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Comunicado de la redacción de DisidenciaS ante las elecciones generales del 9 de marzo


El próximo 9 de marzo, los españoles están llamados a las urnas para elegir diputados y senadores. Quizás nunca hayamos asistido a una campaña más descarada para consolidar un bipartidismo asfixiante, corolario final de un Régimen nacido en 1978, que sigue necesitando de un “consenso” entre partidos políticos para sostener su “legitimidad” en medio de una democracia-farsa.

 

 

 

Ese Régimen, construido casi con el único fin de mantener viva la institución monárquica, ha precipitado en una progresiva destrucción del Estado, un grave proceso de desnacionalización de España y una creciente miseria moral en todos los órdenes de la vida. España vive una crisis estructural, de un pavoroso vacío de contenido, con las costuras rasgadas por la acción del neofeudalismo separatista y por la sumisión de la clase política y económica a intereses antinacionales extranjeros.

 

 

Por todo ello, el único voto que los disidentes del Régimen podemos considerar aceptable es aquél que, partiendo de una posibilidad REAL de incidir en la política nacional, actúe en contra de la tendencia actual de destrucción del Estado y de la Nación.

 

 

Ese voto sólo lo encontramos apostando -sin que ello suponga, dadas las abismales diferencias, concesión ideológica alguna- en la Unión para el Progreso y la Democracia (UPyD), nuevo partido dirigido por la exdiputada socialdemócrata Rosa Díez.

 

Quizás lo fácil hubiera sido promover abstenciones, votos nulos o a grupos más o menos marginales. Sin duda, recibiríamos menos críticas y conservaríamos una pretendida, pero falsa “pureza” contestataria, tan inútil como irresponsable en estos momentos de crisis de España. Pero frente al “partido único” del Régimen, optamos por la posibilidad (y sólo es una posibilidad) de abrir una brecha por la que el aire fresco de la regeneración nacional, sin ataduras reaccionarias, nos abra la oportunidad de poder vislumbrar una esperanza política nueva. Las misma que nos señaló, hace más de setenta años, Ortega y Gasset: “¡Españoles: Reconstruid vuestro Estado!”

 

 

 

El 9 de marzo, animamos a todos nuestros amigos y camaradas a apoyar a una opción que, desde la izquierda, afirma defender la idea de España y la igualdad de todos los ciudadanos de la Nación. Por la esperanza de que algo comience a cambiar, recomendamos el voto a UPyD. Cada uno perdemos muy poco pero se puede ganar mucho.

 

Consejo de Redacción de DisidenciaS

ORIENTACIONES

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Hay extrañas ideas como que, por defender la Pa­tria Española y el So­cialismo, podríamos llegar a coincidir, más o menos, con el «Pa­trio­­tismo Constitucional» o incluso compartir algo del «Orgullo» por la «España Progresista». O, simplemente («por la parte que nos toca como patriotas») asumir, con un nuevo formato, los conceptos de Es­paña típicos manejados por cual­­quier va­riante de la «De­recha na­cional». Urge acabar con estas nefastas con­fu­sio­nes e ideas pre­­con­cebidas. Ve­mos la imperiosa ne­cesidad de aclarar, de una vez por to­das, lo siguiente:

1) El Socialismo Pa­trió­tico está lejos de ese inconsistente «Patriotismo Consti­tucional» tan es­grimido ahora como alternativa al «Patriotismo antide­mocrá­tico» de infausto re­cuerdo. Además, en la práctica, el «Pa­trio­tismo Consti­tucio­nal» es algo que casi nadie ha terminado por creer­se. Aun­que no tenga­mos reparo en reconocer, por ejemplo, algunas coin­ci­dencias bási­cas con el «Patrio­tismo Jaco­­bino» (el «eje del mal» para todos los na­cionalismos reac­cio­narios), hemos de recordar que éste poco tie­ne que ver con la actual «Es­paña cons­ti­tu­cional».

2) El Socialismo Pa­trió­tico es completamente ajeno al triunfalismo «nacio­na­lero» pro­gre­sista que celebra esta España «sacada de su aislamiento», «modelo mun­dial de leyes avanzadas» o «es­cenario de aconte­ci­mien­tos» de re­lumbrón. En efecto, Es­paña no se halla aislada, pues está in­­cardinada, como un contingente su­bal­terno más, en una Euro­pa políticamente incapaz, porque mantiene desde hace décadas una posición servil hacia el im­pe­rialismo americano, y porque la mentalidad ge­ne­ral del pueblo español es «angloamerica-dependiente». Las leyes de las que pre­sume la pro­pa­­ganda oficial no son otra cosa que sig­nos de de­cadencia in­terna, mudanzas de imagen «para estar a la última», golpes de distracción, con­fusión so­cial e im­postura «se­sen­ta­­yo­chista». Y casi todos los «acon­te­ci­mientos» en suelo español con alta re­per­cusión en el exterior son de natu­raleza cir­quense: la España que tanto se «re­nombra» y se «ex­pone» fuera es la «Es­paña de la Fiesta».

3) Y el Socialismo Pa­trió­tico no es otra re­edición de esa escuela am­bigua re­pre­sentada por quie­nes de­cla­ra­ban que «en lo social nos acer­camos a la izquierda, pero en lo na­cional nos posicionamos en la derecha». Eso fue una estafa y representó un engendro que, por mucha sensi­bi­lidad social (o incluso espiritual) que pro­cla­maban tener, irre­me­dia­ble­mente se revelaron siempre sien­­do de de­rechas. Nuestra concepción de la Pa­tria Espa­­­­ñola (y Euro­pea) es radicalmente contraria a las mismas ideas «na­cio­­­nales» de la de­re­cha (sea en su variante inte­gris­ta, popu­lista o libe­­ral-con­servadora; sea signifi­cán­do­se como es­pa­ñolista o con re­­sen­ti­mientos neofeudalistas anti­es­pa­ñoles). Adver­timos que, histórica­­mente, el ene­­migo más dañino para la Patria como la con­ce­bi­mos ha sido, justa­­mente, ese conjunto de ideas nacionalistas sos­tenidas por las derechas.

(I) España no es una esencia: es una realidad

España no tiene, ni ha tenido jamás, una sola identidad distinta de su ex­presión política y estatal manifestada en el complejo devenir histó­rico. Si exceptuamos la «identidad» del mundo occidental y glo­balizado que ha sumergido a todo el planeta, no hay más «iden­tidad» española que la política.

España ha contado siempre con varias identidades. Valorar esa riqueza y man­tener nuestra pluralidad de iden­ti­dades no es una cuestión coyun­tural, sino de­cisiva: la de considerar el valor fun­da­mental de las iden­ti­dades que son cons­ti­tutivas del conjunto español así como de cada parte del mismo. España es fruto de una con­jun­ción viva de pueblos que, a su vez, ha conformado también a esos mismos pueblos.

