexto, un judío que llama a eliminar la entidad sionista "Israel" es un aliado, mientras que un musulmán que es­tablece relaciones con esta última, es un enemigo.

El diálogo entre las confesiones es otro intento de distraer la atención lejos de las prin­cipales contradicciones con el imperialismo y sus ver­daderos objetivos.

 

(VIII) Conclusión: mantener siempre una visión clara

El objetivo del imperialismo es depredar, dominar, y explotar. Para cum­plir esos objetivos, quiere aplastar toda resistencia, no importa cuál sea su forma y el contenido ideológico de esa resistencia.

La retórica sobre un «choque de civilizaciones» apareció después de la caída de la Unión So­vié­tica y del bloque socialista porque EE.UU. ne­cesitaba actuar para llenar las brechas creadas por la ausencia de una segunda potencia global. Este movimiento adoptó tres formas: in­terior (leyes restrictivas y represivas que apuntaban a las libertades y los beneficios sociales); hacia el Este (ex­pansión a Europa Central y Orien­tal y a las repúblicas ex-soviéticas); y hacia el Sur (región árabe y Asia Central). Fue esta última la que mostró una resistencia más en­car­nizada debido a las raíces históricas de la lucha.

La lucha contra el imperialismo es una lucha multidimensional de clases. Los sub­ter­fu­gios religiosos son instrumentos para ganar tiempo (diálogo entre las confesiones) o instru­mentos para fortalecer el pro­yecto imperialista y debilitar a sus oponentes (choque de civiliza­cio­nes).

 

FUENTES

1 Francis Fukuyama, "Their Target: The Modern World," Newsweek, diciembre de 2001-febrero de 2002 (Special Davos Edition), p. 60.

2 Este artículo fue escrito en primavera, antes de la revueltas de otoño de 2008 

3 El ataque de Georgia a Osetia del Sur en agosto de 2008, y la rapidisima y efectiva reacción rusa, ha provocado que la hasta entonces potencia eliminada "despertara" y recobrara un papel protagonista

4 Samuel Huntington, "The Age of Muslim Wars," Newsweek, diciembre de 2001-febrero de 2002 (Special Davos Edition), pp. 6-13.

5 Vea el título en la portada del artículo de Fukuyama en Newsweek, mencionado anteriormente.

6 Ibíd, página 9.

7 Ibíd, pagina 63.

 

Hisham Bustani es un escritor y activista marxista basado en Amman, Jordania. Es Secretario del Foro de Pensamiento Socialista y miembro fundador de la Alianza Popular Árabe Resistente. Agradecemos Bill Templer por haber tenido la gentileza de editar este artículo. [El original en inglés]

http://mrzine.monthlyreview.org/bustani290508.html

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GUARDIANES de la REVOLUCIÓN... de toda la vida

Tras el esperado anuncio de la marcha definitiva de Hosni Mubaraq el viernes 11 de Febrero de 2011, hasta Jose María Aznar ha celebrado las Intifadas de Túnez y de Egipto, considerándolas inspiradoras y ejemplos para el mundo.

Batallones de cargos políticos, portavoces de «laboratorios» de ideas (como actual­mente es Aznar al frente de FAES) y «líderes de opinión» occidentales que, hasta ayer mismo, habían venido apo­yando las polí­ticas de Zinel Abidín Ben Ali en Túnez y de Hosni Mubaraq en Egipto, han empe­zado a celebrar, de repente, y sin que se les caiga la cara de vergüenza, que Ben Alí se viera forzado a marcharse del palacio de Cartago el viernes 15 de enero a consecuencia de la re­vuelta regional que, a partir del 28 de diciembre, se extendió al resto de Túnez y se transformó en insurrección, y que el «Rais» Mubaraq abandonara igualmente su palacio de Heliópolis el 11 de febrero, forzado por la in­surrección urbana que se inició el 25 de enero y no paró hasta conse­guir su marcha.

Como ocurrió en España hace un tercio de siglo, cuando Franco es­taba vivo, los españoles que habían expresado su «adhesión in­que­bran­table al régimen hasta la muerte» habían sumado legio­nes. Años después de la muerte de Franco, la mayoría de esas legiones de ad­heridos inquebran­tables a la dictadura del Generalísimo se habían descubierto como «demócratas de toda la vida». Sin embargo, prácti­camente nadie se atrevió a pasar de franquista «inquebrantable» a antifranquista furibundo en sólo un par días, pues esa milagrosa re­conversión (en muy raros casos explicada por sus autores) requirió de varios años. Desde luego, con respecto a Franco, se necesitó muchí­simo más tiempo que ahora, cuando, en cuestión de días (en algunos casos de horas) los grandes apoyos políticos, mediáticos e intelectua­les europeos de las tiranías de Ben Alí en Túnez y de Muba­raq en Egipto, empezaron a celebrar, al menos de cara a la gale­ría, que los tiranos (sus protegidos tiranos) habían sido tumbados.

Pero la postura mayoritaria adoptada por representantes políticos, «la­boratorios» de ideas, «expertos» y medios de difusión de masas occi­dentales es la reflejada, por ejemplo, en la línea edito­rial del diario «El Mundo»: autoproclamarse «Guardianes de la Revoluciones» para evi­tar que sean «secuestradas por los extremistas islámicos». Todos es­tos «guardianes occidentales de la Revo­lución Árabe» surgidos de repente, reclaman un papel de «aleccionadores» para que tunecinos, egipcios y cualquier otro pueblo que consiga sacudirse a su tirano, hasta ahora obediente a los dictados de Occidente, «aprendan» de las ejemplares enseñanzas occidentales y no se desvíen de la «Transición hacia la Libertad y la Paz».

Estas «Intifadas» que los nuevos «Guardianes de la Revolución» no sólo no han inspirado, sino, incluso, han venido condenando «preventi­vamente» durande décadas... estas revoluciones en la que, ellos, no sólo no han participado ni han sacrificado nada, sino, por el contrario, han tratado a toda costa de impedir que surgieran (e incluso trataron de apagar una vez que se habían puesto en marcha, agitando los pre­juicios y miedos del público medio occidental) se han convertido, de golpe, en fenómenos políticos que exigen la protección y una especial tutela por parte de los poderes polí­ticos, mediáticos y, por supuesto, de los servicios secretos de Occidente.

No es sólo que se hayan sumado, en cuestión de días, al proceso, como «revolucionarios encan­tados de conocerse», sino que se han arrogado de inmediato el papel de tutores, de vigilantes del proceso. Es decir, en Occidente tenemos a una multitud que, de la noche a la mañana, han pasado de ser «Amigos, Aliados y Apoyos» de las tira­nías de Ben Alí y Mubaraq, a ser en estos momen­tos «Guardianes de la Revolución... de toda la vida».

