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ORIENTACIONES

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La Europa de las Tribus
A. González

Durante la Guerra Fría circuló un mapa «alternativo» de Europa que fue presen­tado por círculos «europeístas» como una novedad y una genial solución para no repetir los espantosos choques que habían protagonizado los estados na­cio­nales europeos en dos guerras mundiales. Aquellas guerras (así como sus consiguientes posguerras) se habían saldado no sólo con extensas carnicerías de combatientes en las trincheras, sino con la desaparición de poblaciones en­teras, que fueron borradas, literalmente, del mapa (por deportaciones o por ma­tanzas), dramas masivos que tuvieron una magnitud equivalente a la des­truc­ción sistemática de pueblos «salvajes» llevadas a cabo anteriormente por las potencias «civilizadas» en América, Asia, África y Oceanía. Por si fuera poco aquel desolador paisaje, Europa había acabado cautiva, desarmada y re­partida por los Estados Unidos de América y la Unión Soviética.

Aquel mapa «alternativo», aquella «solución», implicaría la desapa­rición de la «Europa de las Patrias». Se proponía abiertamente la des­membración de prác­ti­camente todos los estados nacionales, porque a éstos se les im­putaba la cau­sa de tanta destrucción, de tanta carnicería y de la desaparición de pueblos enteros del solar europeo. Se proponía ir más allá que lo perpetrado contra el Im­perio Austro-Húngaro al finalizar la Gran Guerra: se levantaría muchas más fronteras y se fragmentaría Europa en regiones.

Pero echando un vistazo a aquel mapa (que se indicaba había sido elaborado por un departamento de las SS) podíamos darnos cuenta de un detalle muy revelador, y era el siguiente: las barreras divisorias propuestas para trocear los estados nacionales europeos, respetaban escrupulosamente la fronteras occi­den­tales de la Unión Soviética impuestas por Estalin al finalizar la II Guerra Mun­dial. Todas las regiones anexionadas por amo del Kremlin (Besarabia mol­dava, los países bál­ticos, la Halichia ucraniana...) quedaban fuera de la «so­lu­ción» de la «Europa de las etnias». Y es que el antiguo jefe de las SS que había revelado el mapa había sobrevivido en la Unión Sovié­tica. No había que ser muy listo (siempre que no se estuviera bajo los efectos de la «dulce em­bria­­guez» y de la ignorancia) para darse cuenta que aquella «genial solu­ción», tan «natural», tan «cercana» a «las dimensiones humanas» de la tierra in­me­diata, era una perspectiva muy conveniente para los inte­reses soviéticos. Éstos proponían para Europa algo muy similar a lo que hicieron los romanos en Gre­cia durante medio siglo, el medio siglo que tardaron en derrotar definitivamente a Macedonia. Una vez que las Legiones de Roma vencieron para siempre a las Falanges de Macedonia, todas aquellas diminutas repúblicas y ligas griegas celosamente de­fendidas por Roma para mantener divididos a los helenos, em­pe­zaron a ser fagocitadas, una por una, por la misma Roma. Era la aplicación modélica del lema «Divide e Impera».

«Los derechos de las etnias»

Vuelve la Europa de las Tribus

Aquella propuesta de la «Europa de las Tribus» reaparece, de nue­vo, bajo la Declaración de los «Derechos de las etnias». Y lo hace no sólo como algo im­pulsado por el movimiento llamado «identitario», sino como el gran objetivo de este movimiento. En los «cinco dere­chos de las etnias» se reúnen y resumen todas las aspiraciones del movimiento «iden­ti­tario».

Como advertíamos en un pequeño ensayo anterior, se esgrimen tales «dere­chos» como «salvaguardia» para frenar el proceso de unifor­mi­za­ción y disolu­ción general de los pueblos, proceso que los estados, superpotencias, orga­nis­mos y corporaciones multinacionales han ido impulsando a lo largo y ancho del mundo. Para enfrentarse, presuntamente, a esta apisona­dora mundialista y mun­dializada que va desnatura­lizando y laminando culturas y naciones, el mo­vimiento «identitario» ha lanzado los «cinco derechos de las etnias» como ban­dera principal de su causa. Veamos en que consisten esos «cinco derechos»:

1) El derecho a la eminencia pública de la identidad étnica, es de­cir: rei­vindicar que la identidad étnica sea el principal agente público que re­pre­sente a todas las personas asignadas como miembros de una etnia o región, por encima de todas las consideraciones políticas, so­ciales o económicas.

2) El derecho al territorio exclusivo de cada etnia, donde se con­templan como “raros” los casos de coincidencia territorial de diversas etnias, y donde se demanda como objetivo normal la im­po­si­ción de divi­siones y “transferencias” de pueblos (es decir: el derecho a la limpieza étnica)

3) El derecho a la autodeterminación de las etnias, donde, en lo eco­nó­mico, éstas tengan la propiedad absoluta de los recursos naturales de sus re­giones, se acomoden separadamente a las leyes de mercado, y sean las que in­gresen para sí mismas todos los impuestos. Y en lo polí­tico, puedan estable­cer, mantener o romper, en cada coyuntura y oca­sión, sus vínculos con otras etnias.

4) El derecho a imponer una sola lengua, es decir, a erradicar cualquier realidad bilingüe o trilingüe que exista.

5) El derecho a mantener un sistema social y económico reputado como tradición cultural, es decir, a mantener un sistema capitalista y salva­guardar los intereses de una clase siempre que se diga que ese sistema y esos intereses representan la tradición cultural de la etnia.

Como ya dijimos en el artículo anterior, esgrimir, por principio, las «dife­rencias étnicas» no significa nada. Pues lo importante no es re­conocer «dife­rencias» o «derechos étnicos», sino establecer cua­les, porqué y para qué se determinan discriminaciones étnicas, es decir, cuales son esas diferencias y porqué y para qué se remarcan. ¿Para transformar la realidad política, cambiar el sis­tema económico, y generar un modelo de sociedad distinto al actual? ¿O para dejar intacta (o incluso reforzar) esta misma realidad política, el mismo sistema económico y el modelo de sociedad actual?

Con leer la Declaración de «los derechos de las etnias» los «identitarios» nos responden a la pregunta: ellos no pretenden, de ninguna manera, cambiar la política, ni la economía ni el modelo social que impera en las sociedades del capitalismo avanzado. Como señala López, los «identitarios» ignoran la iden­tidad política, la identidad de las ideas, de las tareas y de los objetivos colec­tivos, que son las que realmente identifican a las comunidades. Y como -en principio, por lo menos- los «identitarios» ven indiferente todas estas realida­des, porque consideran como algo accesorio («pajas mentales» como califi­caba uno de ellos) un sis­tema o sus contrarios, terminan aceptando el sis­tema impuesto por Occidente. Porque la idea de identidad de estos «identitarios» consiste en reducciones subjetivas a niveles clasificatorios (étnico, lingüís­tico, geográfico, biológico...).pretendiendo convertir pueblos y regiones en maz­mo­rras «étnicas» (o en parques «etno-temáticos»). Los «identitarios» consideran in­de­seable que los hombres y los pueblos puedan ser fuerzas capaces de superar la «naturaleza» y toda fijación definitiva, que puedan ir más allá de «herencias nacionales» (como decía un himno de lucha nacional-revolucionaria «que el pasado no sea ni peso ni traba sino afán de emular lo mejor») conforme proyectan y construyen mediante sus ideas y su voluntad.

Las naciones históricas, así como las etnias, no son entes «natu­rales», enti­dades o «cuerpos» de carácter casi biológico. Tampoco son formas histó­ricas milenarias, fijas, cuyo origen se pierda en la noche de los tiempos. Las nacio­nes son creaciones históricas, y las etnias han ido, asimismo, for­mándo­se y cambiando a causa de procesos históricos y la voluntad de los hombres. En modo alguno, las naciones y las etnias constituyen marcos neutros: tienen unos valores dominantes, y determinados procesos provocan que se cambien por otros.