Resaltar sólo una identidad española y separarla del resto como la «verdadera Es­paña» ha constituido un ne­fas­to error histórico. Un error, por otra parte, carac­te­rístico de los nacionalismos. Éstos nunca se limi­tan a re­saltar una iden­tidad, sino que se dedican a negar la legitimidad de las otras pre­sentes en el mismo espacio, forzando la unificación de la identidad diferencial «elegida», e im­­po­niendo esa identidad «uni­ficada» (o «sin­te­­ti­zada») sobre las de­más iden­tidades a las que tratan de sepultar o ex­tirpar como «anómalas».

El proceso de los exclusivismos es siempre el mismo: primero aís­lan una iden­tidad (o una sola «memoria his­tórica»): aquella que subjetivamente resaltan como la «genuina» o la «más típica» del país, para pasar luego a des­pre­ciar o negar las de­más identi­dades (y ex­pre­siones históricas). Aunque esas identi­dades o ex­presiones sean también propias de ese pueblo (o de una parte del mismo) y ten­gan arraigo en el territorio, por cualquier moti­vo arbitrario les nie­­gan ese carácter . Como la parte «típica» elegida sigue conte­niendo «variedades» tra­ta­rán de eliminar esas dife­rencias para im­poner una sola ver­sión prototípica. Obtenida la unificación de la parte «más típica», condenan y tratan de erradicar los otros tipos de identidad, y de borrar de la historia nacional otras con­fi­gu­ra­cio­nes particulares surgidas en el seno de la nación, imponiendo a todo el te­rri­torio el prototipo nacional «úni­co y verdadero», ya que el «hecho diferencial» re­presenta la base de todo.

Por ello confirmamos que los exclusivismos (étnico, nacional, ra­cial, re­­ligioso, histo­ricista, etc.) atentan contra la identidad y la di­versidad de los pueblos de España, de la Unión Europea y del resto del planeta con tanta fuerza como la civi­lización cosmopolita y disolvente. Los ex­clusivismos («naturalistas» o histo­ricistas) re­pre­sentan perfecta­mente la otra punta de la tenaza del mismo pro­­ceso de disolución y homo­ge­nei­zación acelerada pro­movido por las ideologías «ambien­talistas» , iguali­tarias y mundialistas.

(II) España es una realización histórica

España no es ningún caso extraordinario. Como todas las demás na­cio­nes del mundo y, como la misma Europa, son fruto de pro­ce­sos histó­ricos donde han con­fluido pue­blos, identidades, fuerzas, ac­ciones hu­ma­nas y cir­cuns­tancias múltiples. Hay que insistir que España no con­siste en una realidad geográfica, ni étnica, ni lin­güís­­tica, ni racial limitada y permanente: España es esen­cial­mente una realidad y una rea­lización histórica. Ninguna nación ni grupo de naciones ha sido -ni podría serlo- el re­sultado de la es­pon­ta­nei­dad o expresión de una he­ren­cia natural o una identidad fija.

Porque ninguna nación, antigua o actual, grande o pequeña, ha sido in­de­­pen­diente de las acciones de los hom­bres, o se ha man­te­nido in­variable en el de­venir de la historia: creer o pre­ten­der tal cosa ha sido la gran falsificación de los nacionalismos, operen és­tos en el ámbito que operen (regional, estatal, sub­continental...)

Por tanto, siendo España una proyección formada por la historia, con una conti­nuidad donde se han manifestado diferencias de todo tipo que han marcado ese devenir histórico, no tiene mucha im­por­tancia esta­ble­cer si consti­tuye una sola nación o una conjunción de naciones distintas o similares entre sí. Como ningún pueblo o nación ha sido independiente de la historia, y todos han sido resultado de la acción de fuerzas y las uniones políticas que las han conformado como na­cio­nes, en principio no debe cau­sar perjuicio alguno acep­tar que España con­forma una nación o una con­junción de naciones.

Porque ninguna nación ha constituido el fin de una unión política, sino el medio y el soporte de esa unión (de igual forma que ningún terreno ha constituido el objeto del cultivo, sino el soporte de ese cultivo –o cultivos- para su desarrollo)

Por eso negamos radical­mente el concepto de nación como realidad dis­tinta y autó­noma de la historia y de los Estados. El estado es una rea­lidad superior y ante­rior a la nación. Han sido los Estados, los pro­yectos comunes, las empresas his­tóricas, los que han creado los marcos co­lectivos y han dado forma a las na­ciones: nunca ha sido ni podrá ser de otra manera. Las naciones han sido siem­pre creadas y formadas por la acción de fuerzas y unidades políticas y sociales en la historia. Han sido los Estados quienes han impreso en los pueblos una vo­luntad y una con­ciencia colectivas, y, en consecuencia, los que les han dado una exis­tencia efectiva. España, toda Europa y el res­to de las naciones del mun­do, no han sido excepciones a este hecho de uni­versal cumpli­miento.

(III) España tampoco es una línea única en la historia. Continuidad común sí. Continuidad unívoca no.

Contra la usurpación nacional-católica y su relevo occidentalista

Al igual que hemos afirmado que las naciones no son unidades prin­ci­pal­mente natu­rales (espontáneas o heredadas) ni realidades dis­tintas, o autónomas, de la acción histó­rica de las uniones políticas que las han creado y con­formado, también deci­mos que las uniones históricas que han confor­ma­do las naciones no han seguido una sola «tra­di­ción» ni han man­te­nido la misma tendencia unívoca a lo largo del tiempo.

Es posible hallar estados que hayan seguido desde su fundación una mis­ma ten­dencia (como también es posible encontrar terrenos don­de se cultivaba sólo una especie vegetal). Pero aún en esos po­cos casos, nada nos obliga, en absoluto, a pro­seguir con la misma línea.

Los procesos desarrollados en el interior de cualquier nación en el curso de los siglos tienen un carácter complejo, se resienten de fac­to­res e in­fluencias múl­tiples que en ocasiones se han armonizado, y otras, en cam­bio, han chocado o se han neutralizado re­­pro­ca­mente. Quien en una época determinada ha cons­ti­tuido la fuerza pre­do­­mi­nante puede haber pasado poste­rior­mente al estado la­ten­te, y vice­versa.

Sólo un simplista, anticuado y antinacional historicismo puede pre­ten­der re­ducir o asociar en exclusiva toda la historia de una nación a un de­sarrollo lineal. Es comple­ta­mente absurdo considerar una na­ción como un bloque único en el tiempo que no admite re­vi­sio­nes.