Cualquiera que tenga un mínimo sentido de la decencia reconoce, y nosotros lo afirmamos bien claro, que hoy, nadie, puede dar lecciones a los insurrectos tunecinos ni egipcios. Nadie, y menos aún la infame derecha política y la no menos infame progresía de Europa, que hasta que las insu­rrecciones se desataron imparables, respaldaban a los re­gímenes matones, uno por encargo directo de Francia y de Italia (el de Ben Alí) y el otro de EEUU y el Ente Sionista (el de Mubaraq). Ambos tenían licencia para machacar a sus pueblos y eran oportunamente alabados por cancillerías y me­dios de difusión de masas atlánticos. Aún la mayoría de ellos, cuando todavía no era seguro si Ben Alí o Mubaraq se marchaban o no, siguieron callados como momias, eva­luando si los insurrectos se mantenían firmes o sucumbían ante las amenazas y la represión.

Por todo ello demandamos que se callen:

Que se callen los cínicos que se creen «superhombres» y más listos que nadie desde la comodi­dad de sus sillones. Tunecinos y egipcios nos han dado a todos una lección de coraje, de entrega, de sacrificio, de lucha y de perseverancia en común que deja en evidencia las mise­rables posturas egocéntricas que desgraciadamente se consolidan en nuestro entorno.

Que se callen los escépticos de siempre que piensan que todo se encuentra siempre previsto y preparado con antelación por alguna mano oculta en las sombras. Conspiraciones y conjuras, haber­las hay­las, y han existido siempre, pero son demasiados los que se empe­ñan siempre en explicar todo lo que sucede en el mundo a través de con­ju­ras extrañas, cayendo en el extremo opuesto de aquellos que creen que todo es como parece o se muestra en la televisión.

Demandamos también que se callen los expertos que nada previe­ron, y, por supuesto, cómo no, reclamamos que se callen los turistas que sólo querían disfrutar de la playa y ver monumentos en paz, esos que se quejan de la interrupción de sus vacaciones porque sólo les importa su disfrute particular desentendiéndose de todo lo que se en­cuentra fuera de su ombligo. Éstos forman parte de la clase más re­pug­nante e infame que produce el Capitalismo avanzado: la clase «de los usuarios».

Que se callen porque todos ellos han sido desbordados por las Inti­fadas tunecina y egipcia, que han barrido a las figuras principales de sus regímenes «amigos» y «aliados».

En Tunez y Egipto el poder, todavía, continúa en la calle. El primer ministro Ganuchi ha tenido que formar, en menos de un mes, varios gobiernos de «transición» gracias a la presión de los insurrec­tos, que le han obligado a disolver la RCD. En estos momentos, los funcio­na­rios del Ministerio tunecino de Asuntos Exteriores han conseguido forzar la dimisión del segundo ministro del ramo de la «transición», por seguir mostrando el servilismo de antes ante su homóloga francesa, la misma que, hasta horas antes de la marcha de Ben Alí, preparaba el envío de material antidisturbios y especialistas policiacos desde París para ayudar a sofocar la insurrección. Los egipcios, que también han luchado y sufrido para conquistar su autoestima, personal y nacional (ambas van juntas), rom­piendo el miserable individualismo que pro­mue­ve el capitalismo, y las divisiones y miedos impuestos en el seno del pueblo por el Sistema para neutralizar las movilizaciones naciona­les, han conseguido que el consejo supremo de las Fuerzas Armadas decrete la disolución de las cámaras parlamentarias e inva­lide la Constitución de Mubaraq.

Las de Túnez y Egipto han sido intifadas que han desbordado a las baronesas Ashton, a las trila­terales Jiménez y al resto de represen­tantes políticos occidentales, cuyas declaraciones suenan exacta­mente como lo que son: huecas y oportunistas, como las de Ben Alí el 14 de enero diciendo en televisión que gracias a los insurrectos había descubierto estar rodeado de malos consejeros y ministros, o como las de Mubaraq y Soleimán alabando a los mártires que sus esbirros ha­bían matado. Sus rostros han mostrado la misma careta que la Esfinge de Guiza: rostros de algo muy viejo.

Que se callen también los aguafiestas, que sólo saben hablar de pér­didas económicas de las revoluciones o de «Que viene el Lobo».

Que se callen, asimismo, los sempiternos vendedores de la resig­na­ción que tratan de conven­cernos que, al final, «no compensa» luchar por nada, y desean que venga la resaca cuanto antes.

Es hora de celebrar... y hora de prepararse:

Desde luego es hora de celebrar la victoria en estas primeras batallas. Porque es la hora de sa­bo­rear, sobre todo, lo más importante: la auto­estima ganada, el amor propio que tunecinos y egipcios han conquis­ta­do en estos días. Esa autoestima, personal y nacional (que para noso­tros, insistimos, van necesariamente juntas) es el mayor valor de una revolución popular. Y el mayor antídoto para rechazar a todos los im­pre­sentables «Guardianes de la Revolución... de toda la vida» que han sur­gido desde Occidente.

Pues recobrando la autoestima y el orgullo nacional como tunecinos y egipcios, esos pueblos están preparados, no para irse a casita dicien­do eso de ¡«Misión cumplida»! sino para seguir con la guerra, para continuar el enfrentamieto contra sus opresores (pues como dicen en Túnez: «se ha ido Ben Alí pero quedan los cuarenta ladrones») para recobrar su Patria, para conquistar libertades rea­les y para luchar por la Justicia no sólo en sus naciones sino de los demás pueblos que su­fren las embestidas del imperialismo, del sionismo y, en definitiva, de los secuaces de las Altas Burguesías atlánticas.

Al sur del Mediterráneo se han roto unas poderosas cadenas. Pero más poderosa ha sido la volun­tad de romperlas. Imperialistas, sionistas y secuaces del Capital han pasado de la condena y la alarma por las Intifadas, a dar lecciones y querer tutelar las «transiciones». Es la nue­va fase del «juego» a vida o muerte que libran los pueblos oprimi­dos movilizados contra sus opresores: que son, en última instancia, los mismos opresores que tenemos los españoles.

Por eso podemos decir que tunecinos y egipcios han destrozado unos eslabones que forman parte de las mismas cadenas que nos aprisio­nan a todos.

 

JAZMÍN para controlar a los TUNECINOS

Mientras los medios occidentales celebran la «Jasmine Revolution», el plan yanqui tendente a detener la cólera del pueblo tunecino y a conservar esa discreta base de retaguardia de la CIA y la OTAN que es Túnez, es descrito por Thierry Meyssan. Para éste, el fenómeno insurreccional no ha terminado y la verdadera revolución, que tanto temen los occidentales, puede estar a punto de empezar.
 
A las grandes potencias no les agradan los acontecimientos que no pueden controlar y que estorban sus planes. Los que han venido conmocionando desde hace un mes Túnez no son ajenos a esa regla. Al con­trario.

Resulta entonces bastante sorprendente que los grandes me­dios inter­nacio­nales de difusión, aliados fieles del sistema de dominación mundial, se entusiasmen de pronto por la «re­vo­lución de jazmín» y que publiquen investigaciones y reportajes sobre la fortuna de la familia política de Ben Ali, a la que an­teriormente no prestaban atención alguna a pesar de su tren de vida escandaloso.