En resumen: el etnicismo es una tapadera romántica para arropar las socie­dades del capitalismo avanzado. Buscando asegurarse, para determinados con­tingentes étnicos, alguna forma de predominio o privilegios locales en la futura Europa de los Mercaderes.

Por tanto, todas estas mazmorras étnicas ideadas por la De­cla­ración de los «derechos de las etnias» pretenden, en primer lugar, salvaguardar (o «petri­fi­car») unas supuestas «tra­di­ciones culturales» y unos intereses socio-econó­mi­cos concretos: las de determinados grupos de individuos - productores -con­su­midores generados por las sociedades del capitalismo avan­zado. Los que nos resistimos a seguir resbalando por la pen­diente del empequeñecimiento euro­peo actual, los que queremos ir más allá del individuo-productor-consu­mi­dor, no podemos otra cosa que combatir toda deriva etnicista, denunciando con fuerza lo que signi­fica: no sólo un refuerzo del sistema contra el que com­ba­timos (que ya es motivo de sobra) sino una forma más para que lo que quede aún con vida sea sepultado por lo muerto.

Por muchos motivos, el alcance de un movimiento de liberación de los pueblos (es decir, patriótico) y de trans­formación del modelo de sociedad imperante (en clave socialista) no puede ence­rrarse en los marcos físicos, étnicos o eco­nó­micos de una nación o de una etnia. Pero basta la si­guien­te razón: en todas las naciones y etnias consideradas por los «identi­tarios», dominan los mismos patrones políticos, económicos y sociales.

«Los derechos de las etnias»

Vuelta de tuerca para la impotencia política de Europa

Pero por si fuera poco todo lo anterior, para nosotros, para los que reivindi­ca­mos la preeminencia de lo político, del realismo y la justi­cia, los «de­re­chos de las etnias» suponen un paso aún más grave: representan una vuelta de tuerca para condenar a Europa a la absoluta impotencia política, social, militar, in­dus­trial, tecnológica... Una Europa de las tribus signi­fica un montón de pueblos com­pitiendo y tratando de imponer sus egoísmos, agi­tando sus supuestos antagonismos con otros pueblos, una Europa donde los inte­reses parti­cu­la­res de unos pueblos se im­pongan siempre a costa de otros. La culminación lógica del principio de soberanía o «auto­deter­mi­nación de las nacionalidades» o «de las etnias» es un territorio para cada individuo.

NACIONAL

NACIONAL

La «Verdad sobre el 11 M»
Carlos Ramiro.

En España se cumplen tres años de los acon­te­ci­mientos de mar­zo de 2004. Unos hechos tan ver­tigi­nosos como dramá­ti­cos que, nadie lo duda, impac­taron como pocos al conjunto de la nación espa­ñola, y supu­sieron la llega­da a la pre­si­dencia del go­bierno de Rodrí­guez Zapatero al haber sido re­la­cio­nados direc­ta­mente con el ata­que ini­ciado en marzo de 2003 contra Iraq. Unos acon­te­ci­mientos que están mar­cando el curso polí­tico actual como hierro can­dente en la piel, debido no sólo al hecho del cam­bio de hege­monía gu­ber­na­mental pro­vocado por el vuelco elec­toral gene­rado a raíz de los aten­tados del 11 M, sino a procesos pun­tua­les como las noticias sobre la celebra­ción del juicio contra los im­plicados en los aten­ta­dos del «Co­rre­dor de Hena­res» y, sobre todo, a pro­cesos más pro­fun­dos como la ex­ten­sión, en el ánimo y en la mente de muchos espa­ñoles, de la tremenda idea que los pro­mo­tores de los aten­tados no fue un grupo ex­terno como Al Qae­da o los neosalafistas aso­ciados a ésta, sino fuerzas e intereses in­ternos cuya finalidad in­me­diata fue pre­cisa­mente la subida al poder de José Luis Ro­dríguez Zapatero.

Los acontecimientos de marzo de 2004 son de rabiosa actua­lidad (y nunca mejor dicho lo de rabio­sa) porque, ya desde antes de la actual celebración del juicio contra los im­pli­cados oficial­mente en el 11 de marzo, se viene de­sa­tando, im­pa­ra­ble, una enor­me contro­ver­sia públi­ca sobre las ver­dades y men­tiras del 11 M. Una contro­ver­sia na­cio­nal que afec­ta a la tan citada «con­fianza en el fun­cio­na­miento de las insti­tu­ciones demo­crá­ticas», como la poli­cía y los tribu­na­les.

La misma llegada al poder eje­cutivo del PSOE en­ca­be­zado por Ro­dríguez Zapa­tero ya sig­ni­ficó un acon­te­ci­miento impac­tante a nivel nacional. Pues por pri­mera vez en «vein­ti­cinco años de paz» juan­car­lista (a los que po­dría­mos sumar los famo­sos «cua­renta años» del «ré­gimen anterior») acce­dían al gobier­no de la nación aque­llos que no es­taban pre­vistos. Las sor­pre­sas ocu­rridas en las elec­ciones gene­rales que im­pli­ca­ron cam­bios anteriores de gobier­no (1982 y 1996) se habían pro­du­cido aten­diendo sólo a los már­genes con­se­gui­­dos final­mente por los grupos llama­dos a la alter­nancia (más ancho de lo espe­rado en 1982 y más es­tre­cho de lo anti­ci­pado en 1996) pues aque­llos cam­bios, como suele decir­se, «estaban en el guión». Pero que el PSOE gana­ra las gene­rales del 14 de mar­zo del 2004 y ZP llegara al go­bier­no, hasta esos momentos, no había en­trado en los cál­culos. Era la pri­mera vez, en muchas décadas, que en España se pro­ducía de forma ines­pe­rada una sus­ti­tu­ción com­pleta de equi­po direc­tivo.

Acabamos de señalar que es lo que significó la su­bida de Rodrí­guez Zapa­tero a la presi­dencia del go­bierno. En otras oca­siones se ha analizado qué está re­pre­sen­tando su go­bier­no. No estará de más re­cor­dar, por ejem­plo, un artí­culo nuestro apare­ci­do en «Tri­bu­na de Euro­pa» con un títu­lo como «ZP se carga el Pacto de la Tran­si­ción». Por­que no negamos que los mo­men­tos que estamos viviendo en nues­tra nación vienen pro­pi­cia­dos en parte por ciertas polí­ticas del go­bier­no ac­tual, entre ellas ciertas pos­turas tomadas ante ETA y Bata­suna, así como por la polí­tica de mar­­gi­na­ción de la derecha re­pre­sen­tada por el PP (a nivel nacional, pues en el caso re­gional de Cana­rias no se da tal caso, por ejemplo). Así pues, es cier­­to que la fa­mo­sa «Cris­pa­ción po­lí­ti­ca» tan la­men­tada por tantos, está, en parte, pro­vo­cada por esto. Pero no nos en­ga­ñe­mos: tales motivos no pueden ser la causa real. En ante­rio­res go­bier­nos del ré­gi­men (del PP, del PSOE y de la UCD) se to­ma­ron, por ejem­plo, pos­turas seme­jantes de acer­ca­mien­to con ETA y Bata­suna, e in­clu­so se les con­ce­die­ron enor­mes bene­fi­cios en masa (como la in­fame Ley de Amnis­tía o los in­dul­tos en cadena a los eta­rras poli-milis) que hoy por hoy no se han pro­du­cido. Asi­mismo otros sec­to­res políticos y socia­les espa­ñoles han su­frido una mar­gi­­na­ción mucho mayor y, desde luego, bastan­te más de­mo­ledora gracias al con­curso del PP y de los medios pró­ximos a éste.