Una visión libre de prejuicios no sólo sabe reconocer, en la historia de cual­quier nación o conjunto de pueblos, posibilidades múltiples e in­cluso contra­puestas entre sí, que, en cierto modo, reflejan otras tantas «tradiciones» nacionales, sino que también se da cuenta de la im­por­tan­cia práctica que tal re­co­­nocimiento tiene para la acción en el pre­sente y en el futuro.

De la misma forma que reconocer una pluralidad de naciones no con­­lleva, de ningún modo, a tener que acep­tar la ruptura «es­pa­cial» de la nación política, reconocer que en España se han des­ple­ga­do fuerzas históricas diversas, e incluso antagónicas, no lleva, en absoluto, a negar la continuidad na­cional en el «tiempo».

Pero lo más decisivo para el Socialismo Patriótico es tomar con­ciencia del hecho que resumía así el colectivo «Patria»:

«Pero si existe una continuidad nacional y popular en España, han existido fuerzas y poderes históricamente que han impedido que la idea de Patria haya arraigado, del modo y manera más genuino a nuestro carácter y a nuestras ne­cesidades, entre las masas españolas»

Por ello expondremos en un próximo artículo un sintético resumen de la rea­li­dad histórica de España y una breve visión de la España actual.

(IV) Tres conclusiones por ahora

1) La Patria Española que defendemos rechaza tajantemente cual­quier rei­vin­di­cación de esencias na­cionales o metafísicas de España. No­sotros afirmamos que España es una rea­li­dad po­lítica, histórica y estatal.

Así pues, nada que ver con el nacional-catolicismo, los nacional-etnicis­mos (pa­ni­beristas o separatistas), o el nacional-occi­den­ta­lismo promovido sobre todo por el PP y su «Brunete Mediático».

2) Tajante rechazo de cualquier ensalzamiento «sin complejos» de la «gran nación» porque no hay motivos para ensalzarla (por lo pron­to mientras siga atra­pada en el capitalismo y estre­cha­mente ligada al criminal im­pe­ria­lismo anglo­americano) así como rechazo de cualquier «com­plejo» o reniego por el pasado. «Que el pasado no sea ni peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». España es resultado de una his­toria, y existe dentro de una continuidad política y so­cial .

Así pues, nostalgias imperiales ninguna (por otra parte, el Im­pe­rio Es­pañol no existió hasta el siglo XVIII, y nosotros justificamos la Re­vo­­luciones de inde­pen­dencia de los países hispanoamericanos cuando Es­pa­ña dejó ser parte de un Imperio supranacional y se convirtió en «la metrópoli» -según la tendencia progresista de la época, por cierto-)

3) Que esa continuidad histórica no ha sido jamás unívoca, no ha te­nido un sólo sen­tido (algo que tampoco ha ocurrido, prác­ti­ca­men­te, en ningún sitio). Negamos pér­dida alguna de ningún «sentido español» «úni­co y verdadero» sim­plemente porque no ha exis­tido jamás tal sentido español «único y verdadero».

Así pues, tajante rechazo de esa historiografía mal llama­da «na­cio­nal» (ha­bría que llamarla usur­padora de lo nacional) que sostiene que cuan­do España perdió ese único y verdadero sentido particular entró «irre­­versi­ble­mente» en la de­ca­dencia. Insistimos: España no es una realidad esencial, es una realidad histórica sujeta a cambios, trans­for­maciones, éxitos, derrotas, anta­go­nismos y con­ver­gencias internas y externas

ORIENTACIONES

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«Nos ha sido negada la nacionalidad...»

Consideramos interesante traer a nuestro portal unos pá­rra­fos es­cogidos del ensayo editado en Venezuela hace un cuarto de siglo («Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario») escrito por Carlos Ran­gel, que trata sobre determinados asuntos vigentes, además de su in­terés histórico (versa sobre la realidad hispanoamericana y los mitos proyectados desde el resto de Occidente que la han deformado ayer y hoy).

No es un ensayo «pro re­volucionario». Habla de los fracasos de las naciones que sur­gie­ron de una revolución emancipadora (la de principios del XIX frente a España), e in­daga en los motivos de tales fracasos compa­rán­do­los con unos Estados Uni­dos donde, por lo menos, sí sol­ventaron muchos as­pec­tos (pues algunas virtudes debe tener el diablo para haber lle­gado a donde ha llegado) que no han podido resolver los his­pa­noameri­canos, hecho que no dejado nunca de golpear el alma de estos pue­blos.

Aunque hayan sido escritas en otro continente y hace un cuarto de siglo, apa­re­cen re­fle­xiones interesantes sobre asun­tos que, como acabamos de indicar, no afectan sólo a un tiempo y lugar ¿Pues acaso señalar los efectos de los mitos pro­yectados sobre la rea­lidad, o hablar sobre el desapego de las clases diri­gentes y me­dias por sus naciones, no son temas vigentes?¿O tratar sobre las consecuencias de la in­mi­gración en una socie­dad inverte­brada, o averiguar las causas del por­qué en unos sitios se con­si­gue, pero en otros no, comprometer a pueblos de pro­­ce­den­cia diversa en una misma patria (es decir, que se sientan liga­dos en una misión común) son asuntos que no nece­si­tamos consi­de­rar en España en estos momentos?

Exponemos ya las líneas escogidas:

Las ciudades parásitas de Hispanoamérica

(...) En todo caso, aún sin idealizar el «hinterland» hispa­noa­me­ricano, donde no reside nin­guna especial virtud, aún sin caer en el telurismo fascistoide y aún apartando toda ter­gi­ver­sación buen­salvajista, es obvio que las grandes ca­pi­tales macro­cefálicas concentran y ex­hiben hasta un grado escandaloso los síntomas del desequilibrio profundo, psí­qui­co y es­truc­tural, de la sociedad his­panoa­mericana.

Son los habitantes de estas ciudades, ya nacidos en ellas, ya inmigrantes de las zonas ru­ra­les, o de ciudades pro­vin­ciales, o del extranjero, quienes, moldeados por ellas, mues­tran crudamente (y a veces hasta jac­ta­cio­sa­mente) un «no tener raíces, ni en la tierra ni en el cielo; no sentir amor, simpatía, ni afecto por nuestro ve­ci­no des­conocido... No sentir que somos un pueblo, una mi­sión, una tarea, un destino» (Ezquiel Martínez Estrada, Exhor­ta­ciones, 1957).