Lo que sucede es que los occidentales están tratando de re­cuperar terreno en una situación que se les fue de las manos y en la que ahora quieren insertarse describiéndola según sus propios deseos.

Ante todo, es importante recordar que el régimen de Zinel’ Abidín Ben Ali gozaba del apoyo de Estados Unidos y de Israel, de Francia y de Italia. Considerado por Washington como un Estado de importancia menor, Túnez estaba siendo más utili­zado en materia de seguridad que en el plano económico.

En 1987, un golpe de Estado derrocó al presidente Habib Bur­guiba para favorecer a su ministro del Interior, Zinel’Abidín Ben Alí. Éste es un agente de la CIA entrenado en la «Senior Intelligence School» de Fort Holabird. Según informaciones re­cientes, Italia y Argelia parecen haber estado vin­culadas a la toma del poder por Ben Alí [1].

Desde su llegada misma al Palacio de la República, Ben Ali es­ta­blece una Comisión Militar Conjunta con el Pentágono que se reuniría cada año en mayo. Ben Ali no confía en el ejército, lo mantiene marginado y no le pro­porciona suficiente equipa­miento, con excepción del Grupo de Fuerzas Especiales que se entrena con los militares estadounidenses y que par­ticipa en el dispositivo «antiterrorista» regional.

Los puertos de Bizerta, Sfax, Susa y Túnez se ven abiertos a los barcos de la O.T.A.N. y, en 2004, la República de Túnez se in­serta en el «Dialogo medite­rráneo» de la alianza atlántica.

Al no abrigar con Túnez expectativas especiales en el plano económico, Washington permite que los miembros de la fami­lia Trabelsi-Ben Ali exploten a fondo el país. Cualquier em­pre­sa tu­necina que se desarrolle con éxito tiene que cederles el 50% de su capital y los dividendos correspondientes a esa tajada al clan de los Trabelsi-Ben Alí. Pero las cosas se ponen feas en 2009, cuando la familia que controla el país pasa de la gloto­nería a la avaricia y trata de chantajear también a los empresarios estadounidenses.

Por su lado, el Departamento de Estado prevé la inevitable de­saparición del presidente. El dictador ha eliminado a todos sus rivales internos y externos al régimen y no tiene sucesor. Se impone entonces buscarle un sustituto en caso que fallez­ca. EE.UU. recluta a unas sesenta personalidades capa­ces de de­sempeñar un papel político después de Ben Ali. Cada una de esas personas recibe un curso de tres meses en Fort Bragg y posteriormente se le asigna un salario mensual [2]. Y pasa el tiempo…

Aunque el presidente Ben Ali mantiene la retórica antisionista en vigor en el mundo musulmán, Túnez ofrece diversas faci­lidades a la colonia sionista de Palestina. Se autoriza a los is­raelíes descendientes de tunecinos a via­jar a Túnez y a co­mer­ciar en ese país. Incluso se invita a Ariel Sharon a vi­si­tar Túnez.

 
La revuelta

El 17 de diciembre de 2010, la inmolación voluntaria de un vendedor ambu­lante, Mohamed Buazizi, quien se prendió fuego porque la policía le había con­fiscado su carreta y sus productos, da paso a los primeros disturbios. La po­blación de Sidi Buzid se identifica con aquel drama personal y se su­bleva.

Los enfrentamientos se extienden a varias regiones y, poste­rior­mente, alcanzan la capital tunecina. El sindicato UGTT y un colectivo de abogados organizan manifestaciones, sellando así –sin hacerlo a propósito– la alianza entre las clases populares y la burguesía alrededor de una organización estruc­turada.

El 28 de diciembre, el presidente Ben Ali trata de recuperar el control de la situación. Visita al joven Mohamed Buazizi en el hospital y se dirige esa misma noche a la nación. Pero su dis­curso televisivo expresa su ceguera. Ben Alí acusa a los ma­nifestantes como extremistas y agitadores a sueldo, y anuncia una represión feroz. Esa intervención en los últimos días del año 2010, lejos de tranquilizar las cosas, convierte la revuelta popular en in­surrección. El pueblo tunecino ya no denuncia sola­mente la injusticia social sino el poder político.

En Washington se dan cuenta de que «nuestro agente Ben Ali» ha perdido el control de la situación. En el Consejo de Se­gu­ridad Nacional, Jeffrey Feltman [3] y Colin Kahl [4] con­sideran que es hora de deshacerse del dictador ya desgastado y de organizar la sucesión antes de que la insurrección se convierta en una verdadera revolución, o sea antes de que ponga en tela de juicio el sistema.

Se decide entonces movilizar a los medios de difusión, en Tú­nez y en el mundo, para limitar la insurrección. Se trata de dirigir la atención de los tunecinos hacia los problemas so­cia­les, la corrupción de la familia Trabelsi y la censura de prensa. Todo con tal de evitar el debate sobre las razones que lle­varon a Washington a poner a Ben Ali en el poder hace 23 años y a protegerlo mientras la familia de su esposa se apode­raba de la economía na­cional.

El 30 de diciembre, el canal privado Nessma TV desafía al ré­gimen con la trans­misión de reportajes sobre los disturbios y organizando un debate so­bre la necesaria transición de­mo­crática. Nessma TV es propiedad del grupo italo-tunecino de Taraq Ben Ammar y Silvio Berlusconi. Los indecisos captan de inmediato el mensaje: el régimen se tambalea.

Simultáneamente, expertos estadounidenses, así como ser­bios y alemanes, son enviados a Túnez para canalizar la in­surrección. Son estos expertos quie­nes, manipulando las emo­ciones colectivas, tratan de imponer consignas en las ma­ni­festaciones. Siguiendo la técnica de las supuestas «revolu­ciones» de colores, elaborada por el «Albert Einstein Ins­ti­tution» de Gene Sharp [5], estos expertos dirigen la aten­ción hacia la figura del dic­tador para así evitar cualquier debate sobre el futuro político del país. Aparece así la con­signa «¡Ben Ali, lárgate!» [6].

Bajo la denominación «Anonymous», el ciberescuadrón de la CIA –ya utilizado anteriormente contra Zimbabwe e Irán– «hackea» varios sitios web oficiales tunecinos e introduce en ellos un mensaje de amenaza en inglés.

 
La insurrección

Los tunecinos siguen desafiando al régimen de forma espon­tánea, lanzándose masivamente a las calles y quemando cuar­teles de policía y establecimientos perte­necientes a la familia de Ben Ali. Algunos lo pagarán incluso con su sangre. Deso­rientado y patético, el dictador sigue sin enten­der lo que está sucediendo. El 13 de enero, Ben Ali ordena al ejército disparar contra la multitud, pero el jefe del Estado Mayor de las fuerzas terrestres se niega a hacerlo. El general Rachid Ammar, ya en contacto con el general William Ward, comandante del Afri Com, anuncia, en per­sona, al presidente Ben Ali que Wa­shing­ton le ordena que abandone el poder y huya.