La fuente principal de la «Cris­pación polí­tica», aso­ciada a la no menos famosa «Gue­rra de los medios», nace de la pro­fusión de infor­ma­cio­nes que se im­pug­nan unas a otras, de co­men­ta­rios con­tro­ver­tidos, y de jui­cios para­lelos, sobre la in­vesti­ga­ción poli­cial y judi­cial de los aten­ta­dos del 11 M, que está de­sa­cre­di­tando no sólo alos cuerpos de policía y los tri­bu­nales (cosa que no­sotros no tenemos por­qué lamen­tar de­ma­siado) sino que está ile­giti­man­do al propio go­bier­no. Pero no tanto por su actua­ción (que tam­poco sería ex­traño, ya ha ocu­rrido puntual­mente con go­bier­nos ante­rio­res) sino sobre todo por­que, desde la opo­si­ción polí­tica y mediá­tica, se está tra­tando de ilegítimo y de crimi­nal al mismo origen del actual gobier­no. Ésta es la gran nove­dad en el ré­gimen. Así pues, la con­tro­versia sobre quie­nes fueron los verda­deros promo­tores de la ma­tanza del 11 de marzo del 2004 se ha con­ver­­tido en el mayor campo de bata­lla nacio­nal (y creo que no es exa­ge­ra­ción) desde la Guerra Civil. Porque, según se ad­hieran a una u otra de las dos gran­des ver­sio­nes en dis­puta, se con­vierte en ilegí­timo y criminal, o el go­bier­no actual del PSOE, o bien el go­bier­no ante­rior del PP (y por tanto el partido de la de­recha espa­ñola, puesto que sus dirigentes actua­les for­maban parte del equipo de Aznar).

Por tanto, ésta es la primera razón o ver­dad funda­mental, no del 11 M, sino del sonado duelo que sos­tienen sobre el 11 M los par­tidos polí­ti­cos nacio­nales y casi todos los medios de di­fu­sión de masas: porque sen­ci­lla­mente están jugán­do­se (ellos, no los espa­ñoles) su misma legi­ti­midad y exis­ten­cia. Pues también se la están jugando los medios de la derecha (como el diario ABC y Radio Inter­eco­nomia) que rechazan la tesis sostenida por sus competidores El Mundo y la COPE.

Una famosa controversia similar

La disputa sobre la «verdad del 11 M» se ha convertido en otro caso nacional de con­tro­versia, similar al dado en Nor­te­américa (y en el resto del mundo) sobre «Quien mató a Ken­nedy». Una con­tro­versia, la nuestra, que no va a tener solu­ción, porque prác­ti­ca­mente nadie, y menos los grupos de poder, quiere re­conocer real­mente las ver­dades funda­men­tales sino, a lo más, pro­cla­mar algunas ver­dades parciales y ses­gadas.

Recordemos para sacar sugestivas com­pa­ra­cio­nes con nues­tro presen­te y nues­tra nación. Pocos años des­pués del mag­ni­ci­dio ocurrido en Dallas de 1963, en Esta­dos Uni­dos se generó una llama­tiva contes­ta­ción a la ver­sión oficial del ase­si­nato del presi­dente Kennedy. Acor­dé­mo­nos que la versión oficial más «regia» fue la ofrecida final­mente por la comisión Warren (pre­sidida curiosa­mente por el mismo parla­men­tario que pre­sidió veinte años antes la co­mi­sión que negó que el gobier­­no federal de los Esta­dos Uni­dos supiera nada del ata­que japo­nés a Pearl Harbour). Pero la prin­cipal «con­testación» a la ver­sión oficial del mag­ni­ci­dio de Dallas (la pro­movida por el fis­cal Jim Garri­son y por la «con­tra­co­misión no guber­na­men­tal» del filó­sofo Ber­trand Rus­sell) no sólo in­cu­rrió, también, en gra­ves de­fi­ciencias y ten­den­cio­si­dades como las cometidas en la inves­ti­gación de las agen­cias de policía y en la Co­mi­sión War­ren (aunque en senti­do con­trario) sino que tam­poco aten­dió al meollo de la cues­tión, a la ver­dad que todo el mundo pudo ver pero que muy pocos seña­laron ple­na­mente: que en un primer mo­mento todas las «fuerzas vivas» norte­ame­ri­canas consen­sua­ron un pac­to para echar­le la culpa al individuo (Lee Harvey Os­wald) que fue cap­tura­do y ase­sinado. Pocos años des­pués, en plena ola de pro­testas por la Gue­rra de Viet­nam (o mejor dicho de protestas por­que aquella guerra no se gana­ba fácil­mente), se rompió aquel pacto (aunque no mucho, la verdad) pero muy pocos se atrevieron a de­nun­ciar esta reali­dad.

Digámoslo con nombres y apellidos. Partido Republicano y Partido Demócrata, Con­gre­sis­tas y Sena­dores, «Con­ser­vadores» y «Libe­ra­les» (según como se usan allí tales térmi­nos), «Gru­pos de pre­sión» y «Tank thinks», la prensa escrita y las cade­nas de tele­vi­sión y de radio, las agen­cias públicas como el FBI o la CIA y las priva­das, la fis­calía y los tribu­na­les... en re­su­men, todo el «Stablish­ment» nor­te­a­me­ri­ca­no, pac­ta­ron no indagar de­ma­siado por­que co­no­cían per­fecta­mente la natu­ra­leza de los gru­pos de poder y pre­sión usa­cos: la mayor parte de éstos era muy capaz de or­denar ase­si­na­tos y, como no, de pro­mo­ver un mag­ni­cidio si ello con­venía a sus inte­reses, y lo mejor para la esta­bi­li­dad de Esta­dos Uni­dos era aplicar la frase de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo». La ley del silen­cio era el re­curso para con­se­guir la paz interna.

Por lo tanto el hecho más signi­fica­tivo no fue quien mató a Ken­nedy, sino que todos fueron cons­cien­tes que tenían asun­tos turbios que man­tener tapa­dos y que cual­quie­ra de ellos podía estar im­pli­cado. Si se re­movía la tierra se corría el serio riesgo que empezaran a salir cadá­ve­res de di­fe­rentes arma­rios, e in­cluso la misma figura Ken­nedy podía quedar mal­pa­rada, si se des­cubría, por ejem­plo, el apoyo dado a su cam­paña por la «Cosa Nostra». Práctica­mente a ningún grupo de poder o de in­fluen­cia usaca le inte­re­saba re­mover en el pantano de la polí­tica ameri­cana: todos pac­taron el silen­cio y echar tierra sobre el asunto. Ésta fue la verdad funda­mental, política, social y na­cional usaca, del crimen de Ken­nedy.

Ante el 11 de Marzo no dude­mos en exigir que nadie se deje enredar, ni por las ter­mi­nales pro­gre­sistas ni por las ter­mi­nales de la derecha. Es decir, que nadie siga cayendo en las tram­pas que nos tienden unos y otros. La derecha (Gus­ta­vo Bueno sos­tiene que sólo existe una de­re­cha) no busca «la verdad del 11 M» sino des­le­gi­timar el triunfo elec­toral ines­perado de su rival interno, el PSOE, así como contra­rrestar la mar­ginación sufrida como «Parti­do de la Guerra de Iraq» y como «here­dero del Franquismo». La fa­ci­li­dad con que, por ejemplo, varios elementos de las lla­ma­­das «fuerzas nacio­nales» se han dejado arrastrar por las teorías inte­re­sadas de la COPE, del diario El Mundo y de varios dipu­tados del PP de­muestra, una vez más, cual es la fuente donde beben esos «patriotas que no son ni de derechas ni de iz­quier­das, sino de “España”». Todos ellos ocultan la cues­tión política y social más significativa del 11 M y de los días siguien­tes: porqué re­accionó gran parte del pueblo español como lo hizo, y que sig­ni­ficaron tales acon­tecimientos en el fondo. La res­puesta (o las res­puestas) a esta cuestión re­pre­sen­tan verdades nacio­nales tan im­por­tan­tes, al menos, como el co­no­ci­miento y cas­tigo de los auténticos culpables de la matanza, es decir, como la «verdad penal-policial» de «quien mató a Ken­nedy».