Los inmigrantes europeos no hispánicos, por ejemplo, quienes tanto han contribuido a lo más valioso hispano­americano, rinden sin embargo menos en Hispanoamé­rica, ellos y sus hijos, de lo que debieran, por no poder escapar a la intuición de lo que sig­nifica mudar­se aquí, desenvolverse aquí. De haber desem­bar­cado en los Es­ta­­dos Unidos hubieran senti­do (como de hecho sin­tie­ron otros hombres en todo iguales a ellos, de pro­ce­den­cia seme­jante: italianos, irlandeses, griegos, judíos de la Europa central o rusos, etc.) que se incor­poraban a un sistema sólido y viable; pero al lle­gar a Hispanoamérica van a sentirse desin­corporados de sus so­cie­dades de origen, «carentes de toda disci­plina interior, desa­rraiga­dos de sus sociedades europeas nativas, dentro de las cua­les habían vivido, sin percatar­se de ello, disciplinados mo­ral­mente por su participación en una vida colectiva, estabili­zada e in­tegral» (Ortega y Gasset) y a la vez no insertos en un nuevo y distinto «sistema de incorporación».

Ese no sentirse, cada cual, parte de un todo y comprometido con un destino colectivo que, para Ortega y Gasset, marca la de­ca­den­cia de las sociedades hispá­nicas, en Hispa­noa­mé­rica va a con­tagiar hasta a los in­migrantes pro­ce­dentes de las so­cie­dades más solida­rias y mejor estructuradas. Y tales alie­nación y de­sape­go, con sus consecuencias, en la forma de com­porta­mientos no soli­darios, egoístas, serán tanto más pronunciados cuan­to más alto en la escala social y cultural se en­cuentre el habitante de His­pa­noa­mérica.

En correspondencia con la observación, tan aguda, de Ortega, los precursores, los que dan el tono que luego va a contagiar a todos los inmigrantes posterio­res, vengan de donde vinieren, habrán sido los con­quistadores y los colonizadores españoles. En la base de la pirámide de castas que fue el Imperio Español de América. Los indios, los negros y los «pardos», no es extraño que no se hayan sentido parte de la sociedad, porque, efectiva­men­te, no lo eran, salvo en la medida en que la Iglesia haya podido, como afirma (creo que ex­ce­siva­mente) Octavio Paz, hacerles suponer que exis­tiera para ellos un lugar de alguna manera dig­no y de alguna manera significativo en el orden cósmico cristiano. Ese «proleta­riado interno» no requería mayores estímulos para convertirse, en la primera oportunidad (que vendría con las guerras de Inde­pen­dencia) en un po­tente factor de muy merecida desinte­gración, tre­men­damente virulento por estar inserto en la parábola de de­ca­dencia que venía describiendo la sociedad espa­ñola y con ella la sociedad hispanoamericana.

Pero lo que no podrán concebir, por razones obvias, las castas inferiores del Imperio Es­pañol de América, que van a ser el «pueblo» de las repúblicas inde­pen­dientes sucesoras de ese Im­perio, es su desvinculación física del marco geográfico en el cual se en­cuentran insertas. No podrá haber entre ellos proyectos de «in­diano». Ninguna aldea de Extre­ma­dura o de Andalucía los vió partir, ni espera su regreso. En cambio cada descubridor, cada conquistador, cada colono español habrá sido un «indiano» en potencia. Y en el tope de la pirámide, los Virreyes, Capitanes Ge­nerales. Intendentes, etc., durante los tres­cientos años del Im­perio, y a pesar del alto grado de homogeneidad que Ilegó a existir entre la Metrópoli y las provincias americanas, serán siempre «penin­sulares»: no habrán nacido, no habrán sido edu­cados, no van a pasar a retiro, ni a ser sepultados en tierra ame­ricana.

Los «criollos» serán, pues, los descendientes de quienes terminaron quedándose en América cuando hubieran ­preferido volver, ricos, a España. Y hasta hoy, en cuanto un his­panoame­ricano deja de ser «pueblo» y, en caso de no ser ya habitante de la capital, se mu­da a ella o establece allí su residencia principal, no es que deje de sentirse solidario (que nunca lo ha­brá sido enteramente) del tejido social, sino que toma conciencia de no estar irreme­dia­ble­mente ata­do a ese tejido, de estar preso (como sí lo está el «pueblo») de su circunstancia social y geográfica. Habitará el paisaje y la socie­dad como quien habita una vivienda alqui­lada y él mismo se senti­rá como un inquilino, vale decir como alguien que mañana puede abandonar ese sitio, o ser desalojado.

Ese desapego está hecho en parte de egoísmo e in­dividualismo hispánicos, en parte de desprecio de «in­diano» por «las Indias», pero en parte también por la experiencia, ya casi atávica, de que en la sociedad his­panoamericana se pasa fácilmente de la «bue­na situa­ción» (inclusive la participación en el poder) al os­tra­cismo y al exilio.

«Como si fuéramos únicos y estuviéramos solos»

Eternos exilados en potencia, y en cualquier caso exilados espi­rituales aunque nunca lle­guen a perder pie (y un poco más con cada generación de «buena situa­ción») los miem­bros de los gru­pos hispanoamericanos dominantes normalmente retienen una por­ción im­por­tante de sí mismos al margen de la sociedad, de la cual forman parte sin integrarse to­tal­mente a ella. Y esa re­tención puede ser de «haberes» (propiedades o cuen­tas bancarias en.el ex­tran­jero) pero también de esfuer­zo, com­pro­miso, autenticidad y civismo.

Y este «egoísmo», este comportarse «como si cada uno de no­so­tros fuera único y estuviera solo» (H. A. Mu­rena) no es úni­ca­mente característico (como se qui­siera hacer creer) de los po­see­dores de grandes fortu­nas más o menos mal habidas (como los barones boli­vianos del estaño, expatriados voluntarios y alia­dos por matrimonio de la «alta sociedad» euro­pea), ni sólo de los dictadores que saquean el tesoro público y luego van a vivir de sus de­predaciones en Miami, Madrid o París, sino que matiza el com­portamiento de casi to­dos quienes logran alcanzar una situa­ción de poder, a cualquier nivel, y, desde luego, matiza la ac­tua­ción de los gru­pos institucionales o accidentales que puedan de­fi­nir y perseguir in­te­reses de grupo, sectoriales, tales como la Igle­sia, las Fuerzas Armadas, las Universidades, los clanes re­gio­na­les o políticos (a estos últimos se les llama «partidos») los sindi­catos, las federaciones empre­sariales, los gremios pro­fe­sionales, etc.