En Francia, el gobierno del presidente Sarkozy no ha si­do ad­vertido de la decisión yanqui y no ha analizado los diferen­tes cambios de casaca. La ministra de Relaciones Exteriores, Michele Alliot-Marie, se propone salvar a su dictador protegido enviándole consejeros en materia de orden público y equi­pamiento para que pueda mantenerse en el poder mediante procedimientos más limpios [7]. El viernes 14 se fleta un avión de carga. Cuando terminan en París los trámites de aduana, ya es demasiado tarde. El envío de ayuda ya no es necesario. Ben Ali ha huido a Cerdeña.

En Washington y Tel Aviv, en París y en Roma, sus antiguos amigos-padrinos le niegan el asilo. Al final, Ben Alí va a parar a Riyad (capital de Arabia Saudita), no sin haberse llevado consigo una tonelada y media de oro robado del Tesoro pú­blico tune­cino.

 
Jazmín para calmar a los tunecinos

Los consejeros norteamericanos en materia de comunicación-manipulación estratégica tratan entonces de dar el juego por terminado, mientras que el primer ministro saliente forma un gobierno de continuidad. Es en ese momento que las agencias de prensa lanzan la denominación de «Jasmine Revolution», ¡en inglés, por supuesto!. Las agencias occidentales afirman que los tunecinos acaban de realizar su propia «revolución de color». Se instaura un gobierno de unión nacional y todo el mundo contento.

La expresión «Jasmine Revolution» deja un sabor amargo a los tunecinos más viejos: es precisamente la que utilizó la CIA durante el golpe de Estado de 1987 que puso a Ben Ali en el poder.

La prensa occidental –sobre la cual el Imperio ejerce ahora más control que sobre la tunecina– descubre ahora la fortuna mal habida de la familia Trabelsi-Ben Ali, que hasta en­ton­ces había ignorado. Pero la prensa occiden­tal sigue olvi­dán­dose, sin embargo, del visto bueno que el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, le había dado a los funcionarios del régimen pocos meses después de los motines que protagonizó la población hambrienta en el sur[8], en no­viembre de 2008: «Túnez es un modelo de nación emer­gente».

También la prensa occidental sigue olvidándose del último informe de «Transparency International» que afirmaba que en Túnez ha­bía menos corrupción que en varios Estados de la Unión Europea, como Italia, Rumania y Grecia [9].

Mientras tanto, se desvanecen los grupos armados del ré­gimen, que habían sembrado el terror entre los civiles durante los disturbios y los llevaron incluso a organizarse en comités de autodefensa.

Los tunecinos, a quienes se creía despolitizados y manejables al cabo de tantos años de dictadura, resultan sin embargo muy maduros. Rápidamente se dan cuenta de que el gobierno de Mohammed Gannuchi no es otra cosa que «benalismo sin Ben Ali». Con algunos cambios de fachada, los caciques del partido único (RCD) conservan los ministerios más importan­tes. Los sindicalistas de la UGTT se niegan a sumarse a la maniobra estado­unidense y renuncian a los puestos que les habían sido otorgados.

Además de los inamovibles miembros de la Reagrupación Constitucional Democrática, se mantienen los dispositivos me­diáticos y varios agentes de la CIA, a saber:

- Por obra y gracia del productor Taraq Ben Ammar (el gran jefe de Nessma TV socio de Berlusconi), la realizadora Mufida Tlati se convierte en ministra de Cultura.

- Menos implicado en el negocio del espectáculo, pero más significativo, Ahmed Nejib Chebbi, socialdemócrata ex-mar­xista del PDS, peón de la «Na­tional Endowment for Demo­cracy» (NED), se convierte en ministro de Desa­rrollo Re­gional

- y el oscuro Slim Amanú, un bloguero conocedor de los mé­todos del «Albert Einstein Institute», se transforma en mi­nistro de Juventud y Deportes a nombre del fantasmagórico «Partido Pirata», vinculado al autoproclamado grupo «Anony­mous».

Por supuesto, la embajada de Estados Unidos no solicitó al Partido Comunista que se integrara en el llamado «gobierno de unión nacional». Por el contrario, lo que hicieron fue traer de Londres, donde había obtenido el asilo político, al líder his­tórico del Partido del Renacimiento (Ennahda), Rached Gan­nuchi.

Se trata de un islamista ex salafista que predica la com­pa­tibilidad entre el Islam y la democracia y que viene pre­pa­rando desde hace tiempo un acercamiento al Partido De­­crata Progresista de su amigo Ahmed Nejib Chebbi, el social­demócrata ex marxista. En caso de que fracase el «go­bierno de unión nacional», este dúo pudiera representar una solución alternativa.

Los tunecinos se sublevan nuevamente, y amplían por su pro­pia cuenta la consigna que se les había inculcado: «¡RCD, lárgate!». En comunas y empresas, ellos mismos expulsan a los colaboradores del régimen derrocado. ¿Hacia la revo­lu­ción?

Contrariamente a lo que ha dicho la prensa occidental, la insurrección no ha terminado aún y la revolución to­davía no ha comenzado. Es importante señalar que Wa­shington no ha canalizado nada, exceptuando a los pe­rio­distas occidentales. Ahora más que en diciembre, la situa­ción está fuera de control.

Thierry Meyssan

Voltairenet.org

Sacado de Rebelión.org

 


[1] Declaraciones del almirante Fulvio Martini, quien era por entonces jefe de los servicios secretos italianos (SISMI).

[2] Testimonio directo recogido por el autor.

[3] Asistente de la secretaria de Estado para cuestiones del Medio Oriente.

[4] Asistente adjunto del secretario de Defensa para el Medio Oriente.

[5] «La Albert Einstein Institution: no violencia según la CIA», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de junio de 2007.

[6] «La technique du coup d’État coloré» en francés (La técnica del golpe de Estado), por John Laughland, Réseau Voltaire, 4 de enero de 2010.

[7] «Proposition française de soutenir la répression en Tunisie», por Michelle Alliot-Marie, Réseau Voltaire, 12 de enero de 2011.

[8] Video.

[9] «Corruption perception index 2010», Transparency International.

Fuente: http://www.voltairenet.org/article168231.html

 

 

ORIENTACIONES

ORIENTACIONES

Desde hace treinta y cinco años, el ejército marroquí ocupa el Sáhara Occidental, un territorio que invadió por la fuerza. El Rey de Marruecos se niega a cumplir las Resoluciones aprobadas por la ONU y pretende sencillamente anexionarse el Sáhara Occidental.

El Estado español continua siendo responsable de la tragedia y el sufrimiento del pueblo saharaui, hoy separado por un muro que divide su Territorio, sometido una parte a la represión en el Sáhara ocupado por Marruecos, y otra en unas condiciones extremadamente duras en los campamentos de población refugiada saharaui.

La pasividad del Gobierno español, su ambigüedad, el mirar hacia otro lado ante la violación de los derechos humanos, estimula a Marruecos para seguir en su posición intransigente, no aceptando la aplicación de las Resoluciones de la Naciones Unidas y poniendo condiciones previas e inaceptables en próximas negociaciones. El Gobierno debe implicarse más firmemente y liderar la búsqueda de una solución justa y democrática que respete el derecho a la autodeterminación del Pueblo Saharaui.