Las Siete Verdades nacionales de los cuatro días de Marzo de 2004

Vamos a exponer tales verdades, no sin antes señalar la chusca para­doja histó­rica que supo­ne que las fuer­zas polí­ticas y varios de los medios que más insisten en la peli­gro­sidad del Islam, del Isla­mismo y del Sala­fismo (tres con­ceptos que con­fun­den inte­re­­sada­mente) son quienes más han insis­tido, esta vez, en decir que los cul­pa­bles o más cul­pables ahora «no son los moros». Los inte­re­ses coyun­tu­rales de la política pro­vocan estas sor­pren­dentes para­do­jas. Tales verda­des fueron sinte­ti­zadas ya a me­diados de ese marzo de 2004 en un comu­ni­cado emi­tido por una fac­ción política residual (la MNF, es justo seña­lar­lo). Fue lo más opor­tuno y cer­tero en eva­luar aque­llos acon­te­ci­mien­tos que se pre­ci­pi­taron verti­ginosa­men­te aque­llos cuatro días del jue­ves 11 al domingo 14.

Primera verdad

Es cierto que muchos españoles no han dado importancia ni les in­te­resa las graves con­se­cuen­cias de la polí­tica inter­na­cio­nal. Con los aten­tados del 11-M se redujo durante unos días el sector de espa­ñoles ‘caseros’ que no se inte­resan por lo que España hace o deja de hacer fuera. Mu­chos con­ciu­dadanos siguen mi­ran­do la política de España en el mundo como un manejo de «asuntos exteriores» que nos afec­tan muy poco, como una cues­tión sobre todo de «re­laciones pú­blicas» que, más que nada, sirve para ganar «una buena ima­gen» y atraer in­ver­siones y turistas, así como fa­vo­recer ga­nan­cias en el ex­terior. Por tanto, las bom­bas del 11-M, además de des­trozar vidas, destro­zaron también el sueño de muchos espa­ñoles de poder habi­tar la zona del mundo a resguardo de los peligros y des­gra­cias que otras nacio­nes sí están sopor­tando.

Segunda verdad

Es cierto que durante la jornada de «re­fle­xión» (13-M) se operó una instru­men­tali­za­ción par­ti­dista de las pro­testas por parte del PSOE, y que tales ma­ni­­fes­ta­cio­nes cons­ti­tu­yeron segu­ra­mente una ilega­lidad. Pero esto son «pecados ve­nia­les». Más im­por­tan­te que detener­­se en los vicios de for­ma es resaltar el fondo del hecho, y todo lo ocu­rrido ante­riormente. Y lo más importante es que entre el 13 y 14 de marzo se ex­presó la justa in­dig­na­ción de muchos espa­ñoles y se cas­tigó sobera­na­mente al Partido Po­pular por su actitud en la III Guerra del Golfo. Pro­ba­ble­mente el go­bierno de Aznar, y más con­cre­ta­mente el mi­nis­tro Ace­bes, no min­tiera cons­cien­te­mente al enca­rar los aten­ta­dos del 11-M, y no es ex­traño que ellos mismos estu­vieran convencidos de las valo­ra­ciones pre­­ci­pi­tadas que ofre­cie­ron en esos momen­tos. Pero ante las pri­me­ras dudas, muchos espa­ñoles se acor­daron que ese mismo go­bier­no sí demostró mentir, como el bri­­nico y el norte­ame­ricano, al em­pren­der la in­jus­ti­fi­cada guerra contra Iraq. Las grandes men­tiras anteriores del gobier­no de la de­recha habían agotado todo margen de con­fianza, y la con­­fusión de aquellos días fue la gota que les con­vir­tió defi­ni­tiva­mente en in­sol­ventes fal­si­fica­dores y trafi­cantes de sangre para la ma­yoría de los espa­ñoles.

Tercera verdad

Es cierto que muchos españoles sintieron que España pagaba el precio de su impli­cación en la guerra de Iraq, y que sólo por ese motivo, cobarde en muchos casos, de­mandaron la re­ti­rada de nuestra na­ción del país ocu­pado. Pero no es menos cierto que España se había im­pli­cado en algo de­tes­table: en el apoyo de la dinámica del «pistolero del salvaje Oeste» y su abe­rrante derecho a ini­ciar «gue­rras pre­ven­ti­vas». Lo que muchos espa­ñoles no querían, sen­ci­lla­men­te, era con­tinuar se­cun­dando las agre­sio­nes de la super­po­tencia mun­dial, inde­pen­dien­te­men­te de las re­pre­sa­lias, igual­mente in­­jus­ti­fi­cadas y des­pro­por­cio­nadas, que poda­mos sufrir por ser espa­ñoles.

Cuarta verdad

Es cierto que el 11-M no fue un ataque al go­bier­no, ni al ré­gi­men, ni a la red ferro­­via­ria: el golpe terro­rista se diri­gió con­tra los españoles por ser españoles y contra los aquí re­si­dentes por vivir en Espa­ña. El obje­tivo ha sido la nación espa­ñola y, por inclu­sión, los extran­jeros que re­siden en ella, por­que al igual que pasa con ETA, es España misma la que ha sido crimi­na­li­zada por los asesinos. Pero no es menos cierto que tan criminal es justificar y practicar el terror contra los españoles, como cri­mi­na­lizar a las naciones «en vías de mo­der­ni­zar» (o de «occiden­ta­lizar») o justi­ficar la prác­tica del terror y la des­truc­ción contra los que ofre­cen re­sis­ten­cia a los EEUU. No se puede en­cu­brir y apoyar un terro­rismo, y luego con­denar o in­dig­nar­se por un terro­rismo repli­cante.

Quinta verdad

Es cierto que mu­chos españoles ten­dieron y tienden a doble­gar­se al chantaje. Pero el mayor chan­taje lo plan­teó con cru­deza el pre­si­dente Bush cuando dijo «quien no está con nosotros está contra noso­tros». España no puede doble­garse ante la presión del matón más po­ten­te, pres­tar apoyo a sus agre­sio­nes desafo­radas, y luego quejar­se que el matón menos fuerte busque tam­bién doble­garla con golpes salvajes.

Sexta verdad

Es cierto que para con­seguir un futuro menos inseguro y más libre es nece­saria la firmeza y no des­cartar las inter­ven­ciones de fuerza. Pero no se puede al­can­­zar la segu­ridad sin asis­­ten­cia del de­recho para todos. La fuerza ha de ir acom­pañada ne­ce­saria­­mente de la ley, y sin ésta caemos en el «Sal­vaje Oeste». Por­que lo que más in­se­gu­ridad pro­voca en el mundo es la pre­ten­sión de la mayor po­tencia del globo de tener todo el «de­re­cho» para agre­dir cuando le con­venga, y los de­más no tengan dere­cho ni capa­ci­dad para im­pedirlo.