Como los hispanoamericanos no somos monstruos caídos de otro planeta, sino seres hu­manos movidos por los mismos estímulos que los demás, no descono­cen otras so­cie­da­des (sobre todo las que no han alcan­zado todavía un grado satisfactorio de inte­gra­ción o aquellas que han comenzado a declinar en su fuerza centrí­peta) con iguales o parecidos fenómenos de egoismo indi­vidual, familiar o de clan; pero las latinoamericanas son las únicas so­cie­dades occidentales que nacen en proceso de desin­te­gración. Nos ha sido negada la nacionalidad en el sentido de ser y sa­ber­nos grupos humanos com­prometidos existen­cial­mente unos con otros y con el territorio que habitamos, parte de un pro­ceso que se proyecta en el tiempo, hacia atrás, antes de nuestro nacimiento, y hacia adelante, más allá de nuestra muer­te. La única so­ciedad europea moderna comparable (en este sentido) a las so­ciedades ibéricas (penin­sulares o americanas) es la italiana; y por eso fue un italiano quien compuso «El Príncipe», ese manual para tiranos, ese com­pendio de técnicas para recoger una socie­dad en migajas y en­cerrada en un puño, que es lo que han hecho todos los caudillos latino­americanos desde Rosas hasta Fidel Castro.

El tirano, si es eficaz, extrae una altísima remunera­ción (al menos en poder, pero even­tual­mente también en riqueza) para sí y para sus secuaces; y obliga a todos los demás a tra­bajar sin chistar por remuneraciones que él fija, y que son, aparte de toda contro­versia sobre la justicia del reparto, «arbitrarias», lo mismo bajo ­Ro­sas que bajo Fidel. En circuns­tancias distintas a esa solidaridad forzosa impuesta por las tiranías, lo que intentamos nor­malmente los latinoa­me­ricanos es tratar de extraer, de la suma de recursos de que dispone la so­ciedad, una proporción superior a la que, en justicia, correspondería por nuestro aporte. En Venezuela, por ejemplo, se dice que el Seguro Social existe en primer lugar para su personal (médicos, etc.) y sólo acceso­riamente para los ase­gu­ra­dos. Con huelgas y presiones políticas (toleradas o inclusive apo­yadas por partidos, deseosos de man­tener o aumentar su in­fluen­cia en los gremios médicos o para­médicos) el personal de una insti­tución tan crucial para el buen de­senvolvimiento de una sociedad moderna ha logrado des­quiciar la proporción del gasto que se invierte en re­mu­ne­raciones en relación con la que se in­vierte en servicios de los enfermos. Encima de esto, no ha sido posi­ble impedir que un número significativo de médicos sean re­munerados por horas que no pueden materialmente cumplir, mien­tras mantienen además su consulta privada y posiblemente una cátedra universitaria*.


* Recuérdese que el ensayo está escrito durante la IV República, y este ejemplo era una muestra de lo existente en la Venezuela anterior a Chávez.

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NACIONAL

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POBRE PATRIA

Mi pobre patria, aplastada por abusos del poder
de gente infame que no conoce el pudor,
se creen los dueños todopoderosos
y piensan que les pertenece todo
Los gobernantes, cuántos perfectos e inútiles bufones
en esta tierra que el dolor ha devastado
¿Acaso  no sentís nada de pena
ante esos cuerpos tendidos sin vida?
No cambiará, no cambiará
no cambiará, quizá cambiará
Y cómo excusarlos, las hienas en estadios y aquéllas
de la prensa chapoteando en el fango como cerdos
Yo me avergüenzo un poco y me hace daño
ver a los hombres como animales
No cambiará, no cambiará
no cambiará, quizá cambiará
Esperamos que el mundo vuelva a cotas más normales,
que pueda contemplar con calma el cielo
que nunca más se hable de dictaduras,
porque quizá tendremos que ir tirando
mientras la primavera tarda aún en llegar.

 
Franco Battiatio (Como un camello en un canalón, Emi, 1991)

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LOS PATRIOTAS SOCIALISTAS NO TEMEN AL REFERÉNDUM
Juan Antonio Aguilar

Los amigos de la asociación identitaria Tierra y Pueblo (http://www.tierraypueblo.com) han publicado una interesante editorial titulada “¿Quién teme al referéndum?” donde se lamentan de una supuesta regresión de la denominada “área social patriótica” a la hora de afrontar la cuestión de los nacionalismos periféricos y sus propuestas independentistas. Es más, hacen hincapié en las posiciones que el autor de estas líneas hizo públicas en la revista “Tribuna de Europa” hace más de siete años al respecto del tema vasco.

El editorial de Tierra y Pueblo viene provocado por la creciente oposición de un amplio sector (en el que me encuentro) de los socialistas patrióticos ante el desafío independentista, en forma de referéndum, que el partido ultraderechista caciquil PNV tiene previsto convocar en Vasconia o el similar que los dirigentes de izquierdismo burgués (ERC) han propuesto para Cataluña.

No dudamos del revuelo que estas iniciativas del independentismo causen en el nacionalismo español (que no es sólo COPE y PP, sino casi toda la extrema derecha, las izquierdas definidas y buena parte de la socialdemocracia). Pero ningún revuelo entre los socialistas patriotas, que desde hace unos años venimos avisando de las terribles contradicciones que surgen al intentar combinar la construcción de un Estado Socialista con un identitarismo indefinido que, finalmente, no puede sino alinearse con las propuestas neofeudalistas del separatismo periférico. Sirvan estas líneas para, sin acritud ni revuelo, quede clara nuestra posición ante la reflexión que realizan desde Tierra y Pueblo. Muy brevemente:

  1. Sobre la convocatoria de referéndum. Ningún temor. España ha sufrido crisis mucho más graves y ha estado en situaciones históricas más peligrosas de las que ha sabido reponerse con esfuerzo y sacrificio. No va a ser distinto esta vez.
  2. La independencia, es decir, la creación de nuevas entidades estatales en Europa será una tragedia, que duda cabe, que pagarán tanto los que se marchan como los que se quedan, una nueva dificultad en la construcción europea y la risotada de nuestros enemigos históricos y los de la Europa unida.
  3. Negamos la tesis de que el resultado de cualquier referéndum pueda “evidenciar” ninguna realidad, sea cual sea ese resultado. En primer lugar, porque ya sabemos como las tecnologías de la desinformación en las partitocracias juegan con la opinión pública. Y en segundo lugar, porque dichas consultas nacen viciadas por el ambiente soft-totalitario que se vive en las comunidades gobernadas por los neofeudalistas.
  4. Finalmente, si debido a la debilidad del actual Estado español, los neofeudalistas consiguieran sus objetivos (apoyados, como siempre, por las potencias plutocráticas) “que les vaya bonito”. Sólo esperamos que actúen en consecuencia y con el mismo respeto, con las “minorías” españolas que residen en sus territorios, concediendo las pertinentes autonomías a los miembros de la nacionalidad española, el respeto a su identidad (lengua, costumbres, cultura, etc.) y su propio derecho a la autodeterminación. No sea que tengamos que acabar, parafraseando al neofeudalista Ibarretxe, a tortazos.