Tras dos décadas desde el alto el fuego y de imposible aplicación del plan de paz por el bloqueo marroquí; después de 35 años de espera a las soluciones diplomáticas, el Pueblo Saharaui está agotando su paciencia, poniéndose en peligro la resolución pacífica del conflicto. Nadie quiere que esto suceda, sin embargo, tampoco nadie podrá hacerle responsable de lo que sería una tragedia anunciada, tras años de espera pacífica y confianza en las negociaciones auspiciadas por la ONU.

La resistencia pacífica de las y los saharauis en los territorios ocupados por Marruecos, y el esfuerzo de supervivencia y cohesión en los campamentos de población refugiada, demuestran su determinación en la lucha por la independencia. Nosotras y nosotros estaremos a su lado.

¡Marruecos culpable, España responsable!
¡Referéndum Ya!
Evitemos la Guerra


¡PARTICIPA EN LA MARCHA POR LA INDEPENDENCIA!
Sábado 13 de Noviembre a las 12 horas desde Atocha a Sol (Madrid)

Convocan:


- CEAS-SÁHARA (Coordinadora Estatal de Asociaciones de Amistad y Solidaridad con el pueblo saharaui)

- Plataforma pro Referéndum en el Sáhara

ORIENTACIONES

Frente a las reformas laborales que cargan sobre los trabajadores la crisis provocada por los capitalistas ¡Unidad y resistencia en la Huelga General!

El Gobierno de Rodríguez Zapatero -un «rojo radical amigo de Chávez» según lo presentaba la prensa derechista «sin complejos»-, ha empezado a perpetrar las reformas neoliberales y recortes antisociales que, en estos últimos años, le han venido exigiendo la CEOE, el Banco de España y los batallones de economistas y comentaristas que copan las tertulias de radio y televisión. Cierto es que Zapatero dio finalmente el paso convencido por Obama, Sarkozy y Mérkel, pues parece que el inglés, el francés y el alemán son idiomas más apropiados que el caste­llano para que la izquierda progre­sista de «este país» acepte definitivamente el «hecho inevi­table» de que la salida a la crisis pro­voca­da por los financieros será a costa de los trabajadores. El líder del PSOE sale con­ver­tido con tal furia que hasta Esperanza Aguirre le da la bienveni­da a la «ortodoxia liberal».
Hace dos años, con el rescate público de gran­des bancos de inversión y compañías de segu­ros hundidas a conse­cuencia del des­ma­dre especu­lativo animado por las políticas de desre­gulación financiera, los especuladores parecían haber quedado avergonzados y los mismos diri­gentes atlánticos nos anunciaron la necesidad de «refun­dir» el ca­pitalis­mo. Unos cuantos ad­vertimos que esperar un capitalismo rectificado a sí mismo era estúpido. El rescate público de sociedades especuladoras en quiebra representaba un pa­réntesis intervencionista en la «economía de libre mercado» que aplicaba la medida, ya clási­ca, de sociali­zar com­pañías cuando sus capitalistas tienen pérdidas, y devolvérselas cuando obtienen benefi­cios.
Pero tal operación era más perversa aún: aquel intervencionismo para salvar a los especula­dores tenía el objeto de endeudar más a los estados para que los propios merca­deres de ca­pital compraran esa deuda, y así poder luego determinar la política económica y social de las na­ciones. Las medidas impulsadas por el gobierno de nuestra nación y aproba­das por las Cortes ge­nerales con­firman que siguen las direc­trices de las finan­zas internacionales.
Con la reforma laboral se agilizan y abaratan los despidos. Una primera fórmula con­templa que cualquier «situación económica negativa» -donde cabe una momentánea caída de la fac­tura­ción, o una simple depreciación de los activos- sirva para que el despido impro­cedente comporte una indemni­zación de apenas 20 días por año. Una segunda fórmula con­siste en universalizar el contrato fijo con indemnización de 33 días con un máximo de 24 mensualida­des, frente a los 45 ordinarios con un máximo de 42 mensualidades. Encima, el despido sale más fácil y barato gracias a la financiación pública de parte de sus costes. Con la excusa de frenar la temporalidad -la más alta de la UE-, los contratos indefinidos ya no serán sinónimo de estabilidad, sino un nuevo contrato de «o aceptas nuevos abusos laborales o a la calle».
Además de reducir el salario de los em­pleados del estado, y de contraer drásticamente los presupuestos de Fomento desti­na­dos a obras públi­cas, se reduce la tasa de reposición de empleos públicos para proceder, no sólo a la privati­zación parcial de los servicios, sino a que sean empresas de empleo temporal quienes vayan sustituyendo los puestos de trabajo va­cantes. Para estas contratas privadas no importa la capacidad, sino sólo cuánto está el asa­lariado dispuesto a dejar de cobrar y hacer horas de más. Asimismo, se anuncia el alargamiento forzoso de la edad de jubilación y el aumento de la base para el cálculo de la pensión a veinte años, a lo que se añade la actual congelación de las pen­siones.
Pero siendo todo esto muy grave, lo peor es que se procede al desconyuntamiento completo de los derechos laborales del trabajador español: por lo pronto, el gobierno y las cortes genera­les han abierto la posibilidad de que las empresas se descuelguen de los conve­nios colectivos.
Ante esta ofensiva brutal no valen excusas para no movilizarse. Alegar que la huelga gene­ral tenía que haberse celebrado antes para no secundar la que, por fin, se convoca este 29 de septiembre, es un pretexto pueril. Recordar ahora que los sindicatos mayores -UGT y CCOO- son corruptos, ineficaces y subsidiados, justo en el momento en que se han visto arrastrados por sus bases a convocar la huelga, y hacerlo para no movilizarse, refle­ja, en el mejor de los casos, dejarse atrapar por filas y fobias particulares y olvidarse del verdadero desafío que actualmente se disputa, cuando no, sencillamente, estar a favor de intensificar los abusos y miserias so­bre los asalariados, parados y pen­sionistas. Lo que nos debe im­portar es que trabajadores y jubilados to­men conciencia, se atrevan a movilizarse y luchen por sus dere­chos reales, no dividirse por causa de quien ha convo­cado la huelga. Decir que la huelga general no sirve para nada denota la típica actitud de los que esperan milagros o efectos instantáneos. Señalar que la huelga es insuficiente, para seguir sin hacer nada, es otra excusa miserable. Roma no se hizo en un día. Todas estas excusas llevan a lo mismo: a secundar la actitud de quienes se muestran de acuerdo con que la crisis provocada por los espe­culadores tengan que pagarla los trabajadores.
Prácticamente todos los medios escritos, radiofónicos y audiovisuales -locales y nacionales- han cerrado filas en torno a gobierno y oposición en contra de la huelga general. Arremeten contra los trabajadores porque no aceptan servicios mínimos que significarían reven­tar la huelga y hundir un derecho fundamental. Descalifican a los sindi­ca­tos por subvencionados, cuando esa prensa se halla aún más subvencio­nada que los sindi­catos. Tergiversan cuando dicen que la reforma «socava el papel de los grandes sindicatos en los convenios colectivos», pues lo que hace la reforma laboral es so­cavar los propios convenios co­lectivos y el papel de cual­quier tipo de sindicato. Asimismo, la prensa del régimen lanza una campaña histérica de crimi­nali­zación de los huelguistas al hablar de «pi­que­tes salvajes» y acusarlos de terro­ristas, cuando los auténticos terroristas son los pa­tronos que amenazan con despedir a quienes vayan a la huelga sin presencia de piquetes. Una vez más, constatamos que la prensa del ré­gimen -tanto la neoconservadora como la pro­gre­sista, tanto la centralista como la nacionalista periférica- conforma cuerpos de un único Ejército Represivo: no son medios al servicio del público, sino que son portavoces de quien realmente les paga: los capitalistas.
Hemos de ser conscientes de la amplitud social e histórica del desafío actual y, en consecuencia, ser responsables y aportar a la realidad militante de este País un esfuerzo consciente y radical real. Por tanto, nos solidarizamos con esta huelga general, con sus justas reivindicaciones y denuncias, y apoyamos decididamente la movilización total frente al Régimen estatal y al Sistema liberal-capitalista.
No en defensa de los intereses particulares, sectoriales, corporativos, o de clase, sino por los intereses generales de la Nación, por el bien común y posible, por la defensa del Estado Social, de nuestro futuro y de nuestro pueblo.
 