Última verdad

Es cierto que el gobierno de Aznar fue el responsable de terminar trans­for­mando España en sumiso auxiliar de las agre­sio­nes de los EEUU en su «guerra dura­dera» contra el «Eje del Mal». Pero todos los go­bier­nos que ha tenido España desde hace dé­ca­das, así como las fuerzas polí­ticas presentes, son res­pon­sables de haber con­ver­tido España en una nación inde­fensa, sin amor propio y manifiesta­mente débil, que para so­bre­vivir en un mundo que nunca ha estado libre de peli­gros, ame­nazas y conflic­tos, nece­sita entre­garse a la pro­tec­ción de un poder exter­no, que será quien le dicte su des­tino. Sólo quienes son ca­pa­ces de res­pe­tar­se a sí mismos y tener la capa­cidad de de­fen­derse lo sufi­ciente, pueden plan­tear­se tener aliados de ver­dad y no amos, ni ceder ni bailar ante las pre­sio­nes de nadie. Por lo tanto, la última verdad del 11 M es que la deci­sión de José María Aznar no arrancaba de un capri­cho per­sonal de éste sino que signi­fi­caba una manio­bra de­cidida que culmi­naba un pro­ceso de­sa­rro­llado durante veinticinco años juan­car­listas y cua­renta años de fran­quis­mo, dentro de la acep­tación gene­ra­lizada de la cruda rea­lidad de Espa­ña: un estado débil, sin volun­tad ante el cre­ciente control eco­­mico, social y cultural ejercido por las «fuer­zas del Mer­cado» y el poder de la super­po­tencia mun­dial, una España donde se ha fomen­tado como síntomas de «pro­gre­so» y de «sociedad abierta» el in­di­vi­dua­lis­mo, la re­nuncia al amor pro­pio como nación polí­tica y la moral de «no com­prometerse» por nada que sea «peligroso».

NACIONAL

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¿Guerra contra el Terrorismo?
Natalia Segura

En los últimos tiempos, el terrorismo (tanto el de carácter «na­cional» como el «inter­na­cional») ha vuelto a con­vertir­se en el asunto «estelar» de los dis­cursos (y dis­cusiones) de los partidos políticos. De nuevo es el gran problema social, polí­tico, moral y jurídico sobre el que giran más noticias y co­mentarios de los pro­gramas «serios» de los medios (pues en nuestra sociedad del espectáculo, los programas que más espacio ocupan y gozan de mayor seguimiento social son los de la «prensa rosa» y la prensa deportiva, otra de­mos­tración de cual es la escala de «valores» de esta sociedad).

Pero, una vez más, podemos comprobar que la cantidad no es, ni mucho me­nos, sinó­nimo de calidad. Pues aun­que éste sea el problema «serio» sobre el que más se ocupan (de hablar) los políticos, los periodistas y las masas agita­das y movili­zadas por éstos, y aunque todas las insti­tu­ciones públicas y medios de difusión se representan, a sí mismos, como contendientes de una «Guerra contra el Terrorismo» (tanto el de «montañas cercanas» como el de «mon­tañas lejanas», como clasificó José María Aznar) prácticamente nadie ha encarado este terrible fenó­meno como se merece. Una de las excepciones, en esta situación ge­neral en la que se habla mucho de un problema, y de la «lucha» contra ese pro­blema, pero sin atender el aspecto funda­men­tal de los mismos, sig­nificó ciertas editoriales del boletín infor­ma­tivo «Libertad», y más con­cre­ta­­men­te la del número 11 «¿Guerra contra el Terrorismo?», que res­ca­tamos ahora del olvido.

Sólo existe un terrorismo: el que se ejerce en contra

Como precisa el «Código Penal de la Democracia» de nuestro país (resultado de la Reforma Belloch) nadie debe olvidar que cualquier campaña criminal para provocar el terror (como ase­sinatos y secuestros) cuyo ob­jetivo sea el esta­blecimiento, o la defensa, del actual régimen, no es terrorismo. Por eso el GAL no era terro­rismo, puesto que no se hacía contra la Demo­cracia, sino a favor de ésta. La «guerra sucia» practicada por las juntas militares argentinas no podía ser terrorismo, ya que se hacía en nombre de la Democracia. La licencia que tienen (y utilizan) los agentes de los EEUU para secuestrar, ase­sinar y tor­turar en cualquier parte del mundo no constituye terrorismo al ser acciones co­me­tidas para defen­der «el estilo de vida americano». La amenaza de Tony Blair de lanzar bombas atómicas sobre Iraq si sus tropas hallaban mucha resistencia in­­vadiendo esa nación, no era terro­rismo porque los británicos son una po­ten­cia democrática. Los asesinatos del estado sionista no son tampoco terro­rismo porque se ejecutan para defender un estado democrático...

Así pues, para los políticos y para los juristas, el terrorismo no se define por el empleo de acciones o métodos de terror, sino por sus fines. Si se aterroriza pa­ra defender el sistema, o el régimen, no es terrorismo. Si se ejerce para «de­ses­tabilizar» o para «dañar la democra­cia», lo es. Esta es la idea que apoyan (y donde se apoyan) prácticamente todos los políticos, todos los juristas y la mayor parte de los medios de difusión de masas.

El gran discurso de los creyentes:

Como han hecho siempre, los medios de difusión nos repiten, en formas di­fe­rentes, la misma «cantinela»: el con­sabido discurso que lo que les diferencia de sus enemigos, crueles y des­piadados (ya se da por sentado que ni el sistema ni sus agentes son crueles ni despiadados), es que otros, los enemigos de la «De­mo­cracia» viven pre­dicando el odio, el extre­mismo y la violen­cia, mientras los buenos demócratas, por definición, fomentan la con­cordia, la moderación y la paz. Es el discurso de hoy, de ayer, de antesdeayer... el discurso de siempre.

Pongamos como ejemplo (irónico) uno de los más conocidos de las úl­ti­mas dé­cadas: los especta­dores de todo el mundo han visto durante más de sesenta años como en todas las películas sobre la II Guerra Mundial, los productores y guio­nistas de la Gran Industria de Mani­pu­lación de las Masas (el cine) han de­rro­chado vir­tu­des de comprensión, me­sura y re­con­ciliación con los que per­die­ron esa guerra (extremistas, a los que sólo les movía el odio y el culto a la vio­len­cia, como todo el mundo sabe); todos sabemos que gracias a los buenos de­­cratas, cual­quier re­pre­sen­tante de los vencidos ha podido de­fen­der sus pos­tu­ras en las tribunas, exponerlas en aulas de univer­sidad y ven­der sus libros sin pro­ble­mas, sin temor a ser agre­dido de hecho o per­seguido por dere­cho, sin miedo a que le secuestren los libros, porque los de­moliberales han predi­cado el pluralismo de opiniones y la convi­vencia entre los seres hu­manos; todo el mundo sabe que la policía «demo­crá­tica», el esta­mento do­cente «de­mo­crá­tico», la prensa «demo­crática» y los polí­ticos «demo­crá­ticos», se movilizan de in­mediato para am­parar la libertad de expresión, incluso, de los ene­migos de la libertad, de la concordia y de la con­viven­cia que caracteriza nuestro sistema; sa­be­mos que, aún aborre­ciendo las ideas antidemo­cráticas, los buenos demó­cratas se mueren de ganas de morir para defender la libertad de los que no pien­san como ellos (cada semana la prensa nos revela un demócrata que sacri­fica su hacienda y su integridad física para que no repriman la libertad de los ene­migos de la libertad: la lista es enorme).

Como advertimos era un ejemplo irónico, quizás extremo, pero suficiente para de­mostrar cual ha sido la prác­tica del gran discurso de los creyentes.

El gran disgusto de los creyentes:

Los buenos demócratas se muestran en público muy ape­nados, tristes y frus­trados, anun­cián­do­nos que, pese a todos sus bonitos dis­cursos de con­cor­dia y paz uni­ver­sales, pese a todas sus cam­pañas de con­cien­cia­ción, pese a sus con­tinuos esfuerzos y sus métodos ejem­pla­res... los ene­migos del siste­ma siguen en sus trece de fomentar la violen­cia, el odio y los ataques a la libertad. Y ante eso los cre­yentes en las bon­da­des del sistema se dividen en dos tendencias:

- la de los «buenos demócratas con ma­­la conciencia» que al tiempo que se la­mentan que la bondad del sis­tema no convenza a los «fanáticos», conceden que algún mal habrán provocado los occiden­tales para ser tan odia­dos, y que habría que insis­tir en «líneas mode­ra­das».