Dicho esto, vamos a quid de la cuestión.

El artículo “Euskal Herria en la encrucijada” que escribí en el número 22 de Tribuna de Europa fue –y ya lo he reconocido públicamente- un error, un inmenso error. Y lo único que lamento es que haya podido confundir a algún lector. Y fue un error porque partía de una situación ideal completamente subjetiva, en el que no analizaba la realidad material del fenómeno neofeudalista. Era un ejercicio bienintencionado de salvar un discurso identitario imposible con la realidad del Estado español.

Pero la realidad históricamente determinada es muy distinta y las contradicciones de esta realidad con aquél subjetivismo anulan, por completo, las tesis que expuse en Tribuna de Europa.

  1. Porque las fuerzas neofeudalistas (BNG, ERC, HB, CIU, PNV, ...) no representan ningún identitarismo ideal sino una REALIDAD material casi antagónica de un sano identitarismo que dirige un proceso contra el Estado español. Y es una realidad ligada absolutamente a las oligarquías dominantes y en consonancia con poderes plutocráticos internacionales. Y, hoy por hoy, es inviable “Un proyecto identitario y popular desligado de los intereses económicos de las oligarquías dominantes y de los poderes internacionales”. Esta REALIDAD no la quise ver cuando escribí el citado artículo.
  2. Un proyecto de vertebración nacional (española) que permita acometer, de forma unitaria, el desafío de la construcción europea es lo que sostenemos los socialistas patrióticos y es LO QUE NO QUIEREN, bajo ninguna forma, los neofeudalistas. Y la razón es sencilla: el neofeudalismo no actúa, en realidad, por la defensa de una identidad “no reconocida suficientemente”, simple discurso superestructural (ejemplos de barrabasadas que los neofeudalistas realizan contra la identidad de sus propios pueblos los hay para aburrir), sino por la construcción de un Estado propio.
  3. La esencia oculta (cada vez menos) del discurso de los neofeudalistas no es otra que el odio a España, responsable de la modernización que acabó con sus privilegios, fueros y prebendas feudales. Por eso la lucha contra liberales, luego contra los modernizadores de la Restauración, contra Primo de Rivera, abandonaron a la República, rumiaban contra el franquismo mientras aprovechaban su desarrollismo industrial y ahora contra centristas, socialdemócratas o conservadores. ¿Qué es lo que tienen en común todos estos actores de los dos últimos siglos de la historia de España? Solo una cosa: que eran españoles. Por eso es imposible un Nuevo Estado que ofrecería a los vascos la posibilidad de renovar su compromiso con España. Y en consecuencia, todo lo que viene a posteriori queda como pura ensoñación. Amplias cuotas de autogobierno YA las tienen, la unificación de los territorios históricos es una praxis diaria en ayuntamientos y diputaciones de Vasconia y Navarra, ninguna traba a los símbolos, la lengua, la educación y la cultura euskaldun,... sin que por parte de los neofeudalistas haya habido el más mínimo movimiento centrípeto de acercamiento a España, todo lo contrario. Un fenómeno que sólo se puede explicar porque el quid de la cuestión, tras el franquismo, no era un problema de identidad ya reconocida. Sino una enfermedad mucho más grave y de distinta naturaleza.
  4. La variable significativa que explica los movimientos centrífugos de los neofeudalistas no es otra que la económica, el poder plutocrático que permite a los nuevos barones feudales conservar unos privilegios alcanzados, generalmente, gracias a las plusvalías generadas por las políticas de los Estados en sus territorios. Obsérvese que tanto en el caso belga (flamencos), checoslovaco (Chequia), yugoslavo (Eslovenia y Croacia), italiano (Padania) o español (Cataluña y Vasconia), son las regiones económicamente más privilegiadas las que amparan potentes movimientos neofeudalistas, frente a las regiones “pobres”, “vagas” o “ladronas”. Por eso, cuando llega el momento de la verdad, todos estos independentismos adoptan políticas claramente conservadoras y antisocialistas. Y, por supuesto, lo mejor es evitar cualquier “encaje con el Estado” que les “saquea”. Para algunos, estas desigualdades de riqueza obedecen a supuestas diferencias “genómicas”, o sea, un hilarante racismo que, al menos en el caso español (que es el que más conozco) debía sonrojar a los que lo sostienen. Pero no nos engañemos, en el fondo lo que hay es puro clasismo de ricos, resentimiento de privilegiados que se ven obligados a repartir “su propiedad y su riqueza” con la chusma proletaria.

Por otro lado, sigo manteniendo de ese artículo una afirmación: “El nudo gordiano de lo que llamamos “problema vasco” es la deslegitimación del Estado español en Euskal Herría”. Pero esto es un problema español (y así lo decía entonces), de TODOS los españoles. Un problema en que a la torpeza de nuestro Estado se le sumó el acomplejamiento surgido de su propia falta de creencia en sí mismo y su misión histórica. La consecuencia fue la permanente cesión ante las oligarquías neofeudales (hasta en el propio franquismo, el de la España una, grande y libre).

Sólo será posible mantener la unidad de España, haciendo sentirla como propia a todos los pueblos que la componen, la han formando y la han proyectado en la historia, con sus lenguas, su pasado, y sus particularidades varias. Condición necesaria pero no suficiente. La única España posible pasa por la liquidación de los restos de épocas pretéritas y su lanzamiento como Estado unitario, potente y eficaz a las nuevas aventuras de la Historia. Y lo que el desarrollo histórico REAL, el desarrollo de las fuerzas productivas y de las masas deje atrás (desde la monarquía hasta las neofeudalidades), despidámoslo con honores y a seguir adelante.

Un adelante que llevará, que duda cabe, a la inmersión de España en las nuevas entidades supranacionales que aparecen en el horizonte futuro. No dudamos que el destino final de nuestra Nación, como la de las demás naciones europeas sea ceder su independencia y soberanía a una Europa futura unida. Como apoyaremos esa misma integración en los países de la América Hispana. Porque esos son los vientos que ahora mueven los molinos de la Historia. A ello nos aprestamos los socialistas españoles, no a pegar resoplidos en la dirección contraria, intentando que nuestro “valle” quede fuera, una vez más, de las tareas gloriosas de la Gran Política.