ProyectoM20.blogspot.com 

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ORIENTACIONES

ORIENTACIONES

Si viene a hacer el indio se equivoca de sitio
Natalia Segura

Uno de los peligros de cualquier colectivo que levante una bandera no con­vencio­nal y lance un discurso más o menos alternativo, «ra­dical» o «rompe­dor» es el siguiente: de la misma forma que las men­tes simples y más con­formistas de una sociedad llegan a confundir lo conven­cio­nal­mente estable­cido en ella, o lo ya «co­rriente» en su en­torno parti­cular, con la «nor­mali­dad» (no tienen por­qué coinci­dir, y muchas veces lo conven­cio­nal se opone a lo que es verdade­ramente nor­mal), otras mentes, qui­zás no tan confor­mistas como las primeras, pero no menos simples, aso­cian lo anti­conven­cional o lo contracorriente con ir de borde, tener un com­porta­miento anti­social, o caer y recrear­se, directamente, en lo anormal.

   Este problema no lo suelen tener los colectivos de cualquier ámbito (polí­tico, económico, deportivo...) que aceptan o se mueven en lo convencional. Todos los que se acercan a estos grupos, de antemano sa­ben (o se ente­ran muy pronto) que las posibles rare­zas que se tengan, las locuras en que puedan caer o las barba­ridades que pudieran cometerse (por placer, por desidia o por necesidad) van a que­dar siempre, o casi siem­pre, en las alcantarillas, en «la contabili­dad B» o du­rante las noches libres en el extra­rradio urbano. Todos saben que no se aceptará que se ma­nifiesten en pú­blico, aparezcan en los documentos oficiales o se cometan en plena jorna­da laboral.

 Por eso, ante cual­quiera que se acerque a un colectivo contracorriente (e incluso radicalmente anti­con­ven­cional) pero no por eso deja de sostener un pro­yecto normal (precisa­mente, en una sociedad como ésta no queda otra opción para defender lo normal) lo primero que de­bemos averiguar, en esa persona, es si quiere traba­jar y luchar en serio (en realidad no se puede luchar de otra forma) al nivel que buena­mente sea capaz de llegar o con la intensidad que vea más conve­niente en su caso, o si, al contra­rio, pretente ju­gar a «niño terrible» del barrio. O dicho de otra for­ma, si para él la radi­calidad no es más que una ex­cusa dialéctica para «ir de borde» por la vida.

 O se lucha y se hace política (revolucionaria o con­trarrevolucionaria, refor­mista o con­formista) o se «fri­quea», se juega para pasar el rato y se hace el indio. Las gentes que nutren los partidos, fundaciones y demás organiza­ciones convencionales también tie­nen su «corazoncito», apegos, fantasías, pasiones y efusiones, pero, en general, tienen muy claro que, en el afán diario, se impone la consecución de unos fi­nes (financiero-económicos, finan­ciero-políticos, fi­naciero-militares, financie­ro-mediáticos o financiero-deportivos) y esa gente, por muy desbordantes sean sus preferencias sen­timentales, deben aparcar sus fantasías, apegos, desagrados y demás senti­mientos cuando es­tán manejando las herramientas o recursos de la empresa. Como suelen decir ellos: «con estas cosas no se juega».  Y es que tiempo y el es­pacio dedicado al partido, fundación, medio de di­fusión, taller, oficina o mos­trador, son «horas y lu­gares en serio», y no para hacer el indio.

 Y decimos «hacer el indio» porque es la expresión más popular para un tipo de comportamiento ejem­plarizado en el supuesto que alguien saliera, al día de hoy, a la pelea, al baile o a la caza, ululando, y con plumas, pintu­ras y hachas de guerra en ristre. Pero lo mis­mo podría­mos hablar de «ha­cer el mo­runo» para quien aparezca profiriendo ame­nazas en árabe, in­sul­tos en rifeño o maldiciones en ara­meo, cubiertos con tur­bante (a ser posi­ble ne­gro) o «dar el pego anarquista» pa­ra quien alter­ne paños roji­negros con pren­das arco­­iris y capuchones grises, y puños arri­ba con porrazos a los escaparates e incendios en contene­dores. O «dar el cante fascista» para quien guste aparecer con célticas, esvás­ti­cas, co­rreajes, uni­for­mes y brazos en alto, el «cante pirata» para los ata­viados de forma estrafala­ria, parches en el ojo y banderas con calaveras, o el «can­te bizarro» para el exhibicionista em­butido en látex, cuerdas y cue­ros os­curos para una sesión sadomasoquista. Da igual. Todos ellos son pro­duc­tos del mismo país: el país del «hacer el indio».

 La primera cuestión, por tanto, de una organiza­ción alternativa con quienes se relacionan con ella es:

¿Se quiere luchar en serio o se prefiere jugar al «niño terrible» del vecin­dario?

¿Se pretende avan­zar llegando a la gente, o en­tre­tenerse espantan­do a todo el mundo?

Todo aquel que pretenda, sinceramente, defender una causa y progresar en la lucha, no duda en libe­rarse de lastres que le estorban en el camino y se halla más que dispuesto a re­ducir al mínimo todo lo que complica in­ne­ce­sariamente su acción en el cam­­po de batalla. Por entrañable que sea su ape­go por ciertos signos u obje­tos, y mucho sea el valor sen­timental que, por los moti­vos que fue­sen, les haya dado el militante o com­batiente, si real­mente lo es, es consciente que lo funda­mental es el proyec­to, cumplir los objetivos de la lucha y car­gar con todo el peso que requiere el equipa­miento útil y el arma­mento efectivo para la lucha, pero no más.