- y la de los «buenos demócratas rece­losos de su bondad», que también re­co­nocen que algo malo ha hecho Occidente: sí, la de «mostrarse dé­bil», la de «tener demasiados com­plejos» y la de «conceder razones» a los que se han revuelto y movilizado contra el dominio del «Mundo Libre». Como ejemplo de cuán razo­nables son los patrones demo­crá­ticos, sentencian que todos sus ene­migos carecen de razones pa­ra lu­char contra las po­tencias occi­den­tales, y que, si se ponen en contra, es porque son tremendamente malvados, faná­ticos re­sen­­tidos que no quieren aceptar que todo lo malo que les ocurre (incluyendo las bombas que lanzan los nortea­me­ri­canos, británicos y sio­nistas) es por culpa ex­clusiva de ellos.

En resumen: mientras los primeros, los demócratas con mala conciencia, pre­su­men que la «Grandeza del sis­tema» resi­de en su «bondad» y «generosidad» hasta con sus enemigos, los segundos, los «re­celosos de su bondad», repiten que «el mal del sistema reside en que es demasia­do bondadoso con sus enemi­gos políticos», es decir, que el problema consiste en que no es más re­presivo e implacable.

El gran sacrificio de los creyentes:

Como en los roles del «poli bueno y poli malo», o los ejercicios del «bando azul con ban­do rojo» en las maniobras militares, los buenos demócratas se apuntan a interpretar un papel o el otro. Pero en esta división de papeles, los demó­cratas con mala con­cien­cia, cuando las cosas se ponen feas, dan vía libre a los demócratas recelosos de su bon­dad, que los acusan de «débiles», «ilu­sos» e incluso de «cómplices» a todos los que in­tentan com­prender (comprender, que no justificar) no sólo los motivos para co­meter ma­tan­zas terroristas, sino si­quie­ra las razones para opo­­nerse al dominio y a las ac­cio­nes occi­den­tales. En el primer papel quedan muchos «in­genuo-pa­ci­fistas» pro­fesionales, encan­tados en el rol de «buenas personas». En el se­gundo se van apuntando los «realistas», los que (por supuesto) también creen mucho en los mismos «valores de li­ber­tad, de mo­deración, de derechos hu­ma­nos, de concordia y de paz», pero que argumentan «el enemigo no nos deja ser tan bue­nos como de­sea­ría­mos» («Nos gustaría cerrar Guan­­na­mo, pero no po­demos» -como dice Bush-).

Así que no queda más remedio -dicen com­pungidos los «cre­yentes» en las bon­dades del sistema- que, para defender la li­bertad, las instituciones tengan que acabar con las libertades; no queda más remedio que, para combatir el terrorismo, gobiernos y prensa «responsables» deban meterle más miedo en el cuerpo a la «opinión pública», para no permi­tir que la gente «se relaje», se olvide de vivir con miedo; no queda más remedio que, para combatir el odio, haya que señalar como terroristas potenciales a todos los que se opongan o piensen diferente de lo que el sistema marca como «correcto»; no queda más re­medio que, para combatir el fana­tismo, se deba criminalizar todo lo que re­sista, y tratarlo como «Eje del mal infinito»; no que­da más remedio que, para combatir la violencia, haya que inten­sificar las deten­ciones abusivas, los en­car­ce­lamientos sin pruebas, los asesi­natos selectivos, las bom­bas sobre poblacio­nes, y emprender o amenazar con «guerras preventivas», in­cluso con armas de des­trucción ma­siva (y todos sabemos quienes son los que tienen montones de ellos)

¿Recordamos el siniestro lema del «Ingsoc» de «1984»: «la guerra es la paz», «la esclavitud es la libertad», «la ignorancia es la fuerza»...? Pues esto es lo que sucede en la Guerra contra el Terrorismo.

La posición de los socialistas patriotas

Los socialistas patriotas no somos ingenuo-pacifistas (ni profesio­nales ni afic­cio­nados) sino beli­gerantes, sabemos muy bien quien es el principal enemigo... y lo de­cimos.

En esta «Guerra contra el Terrorismo», los socialistas patriotas no mantenemos una «equidis­tancia» ni nos vemos neutrales, sino que tomamos par­tido, y lo hacemos contra la agresión, el terror y la mentira, y para los socialistas patriotas el gran motor mundial de las agresiones, del terrorismo y de las men­tiras, es el mismo desde hace tiempo: el mundialismo (podríamos añadir «occi­dental», pero es que no existe más mun­dia­lismo que ése) en­cabezado actual­mente por los Estados Unidos. Las otras agresiones, los otros terro­ris­mos, las otras mentiras, son auxiliares que van a remolque o terminan ha­ciéndole el juego al mun­dialismo: hoy el terro­rismo neosala­fista, ayer el tota­litarismo rojo, antes­deayer el chauvinismo nazi... Para los socialistas patriotas, Bush y Ben Laden están en la misma orilla. La diferencia es que el primero es el prin­cipal representante «legal» del Poder con mayúsculas, tiene la maleta nu­clear, se halla al mando de la mayor potencia económica, tec­nológica y militar de todos los tiempos, mientras el segundo es el patrocinador «ilegal» de una red clandes­tina que se esconde en alguna gru­ta.

Los socialistas patriotas no somos ilusos, si­no personas conscien­tes que no podemos dejarnos distraer con falsas resistencias y que nuestra obligación es denunciar la cruda realidad: el mundo no asiste a una «Guerra contra el Terrorismo», sino a una Gue­rra Terrorista contra el Terro­ris­mo, del Te­rrorismo consigo Mis­mo y del Te­rro­rismo como Coartada, donde las víc­timas son los pueblos, y los verdu­gos to­dos aquellos que han pro­vo­cado esta guerra sucia para consolidar su hege­mo­nía y sus negocios globales.

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ORIENTACIONES

ORIENTACIONES

¿Qué «Identidad»?

Por Pepe López

Pese a todas las pretensiones reductoras, «afortu­na­da­mente los seres humanos son inclasificables a un sólo nivel puro: eco­nó­mico, lin­güís­tico, social, geo­gráfico, etc». Pero no sólo no podemos hom­bres y mu­je­res, individual o colectiva­mente, quedar «de­termi­nados» o «iden­tificados» en únicamente uno de estos niveles, sino que todos estos ni­veles son subalternos en relación a las cua­li­dades, funciones o voca­ciones individuales -que definen mucho más a las per­so­nas- y son, asimismo, secundarios con respecto a las ideas, tareas y obje­tivos colec­tivos -que son las que realmente «identifican» a las co­muni­dades-

Ø La identidad que sobre todo nos importa

Entendemos que la única definición revolucionaria de pueblo es la de «comunidades movilizadas en pro­yec­tos afines», es decir, en su «fun­ción operante». Podemos ha­llar de­fini­ciones similares («pro­yecto su­ges­tivo de vida en común» -de Ortega- «uni­dad para cum­plir una mi­sión» -de Corra­dini- «unidad en orden a la realiza­ción de misiones su­pe­riores de interés co­lec­tivo» -de Schnei­der- etc.) pero toda for­mu­la­ción con un sentido dis­­tinto o con­trario a esta fórmula es de natu­ra­leza reaccio­naria.