La época de los Estados-nación va pasando. Para nosotros porque queremos incorporarnos, como potencia, en la era de los Grandes Espacios del mañana; para eso necesitamos un gran Estado. Para los neofeudalistas, porque no pueden esconder sus deseos de volver al Antiguo Régimen, a formas estatales premodernas, lógicamente, sin la más mínima posibilidad de una resacralización de esas formas que las legitimaría. Construirán un gran circo compuesto de villas, señoríos, principados, condados y demás invenciones ancestrales. Son el retorno del Trono y el Altar, aunque el trono sea ahora un partido y el altar un balance macroeconómico.

Pero ningún temor. El basurero de la Historia está lleno de residuos que nunca sirvieron para alimentar la pujanza de los grandes imperios, residuos que se consumieron como la cera de una vela ante los rayos del Sol.

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Falacias del neofeudalismo: separatistas y separadores

Juan Antonio Aguilar

Decía Marx que la historia siempre se repite, pero como parodia. Y la mayor parodia del feudalismo medieval es el actual neofeudalismo de las "nacionalidades", "pueblos" y demás figuras del imaginario nacionalista separatista. Uno de los argumentos más perniciosos que diferentes secesionistas, regionalistas, nacionalistas y muchos identitarios han esgrimido de forma abusiva, es aquel que intenta poner en la misma balanza las actitudes separatistas y las "separadoras".

Resumiendo, el argumento viene a decir: "Ciertamente, el separatismo es pernicioso. Pero tanto como él, si no más, es la actitud de los separadores". ¿Quiénes son los separadores? Según los que sostienen esta tesis, serían aquellos que nunca han comprendido ni aceptado la identidad cultural de los distintos pueblos de la península, por su centralismo y uniformismo, buscando la asfixia de las diferencias identitarias y alimentando, de esta forma, a los separatistas, al arrojar hacia estas posturas extremistas a todos aquellos que se ven incomprendidos en su diferencia.

El argumento dentro de un análisis plano parece razonable. Pero realmente esconde una falsedad. Falsedad que se hace evidente cuando el análisis se inserta –como debe hacerse con los análisis sociopolíticos- en el marco histórico en el que se produce y en toda su dimensionalidad.

 

Brevemente:

1. La tesis de los "separatistas y separadores" es en el fondo una completa falacia, un razonamiento mal construido, conocido como "Falacia de la pendiente rebaladiza" mezclada con la "Falacia del tu quoque".
2. Por la primera, se pretende que no existen diferencias cualitativas o cuantitativas –en el marco históricamente determinado- entre la actitud de los separatistas y la de los separadores. Sin embargo, la realidad que observamos nos dice lo contrario: los "separadores" se limitan a sectores ultraminoritarios sin representatividad social o política, más bien marginales y sin poder de actuación (por ejemplo, muchos grupúsculos ultras que actúan de anticatalanes o antivascos). Por el contrario, los separatistas actúan sobre una base social y política que ha alcanzado una sobrerepresentación, con gran poder político, mediático, social y económico. Mientras los primeros no tienen capacidad alguna de imponer mínimamente sus posiciones, los segundos –los separatistas- están alcanzando una intensidad de agresión contra el Estado y contra la Nación española con gran potencial desestabilizador y con acciones violentas y coercitivas de las libertades y derechos de TODOS. En consecuencia, aceptar que se coloquen en el mismo plano a "separatistas y separadores" es un engaño manifiesto que sólo puede favorecer, lógicamente, al que más poder tiene: a los separatistas.

3. Por la segunda, tenemos una actitud defensiva de los separatistas que, a falta de mejores argumentos, pretenden acusar a los demás de sus mismas actitudes reprochables. Sin embargo, la realidad nos enseña que: mientras los "separadores" no pintan nada, ni tienen eco social o político, y se limitan al comentario borde en el bar, en algún medio marginal o haciendo algún graffiti, los "separatistas" revientan actos, cometen agresiones, amenazan, legislan, recortan derechos y libertades, dominan medios de comunicación de gran alcance, tienen infraestructuras políticas y económicas potentes (basta repasar las subvenciones públicas que reciben), etc. Cuando el separatista afirma que "él también es víctima se los separadores" nos está tomando el pelo intentando, falazmente, hacernos sentir culpables a todos los demás de las "agresiones" que ellos reciben, cuando con un mínimo de honradez intelectual, es evidente que una y otra situación son incomparables.


Espero que esta breve reflexión sirva para no caer en la trampa saducea de los que de "buen rollo" parecen tener una posición equilibrada, equidistante, racional, entre "separatistas y separadores".
No existe tal equilibrio y equidistancia. Es una engañifa basada en argumentaciones ridículas, cuando no con intenciones ocultas. El "separador" es un subproducto del pasado, marginal, sin recorrido posible, casi una anécdota en la sociedad que vivimos y con la misma capacidad de actuar que la de un vulgar gamberro. El "separatista" es un producto de una ideología ultrareaccionaria, neofeudalista, con un gran poder de actuación y con un único objetivo: dar marcha atrás al reloj de la Historia, volver a los reinos feudales como única forma de autoafirmación y destruir, en consecuencia, los resultados de cientos de años de historia común y de su más alto logro, la existencia de un Estado en el que todos nos reconocemos iguales en derechos y deberes, y con personalidad propia en el mundo frente a la avalancha –está sí muy actual- de la ideología mundialista del capital.
Ni una concesión más a los neofeudalistas.

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Lo que significa el secuestro de «El Jueves»

Pepe López

 

El semanario-tebeo porno-satírico «El Jueves» ha visto secuestrado su núme­ro en cuya portada aparecía retratada una Princesa de Asturias a cuatro patas penetrada por un Príncipe de Asturias que, cínicamente, comentaba lo que podría sig­nificar para él, para Don Felipe, los dos mil quinientos euros que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha re­suelto entregar por cada nacimiento, si ella, doña Leticia, quedaba «preñada». No estará de más advertir que, gracias a este episodio del secuestro de «El Jueves», la medida pro-natalidad de ZP ha superado su naturaleza electoral y su dimensión asistencial, para convertirse en una medida de repercusión mayor en el espacio y en el tiempo.

Pero no vamos a entrar en disquisiciones sobre los motivos particulares y las maniobras que puedan esconderse tras la iniciativa fiscal y judicial del se­cuestro. Esto no nos debe interesar demasiado porque no es lo más im­por­tante. Ya sabemos que la mayoría de personajes que protagonizan la vida pública se conducen por objetivos a corto plazo y con cálculos bien cortos de miras. Tampoco tiene sentido quejarse cuando se ha abrazado este modelo social, pues ya nos en­contramos en la fase de su aceleración, y es de lo más natural que las personas inmersas en esta fase no vean más allá de sus narices.