 El que está decidido a luchar y causar el mayor da­ño posible a su enemigo (no olvidemos que mu­chas veces el mayor enemigo es el burgués friqui que tene­mos dentro) reserva energías y concen­tra esfuerzos en el empleo de los medios más efecti­vos y favorables para su lucha (y desfavorables para su adversario) y evita desgastarse con cargas inútiles o contraproducentes. El currante, si se man­cha, es de grasa, sangre, barro... lo propio de su labor para lle­varla a cabo, pero no está dispuesto a mancharse de más con ton­terías. El que quiere combatir, avanzar, ven­cer posiciones, ir cambiando las cosas, se deja la quincalla sentimental en casa, no se com­plica la vida (y la muerte) más de lo que resulta justo, opor­tuno y necesario para la lucha.

 En el terreno donde brega y se afana, el comba­tiente no tiene la ocurrencia de conducirse dándose el gus­tazo. Él es cons­ciente que la lucha en se­rio (es la única digna de llamarse lucha) acarrea dema­siados esfuerzos y difi­cultades, y para una causa alterna­tiva, el terreno donde se actúa es todavía más complicado e im­plica riesgos añadidos. Sabiendo todo esto, no se per­mitirá el lujo de sumar gratui­ta­mente más dificultades de las estricta­mente necesa­rias o inevitables. Nadie con dos dedos de frente se mueve en el campo de ba­talla al descu­bierto ni fanfarro­neando (excepto en ca­sos muy pun­tuales y es­tudia­dos) ni actuando como un sui­cida (a no ser que no quede más reme­dio, y enton­ces se escogen unos pocos). Aquel que atraiga sobre sí más perjui­cios y riesgos además de los inevitables no sólo es­taría faltando a su deber para mantener­se como efectivo, sino que esta­ría atentando con­tra sus com­pañeros. Combatir es tanto saber ata­car como po­nerse a cu­bierto él y sus compañeros.

 En definitiva, lo avisamos ya: el que quiera fanfa­rronear o «suicidar­se» (en rea­li­dad, fri­quear yendo de borde) haciendo el indio, el moruno, el anar­quis­ta, el fascis­ta o el pira­ta, un proyecto alternativo co­mo el que intentamos levantar no es su sitio.

 Pero como lo cortés no quita lo rebelde con causa, finalizamos con un consejo para los que sí quieran pasar el rato yendo de bordes, y les comen­tamos que, sin duda, lo más sensacional sería com­binar la galaxia de las friquerías antisociales. Imagí­nense que rompedor. Ululando y pinta­dos como indios de Jó­livud, las señoras ata­via­das con gorritos rojine­gros, mo­nos azules abiertos hasta el ombligo y car­tu­che­ras reple­tas de porros y flores, los señores cu­biertos, bien con turbantes negros y arabescos im­presos o con capu­chones de semana santa y tres grandes “Kas” (y am­bos gri­tando “¡muerte a los in­fie­les!”) y los ambiguos lle­vando uniformes de tan­quis­­tas alema­nes recortados para que se les vea el pe­cho y la tripa peluda, y agitando to­dos ellos cala­veras y es­vásti­cas, así como retra­tos de Sta­lin, de Hitler, de Ceaucescu, de Bokassa, de ben La­den, de Otegui, de Aznar y del machango «an­tes cono­cido como Prince», y portando, además, pan­car­tas donde se leyera «¡muera el euro extran­jero ju­deo-masóni­co y viva la peseta del Cau­dillo! (y una mo­neda con el perfil de Franco)» cau­sarían una gran sen­sa­ción.

 Y si al circo de los más bordes del vecin­dario le pusiéra­mos, como guinda, la se­ñal de peli­gro ra­diactivo, y la pintoresca rata anar­co­fascista armada con un bate de béis­bol, se­ría ya lo más borde en el mercado de los «niños terribles».

 Lo hemos dicho varias veces y acabamos recor­dándolo. Al poder estable­cido le viene muy bien te­ner unos supuestos enemigos que actúan como es­panta­pájaros y provocan más repelús que los politicastros del régimen. Como quienes integra­mos la alternativa no estamos por la labor de favorecer al poder establecido, no sólo ce­rramos la puerta a los que preten­den «hacer el indio», sino que los denun­ciamos para que todos tomen nota de lo que significa, no tanto para los propios suje­tos que a eso dedican parte de su tiempo libre, si­no lo que significa como comporta­miento que be­ne­ficia al poder establecido.

 

 

NACIONAL

NACIONAL

PETARDAS, APOLITICOS Y SÚBDITOS
Carlos Ramiro

Si algún fenómeno podemos destacar en España durante el siglo XX, es la notable sucesión de grandes oportunidades perdidas para cons­truir un proyecto sugestivo de vida en común. Sin em­bargo, el pe­riodo borbónico comprendido entre la Crisis del 98 y la pro­clamación de la II República, se caracterizó, sobre todo, por un pano­rama político mediatizado por la actitud de un monar­ca de­cidido a mantenerse en el trono al precio que fuera; des­pués, en esa II República que suscitó tantas esperan­zas, pre­va­le­cieron la demagogia y el sectarismo, y se desem­bocó en la Gue­rra Civil del 36; la dictadura de Franco se destacó por la me­diocridad, "cua­lidad" que define a la perfección a las clases me­dias, esti­madas por el dictador como su "obra predilecta" y él su princi­pal promotor; y por último la II Restauración borbónica, la Juan­carlista, que podemos resaltar como un compendio de todas las anteriores.

La actualidad española es perfectamente comparable con lo que ocurrió durante la transición. En primer lugar, contamos como jefe de gobierno a un inútil, quien se cree que las palabras, por sí mismas, son capaces de cambiar algo. En segundo lugar, vemos a las distintas facciones del ré­gimen fingiendo debates y que, cuando pelean, la mayoría de las veces lo hacen por insustan­cia­lidades o cuestiones accesorias, y las pocas veces que "se pe­lean en serio", nos revelan su única preocu­pación: la parte de los pre­supuestos del Estado que van a llevarse a sus arcas, ya sean de partido o particulares. Y en tercer lugar, tenemos a los trabaja­dores, desmovilizados y atenazados por el miedo a perder el puesto de trabajo (cada vez más precario y en peores condicio­nes), mientras la CEOE y el Banco de España siguen pidiendo, y van logrando, que se cercenen los derechos laborales que la clase obrera fue conquistando durante un siglo trágico.

Pero en esta ocasión, la situación es más grave que durante la transición, ya que los españoles han sido colocados en una situa­ción de sumisión y desorientación que les impide ver la realidad más básica, al serles negada, de hecho, la condición de ciuda­danos, gracias al mensaje lanzado desde los me­dios de difusión de masas. Ese mensaje es que la política es algo consustan­cial­mente turbio, intrínsecamente oscuro e inevitablemente corrupto, y, por tanto, eso es lo que provoca que los espa­ñoles “pasen de política”. Tal creencia es la piedra funda­mental del régimen juan­carlista.