En cuanto a la movilización del pueblo, o de la nación, todas las doc­tri­nas «clásicas» y míni­ma­mente «nor­males» (y hoy en día también todas las escuelas -aunque lo digan «con­fiden­cial­mente»-) han soste­nido siempre que los pueblos no se movilizan espon­tá­nea­mente, sino lo hacen por un vector, agente u organismo supe­rior, dotado de la voluntad y capa­cidad para ello. Ese factor ha variado de «formato» según épo­cas, cir­cuns­tancias y carac­terísticas de los grupos humanos a movi­lizar: Estado, Corona, Noble­za, Iglesia, Cofradía, Compañía, Or­den, Partido, Mo­vi­mien­to, Repú­bli­ca...

Parecía ló­gi­co esperar que este hecho, el del agente «movilizador» (quien mo­viliza) debía tenerse muy claro, por lo menos para todos los que se in­corpo­ran a cual­quier tipo de orga­ni­zación o asociación, aunque fuera sólo en teoría. Pero la evi­dencia más clara y la lógica más sencilla han sido, sor­pren­den­te­mente, sepultadas por la ilusión más es­pesa y la ilógica más extraña. Como sucedió en el pasado, se ha vuelto a colar la superchería y el «ídolo» que desvía las fuerzas y nos conduce -y a cualquier agrupación, del signo que sea- a la nada: la de tomar al pueblo o a la nación como «herencia natu­ral». Todas las concep­cio­nes políticas con un mínimo de con­sistencia y un sentido sufi­ciente de operatividad, han afir­mado la pri­macía de la voluntad humana y de lo reali­zado por el es­fuer­zo (Es­tado, De­recho, Historia, Polí­tica) sobre las entidades primarias (las par­ticularidades, lo Natu­ral, lo individual, lo espontáneo, las inercias se­cu­la­res...). Además, cualquier expresión que aspire a trans­formar la sociedad en la que vive, por lógica aplastante, ha de tener aún más clara esta jerarquía. Pensar lo contrario es propio de tendencias reac­cio­na­rias, con­ser­va­doras o pasivas, por muy «anarcas» o «nihilistas» que se vis­tan éstas.

El mismo hecho de re­co­nocer el hecho y el valor de quien movi­liza ha sido una muestra (o una con­se­­cuen­cia) de la validez del principio im­pulsor, re­volucio­nario (y clásico) de pueblo: el porqué o para qué se movi­liza. Al pueblo se le moviliza por un proyecto que re­quiere un quehacer en común: para defender inte­reses, para satisfacer ne­ce­si­da­des, para conquistar derechos, para luchar por ideales...

Lo que ocu­rre con el pueblo, pasa también (y como no puede ser de otra manera) en muchos otros ám­bitos, por ejem­plo, en los que fundan una familia, o lo que ve­­mos en una fábrica: lo que cuentan son sus objetivos y su actividad. En un sistema capi­talista, la actividad se realiza para que el capital gane más capital, y la fábrica existe en función de la actividad que realiza y las ganancias que obtiene. Y es lo que pasa en cualquier par­tido, incluso en los partidos na­cio­nalistas. Están unidos por unos re­cha­zos o por una aspi­ración política (o económica-mafiosa). A nadie mínimamente serio se le ocurre con­si­­derar como causa de movilización el gusto común por comer buti­farra o papas con mojo picón, por ejemplo, por mucha retórica que se haga sobre eso en Cata­luña, en Canarias o en Abjasia. A nadie se le ocu­rre, por ejemplo, clasificar industrias o comercios por los mate­riales con los que están construidos sus locales: de madera, de hierro, de plástico o de piedra. Si alguien hace eso se le trataría de maja­dero. Pero ¡Que cu­rioso! lo que nadie se atreve hacer con empresas o partidos, sí lo han hecho y siguen haciendo con los pueblos.

Existe una correspondencia entre los conceptos de identidad y los conceptos que se tienen del Es­tado, así como de los seres hu­ma­nos... en definitiva: con la visión del mundo que se asume. Co­­mo hay visiones del mundo opuestas, existen, por consi­guien­te, vi­siones de la «iden­tidad» radicalmente in­com­pati­bles. Luego la dis­cu­sión no es iden­tidad sí, iden­tidad no, sino que con­cepto de iden­tidad se de­fien­de, y para qué. La idea de iden­tidad como «lo nati­vo» o las particularidades, es reeditar la idea romántica y re­duc­cionista de las na­ciones: creer que lo determinante de éstas son los caracteres ét­nicos, lingüísticos, topo­grá­ficos, climatoló­gi­cos.

Análo­ga­mente a lo que han hecho con los seres humanos, donde un in­divi­dua­lismo univer­sa­lista ha des­pre­ciado y roto con la di­men­sión fun­damental: la de perso­nas (es decir, como sujetos in­cardinados en una o varias comunidades, titulares de derechos y deberes con­cretos, con fun­ciones, cualidades, voca­ciones y mé­ritos distin­tos), el na­tu­ra­lismo ha despreciado y roto lo que verda­de­ra­mente cuenta en los pue­blos: su iden­tidad como «co­muni­dad movilizada en pro­yec­tos afi­nes», es decir, la de­finida por sus fun­­ciones operantes, mar­ca­das por una unión política, por un marco histórico de fuerzas y vo­­luntades. Esto es un estado. Por tanto, todo estado (o todo movi­mien­to emer­gente que quiera trans­formar ese estado) es, por su natu­raleza com­pletamente his­tórica y nada «natura­lista», una «obra» que «obra», un logro «artificial»... como las perso­nas de verdad (los humanos que realizan sus funciones y vo­ca­ciones)... y la mismí­sima agri­cul­tura (pues lo natural sería la recolección de alimentos silvestres).

Ø Las seis inversiones de los reduccionismos de la identidad

En correspondencia a los conceptos brutalmente reduc­cio­nistas del ser humano y del mundo que tanto éxito han tenido en nuestra sociedad, se han acogido conceptos análogamente re­duc­cionistas de la iden­ti­dad que han provocado seis «in­ver­sio­nes» capitales.

* 1ª inversión: la propia reducción de los hom­bres y de los pue­blos a la «suela» inferior de lo etnográfico y del na­tu­ra­lismo, un plano que no es menos estrecho y material que el eco­nómico. Hombres y pueblos son reducidos y subordinados a los «elementos» químicos o na­turales. Estos «elementos» no tienen más valor que otros como el di­nero o la fuerza bruta. Personas y co­muni­dades son tratados como si fueran compuestos mine­rales o especies vegetales.

* 2ª inversión: la negación a compartir un es­tado con otros grupos, «tri­bus» o «cantones», a participar con ellos en cualquier proyecto su­ges­tivo de vida en común. El mundo se representa como com­par­ti­mentos estan­cos entre barreras irreductibles de «hechos diferenciales na­tu­rales» y, en conse­cuencia, se impone el sepa­ratismo y se multi­pli­can los enanos y cantonalismos.

* 3ª inversión: la erradicación de toda riqueza étnica en un territorio o una población para forzar su uni­formización. Pues se resalta unos «carac­teres prima­rios» en detrimento de otros «caracteres prima­­rios» asen­tados en el mismo territorio. Los iden­ti­tarios invertidos em­po­brecen o amputan los pueblos y territorios tra­tando de reducirlos a unas carac­te­rísticas par­ti­culares. Así se da la -aparente- paradoja que los llamados a «preservar» una identidad o «he­rencia natural»... ponen mayor empeño en hacer que los demás aban­donen las suyas propias y se hagan idénticos a los primeros.