De lo que debemos ocuparnos es del verdadero debate abierto con el chiste y el secuestro de «El Jueves», y, cómo no, de los falsos debates lanzados por los corifeos del régimen para enredar, desviar la atención y minimizar los posi­bles daños. Obligación de cualquier español adverso al régimen de la Mo­narquía Parlamentaria, o por lo menos aman­te de la salud pública, es la de contrarrestar esos enredos y «desviaciones» en la medida de sus posibi­li­dades.

Veamos:

1) El secuestro de esta publicación porno-satírica no ha «abierto el debate sobre la censura». Esto es lo que repiten los editores y fieles asa­lariados del Cuarto Poder del régimen, y todo el coro de imbéciles que los secundan sin cobrar. El secuestro de «El Jueves» ha abierto el debate sobre la oculta autocensura en la España juan­carlista y la falsedad del discurso oficioso y popular sobre que «vivimos en un país libre donde no hay lími­tes a la libertad de expresión» ya que «no hay censura como había con Franco». Con el secuestro judicial de «El Jueves» se demuestra no sólo que existe censura en la España Cons­ti­tucional, sino que los portavoces del Poder Legislativo, del Poder Ejecutivo, del Poder Judicial y del Poder Mediático han estado dando la sen­sación engañosa de que no había límites a la libertad de ex­pre­sión. Bien, ya han visto todos que las hay. A partir de este momento no podemos tolerar que nadie nos diga que en el régimen establecido en España no existe la censura.

2) La cuestión principal de la caricatura sobre los Príncipes de Asturias no es la formalidad del «derecho a la liber­tad de expre­sión» sino censurar el papel y los privilegios de la Corona sobre la nación española. Hemos de aten­der también esta cuestión porque los apo­logistas del régimen, de nuevo, han enredado a los españoles con la cortina de humo de los «límites de la libertad de expresión» cuando lo que queremos dis­cutir es porque demonios tenemos, los españoles, que aguan­tar y cargar con los reyes, los príncipes, los infantes y toda su parentela. Así pues, no trate­mos de defender la divulgación de las caricaturas dejándonos en­re­dar en un debate sobre los «límites de la libertad de ex­pre­sión», pues sería tan estúpido como tratar de de­fen­der las caricaturas por su «valor artístico». No, no, no, no: el valor y el impacto de esta caricatura no se la damos ni por sus valores esté­ticos ni por los derechos sacrosantos de esa o cualquier otra publica­ción, sino por el valor y el impacto de la situación realmente injusta (y nunca mejor dicho realmente) que de­nuncia: los privilegios de los Borbones. Si la caricatura ha adquirido valor tanto para detractores como para defensores es por el mismo motivo: por su posible daño y repercusión en el cuestionamiento del papel de la Monarquía. Mientras para unos es una institución a defender, y andan discutiendo sobre si la medida ha sido inteligente o torpe, correcta o incorrecta en fun­ción del valor que las dos facciones del mismo bando (el bando de los realistas parlamentarios) quieren defender (por lo menos formal­mente) para otros españoles, por contra, esto ha tenido valor porque estamos hasta la coronilla de la Corona y queremos acabar con ella.

De igual manera que la cuestión principal del puñetazo, el «te pego leches» y el tartazo de los Ruiz-Mateos a Miguel Boyer no era el «derecho» de cualquier individuo a dar puñetazos, lanzar amenazas y pringar de tarta a quien le viniera en gana, sino denunciar el robo y el no menos latrocinio de la reprivatización de Rumasa por parte de los gobiernos de González. En tanto que Boyer era uno de los prin­ci­pales responsables de aquel abuso gubernamental, se merecía, como mínimo, el puñetazo, el «te pego leches» y el tartazo.

3) Asimismo, el secuestro judicial revela que existe un agravio com­pa­rativo con el resto de los españoles. No podemos permitir discusiones sobre si el chiste era zafio o no (que lo era sin duda), o si era deni­gratorio o no para las personas retratadas (que también lo era, por mucho que esto lo nieguen formalmente en «El Mundo» o en «El País»). Cual­quier persona puede apreciar que para una mujer, es zafio y denigrante retratarla siendo penetrada como una cuadrúpeda. Quie­nes niegan este extremo lo hacen para encubrir y minimizar daños (o para quedar «guay» de liberales). No señor. Se trata de discutir por­qué tenemos que soportar el resto de los españoles una situación jurí­dica donde, si somos objeto de imágenes denigratorias hacia nuestras personas, nos veamos obligados a pagar abogados y procuradores para interponer querellas privadas y depositar fianzas, mientras que los Borbones gozan del privilegio que la Admi­nis­tración de Justicia o el Fiscal del Estado actúan de oficio para proteger su imagen o su presunto honor. No menos oportuno es señalar también lo chocante de un panorama nacional donde, mientras la Televisión estatal compite en zafiedad y escenas deni­grantes con la privada, un dibujo zafio y denigratorio se castigue porque va dirigido contra uno de los protectores (y beneficiados) de ese panorama nacional.

4) Hay que insistir, por último, en la defensa del carácter ofensivo y dañino de las caricaturas, frente a los intentos de una parte de los corifeos del régimen de defender el derecho a su presencia a través de la desvalorización o des­natu­ralización de su carácter y su impacto ofensivo para una institución del régimen. Ha sido, por ejemplo, la postura edi­to­rial de «El Mundo», que no considera inteligente el se­cuestro porque ha multiplicado el daño para la Monarquía (dejamos de lado los motivos particulares de un diario que le tiene ganas al juez que procedió al secuestro, ya que es el mismo juez que se encargó de la instrucción del 11-M). Pero muchos otros de los medios ri­vales, como «El País», han mantenido una línea próxima: criticar el secuestro por ser una medida des­pro­por­cionada e innecesaria para defender la imagen de la Corona. Es decir, todos ellos están defen­diendo la ins­titución monárquica, pero lo que sostienen es que la mejor mane­ra de afron­tar un ataque a la Monarquía no es censurar judicialmente la ofensa publicada, sino levantar un muro de silencio sobre ella para ahogarla (es decir: censurarla mediá­tica­mente). La «fiel infantería del Cuarto Poder» (fiel a sus jefes y a sus com­pro­misos, que nadie lo dude), hace lo que siempre ha hecho: tratar que el impacto de la pro­testa, de la de­nuncia, de la crítica o del pataleo contra institu­cio­nes y comportamientos inaceptables consustanciales al régimen se diluya en el pantano de la «gran cere­monia de ruido inocuo» para ese mismo régimen, que es, en definitiva, el fin último del famoso «de­recho a la libertad de expresión» de los débiles y del montón: hacer que sus palabras e imágenes pierdan todo su valor y su impacto real.