Por eso, no sólo no es suficiente criticar los engaños de los par­tidos establecidos, denunciar los negocietes privados de los admi­nistradores públicos o clamar contra la co­rrupción de los car­gos po­lí­ticos, sino que resulta, incluso, contraproducente si nos que­da­mos ahí, pues contribuye a sostener la creencia generalizada que, el propio poder, sostiene "oficiosamente":  que el engaño, la suciedad y la corrupción que se perci­be en el panorama nacional son la esen­cia de la política. Por eso es urgente centrar los focos de atención en el llamado "cuarto poder": los grandes medios de difusión de masas. 

Porque estos medios de difusión son los creadores de un mundo virtual, con matrices de opinión perfectamente estruc­turadas para desmovilizar a las personas y transformarlas en masas dóciles. Todos los grupos empresariales, atendiendo a sus propios inte­reses como sociedades económicas, dejan de lado la realidad “real” para acomodarla a sus necesidades financieras, estable­ciendo, de manera tácita, un pacto donde se designa qué es "lo bueno" y qué es "lo malo". Es decir, desde los diferentes (pero co­in­cidentes en lo fundamental) diarios, emisoras y canales de tele­visión, día tras día se desarma intelectual y anímicamente al ciu­da­dano para que éste asuma la "realidad presente" como algo ine­vitable, y de esta forma asista pasivamente a la depredación de sus derechos reales más elementales por parte del mundo fi­nan­ciero y empresarial. 

Así, por un lado, un dis­curso profundamente ideologizado es ca­muflado o es­con­dido por los medios de difusión bajo una máscara de asepsia científica o contable, presentándonos como ciencia lo que no es más que propaganda pura y dura (o dicho de otra for­ma: mu­cho humo repleto de fórmulas ma­te­máticas). Y, por el otro lado, esta industria, que también tiene la función de entre­tener, ha en­contrado la clave para desactivar eficazmente cualquier situa­ción, sectorial, local o general, que pudiera derivar en conflictiva o problemática, mediante la creación, de la nada, de personajes que, en un plató de televisión, pasan horas exponiendo sus mi­se­rias, debatiendo sobre las “hazañas” de alcoba de tal o cual indi­viduo o individua, y, en algunas ocasiones, linchando virtualmente la ideología tal o la marca cual. Y todo esto para insertar, en la realidad “real” o en la "vida cotidiana", aquello que ha sido dise­ñado y planificado en la virtualidad de los consejos de dirección de los variados, que no distintos, "grupos de comunicación". 

Todo esto forja un anillo que atenaza la mente, y que, en su im­placable tarea represora, resulta más eficaz, más barato y más "higiénico" que poner en marcha un servicio policial y paramilitar que vigile constantemente a las per­sonas para evitar que éstas comiencen a cuestionarse todo y pongan en peligro el andamiaje que, con tanto esmero, han puesto ante nuestros ojos aquellos que, en realidad, lo controlan todo o casi todo. 

Por eso es necesario que los españoles vuelvan a la política. Es decir, que los españoles tomen con­ciencia de cuál es su verda­dera situa­ción, qué es lo que el régimen espera de ellos, y cuál es el papel que el sistema les ha asignado: la situación de súbditos co­men­sales destinados a "tragar­se" lo que las diferentes indus­trias ("virtuales, ligeras y pesadas") les "cocinan" o preparan; el pro­pó­sito deli­berado, por parte del régimen, de tener animales "que no entiendan de polí­tica";  y el pa­pel de cuero sujeto a explotación laboral resig­nado a so­portar las crisis provocadas por esos "mer­ca­dos finan­cieros" que desatan los ataques especulativos contra las economías na­cio­nales y encima son quienes deter­rminan las condiciones para "ser cal­mados".

En estos momentos de crisis no es lícito adoptar una pose autista, ni "equidis­tante", ni mirar para otro lado porque "los políticos" sean re­pug­nantes. No es lícito con­sentir dar más poder al poder, ya que este sistema totali­tario esta­blecido, si parece tan sólido, es precisa­mente porque esconde su rostro tras la apariencia de­mo­crática y se asienta, principal­mente, en la apatía o famoso "pa­sotismo" de la gente. El pueblo español, cautivo y desar­mado "apo­líti­ca­mente" por los medios de manipula­ción, no es una na­ción de ciuda­danos sino una masa de súbditos "apolíticos" como la propia clase política espera de ellos, y no existe una "fuerza del tra­bajo" sino consumidores explotables y atomi­zados sin con­cien­cia de clase que tienen, como ejemplos a imitar, a todas las petardas que salen en televisión.

 

ORIENTACIONES

ORIENTACIONES

REUNIDOS hoy 25 de junio de 2010 representantes de: 

Red Tercera Vía
Línea Antagonista
Círculo Orientaciones
Página transversal
 

 ACUERDAN:

CONSTITUIR con fecha de hoy 25 de junio de 2010 el PROYECTO "VEINTE DE MAYO" (a partir de ahora M-20). Toma su nombre del día de publicación del primer comunicado conjunto de sus cuatro miembros fundadores:

Red Tercera Vía, http://3via.eu/ 

Línea Antagonista, http://antagonistas.blogia.com/

Círculo Orientaciones, http://orientaciones.blogia.com/

Página transversal, http://paginatransversal.wordpress.com/

Tanto los firmantes actuales como los futuros del Proyecto M-20 seguirán manteniendo e incrementado sus propias estructuras, caracteres y autonomías.

El Proyecto M-20 se configura como laboratorio de ideas, espacio de diálogo, cauce de praxis social, centro de estudio y análisis de la realidad política actual, nacional e internacional.

Los OBJETIVOS que se propone M-20 son los siguientes:

Primero: la elaboración sistemática, teórica y política, de una Alternativa de transformación radical ante el actual Globalitarismo hegemonista y, más concretamente, frente a su Capitalismo de Guerra.

Segundo: la contribución, en todos los ámbitos, a una crítica implacable del Régimen de la II Reinstauración Borbónica.

Tercero: la solidaridad razonada, libre e independiente con la "Causa del Frente de los Pueblos", dando, en particular, un apoyo político a todos los movimientos, gobiernos, estados y bloques geopolíticos que tengan como fin contraponer, al unilateralismo norteamericano, los valores de la libertad, la dignidad, la independencia y la justicia.

Cuarto: la recuperación de la Política como cauce y herramienta preferente de resistencia frente al estado de cosas dominante en el régimen juancarlista, sobre todo frente a las oligarquías internas y externas que sirven de correa de transmisión del imperialismo y el liberal-capitalismo .

Quinto: la revisión polémica, la denuncia constante y la crítica consciente de todos aquellos intentos de "reforma" pública de la periferia del sistema, dedicando una atención especial a las maniobras y estrategias de distracción, social y política, que el Régimen ha estado siempre utilizando para fragmentar y dividir a la comunidad nacional-popular.

http://proyectom20.blogspot.com/

proyectom20@yahoo.es

 

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