* 4ª inversión: la imputación como ene­migos a todos los grupos y per­sonas que mantienen con fuerza justo aquello que esos «iden­ti­tarios» anuncian como lo más valioso de cada cual: la propia identidad, ya que "retratan" las identidades como inevi­ta­blemente anta­gónicas y perjudiciales entre sí. Al pregonar que cualquier otra iden­tidad, por el hecho de man­te­ner­se viva junto a otra, representa siempre el primer peligro para ésta, los identitarios invertidos son los que apuntan como mayor ame­naza para su idiosincrasia específica precisamente a las identidades más defini­das, y son los que emplean mayor animosidad en buscar la des­truc­ción de las iden­tida­des que justamente consigan ser más fieles a sí mismas y demuestren mayor re­sis­ten­cia a la «in­diferenciación globa­lista».

* 5ª inversión: la ocultación de las causas de los problemas reales que sacuden a los pueblos. Los iden­ti­tarios invertidos confunden las causas al atribuir a factores étni­cos lo que es imputable a factores económicos, sociológicos, políticos o fallos del paradigma domi­nante. Ocultan las causas de los pro­blemas atribuyéndoles motivos étnicos, y cuando no pueden re­currir a confundir las causas... ignoran los problemas.

* 6ª inversión: la aceptación de hecho de un siste­ma que, aunque diga com­batirse, se termina aceptando, por­que se le consi­dera algo neutro o accesorio y no se señalan en él las causas de los pro­ble­mas, ya que se ve indiferente que exista un sistema u otro: pues para los identitarios in­ver­tidos sólo cuenta y les importa la «etnografía» que, por otra parte, siem­pre es recreada y adulterada (igual que los «ecologistas urbanitas» se re­crean una «naturaleza bucóli­ca» ajena e incompatible con la vida del campe­sino, que es quien vive real­mente en la natura­leza).

En definitiva, los reduccionismos e inversiones de la identidad fomentan los antagonis­mos entre los pueblos así como la erradicación de las identidades dife­rentes. Pero lo más grave no es que se defienda una iden­tidad «na­turalista» y «nega­tiva» que sólo puede afirmarse a tra­vés de la eliminación (o diso­lu­ción) de otras identidades «hori­zontales». No. Lo más gra­ve, en primer lugar, es que su­pri­men lo más importante: nuestra identidad «vertical», la política, la nacida del con­curso de vo­luntades y es­fuerzos comunes, la identidad real operativa de «movilizado por un pro­yec­to común», porque niegan o des­precian la dimensión emi­nen­temente superior de lo polí­tico y de la his­toria. Y terminan asumiendo inevitablemente toda la política y toda la cultura del régimen do­mi­nante.

El identitarismo etnicista (ferozmente enemigo de las identidades po­lí­ticas y, en consecuencia, enemigo funda­mental de cualquier in­ten­to rebelde o re­vo­lucio­nario) no sólo supone una re­ducción brutal (tanto en lo individual como en lo comunitario) a los factores de un nivel, el étnico o el biológico, sino que, encima, para colmo, desata una dis­cri­minación o «limpieza» de fac­tores étnicos, de elemen­tos del nivel al cual ha reducido el «he­cho comunitario» o indivi­dual. Es decir -para poner un ejemplo gráfico- no sólo se establece que la identidad de Ca­ta­luña consiste en sus aguas, sino que se discrimina al Río Ebro porque nace en Reinosa o se ignora al Mar Medite­rráneo porque trae agua del Atlántico. El materialismo zooló­gico (buena definición de Trotsqui) es una ca­la­midad no sólo por reducir los pueblos a un «zoo», a su dimensión ani­malesca, arran­cándole otras facetas y dimen­sio­nes que representan ni­veles de carac­terís­ticas mucho más im­por­­tan­tes que los sanguíneos, topográficos o costumbristas. Es una calami­dad mayús­cula porque va más allá de «clasificar a los seres humanos a un sólo nivel puro», puesto que al concebir como problema mayor que exista más de una especie en el «zoo», trata, por consiguiente, de erradicar la misma di­ver­sidad animal para imponer una sola especie o una sola raza. Así pues, los identitarios etnicistas comparten con los mundialistas y con sus tan odiados «partidarios del mestizaje», el mismo senti­miento bá­sico: el odio por la presencia de las diferencias.

Algunos advirtieron que comunismo y capitalismo eran brazos de la misma tenaza. Hoy ocurre algo similar. Nos hallamos entre la tenaza antipopular, anticualitativa y anti-diferencialista del mundialismo por un lado y del etnicismo identitario por el otro. El mundialismo aboga por erra­dicar las dife­ren­cias. El etnicismo por exa­cer­barlas para que unas se encar­guen de eliminar a las otras. El brazo mundialista de la tenaza es des­preciar las diferencias, con objeto de des­natu­ralizar y nivelar por lo más generalizado y por lo arbitra­ria­mente considerado como «hu­ma­no universal» (pues no es universal sino algo subjetivo generalizado a toda la especie huma­na). La otra parte de la tenaza, la et­ni­cista, exa­cerba las diferencias «naturales» o «ad­quiri­das» (o creadas a posta para marcar distancias como sea) ra­cio­nalizando prejuicios e in­te­reses particulares, para erradicar la riqueza y uniformizar un terri­torio y un pueblo entero. De la misma forma que el mundialismo gene­raliza una subjetividad a todos los pueblos del mundo, el etni­cismo dis­cri­mina de un conjunto (o se inventa) una serie de carac­terís­ticas étnicas, las presenta como esenciales y homogéneas para todo el conjunto, y em­prende así la uniformización, asimilación o «normali­za­ción» de to­das las partes de la po­bla­ción étnicamente «anormales».

Mun­dialismo y etnicismo se basan en los mismos presupuestos an­tro­­poló­gicos, res­pon­den a las mismas leyes, y pre­tenden el mismo fin.

En conclusión: el etnicismo no sólo es uno de los dos grandes enemigos declarados de las iden­tidades políticas e históricas, sino que es también uno de los dos mayores ene­migos de las iden­ti­dades étnicas, pues al considerar como ene­migos naturales otras etnias presentes, ine­vi­ta­ble­mente trata de «ba­rrer la ame­naza» o la «compe­tencia natural» .

                                                                                   

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“EL SOCIALISMO, LA ÚNICA OPCIÓN PARA SALVAR EL PLANETA”.
Por Cristina Pérez

Según el último informe de la asociación W.W.F. («World Wildlife Fund») – Ade­na, consumimos, nada menos, un 25% más de la capacidad de re­ge­ne­ra­ción del planeta. De seguir así el crecimiento y el consumo de recursos, para el 2050 tendríamos que colonizar otro planeta para poder mantener los niveles de vida de Europa.

Hoy por hoy, en el otoño del 2006, economía y ecología se presentan como términos mutuamente excluyentes. Pero no siempre fue así.Economía y ecología parten de la misma raíz etimológica griega: οίκος [oicos] que significa “casa”. Aunque el término ecología lo acuñó el prusiano Haeckel en 1866, entendiendo por tal la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos con su medio natural, y más tarde ampliando esta definición al estudio de las características del medio –que también incluía el transporte de materia y energía y su transformación por las comunidades biológicas– recordemos que las antiguas civilizaciones -como la griega, la romana, la céltica, la germánica…- tenían una concepción similar del papel del hombre en el mundo. ­ ­­­­­­­­­­­­­

Todas partían del axioma que el hombre formaba parte de un todo armónico en el que las partes encajaban de una forma orgánica sin exclusiones ni departamentos estancos. Pero esta visión se rompe con el desarrollo del cristianismo occidental, con su visión antropocéntrica, particular derivación del Génesis, donde el mundo se convierte en algo completamente exterior al hombre y objeto a depredar y explotar. Esta visión antropocéntrica que el hombre occidental tiene del entorno y de sí mismo, lo torna en centro y amo soberano de la creación, legitimando su relación de dominio absoluto sobre ella, cosificándola, reduciendo la creación al mundo físico y considerando éste como algo inerte, radicalmente “extraño” y que no tiene más función que proveer material para los individuos. Tal percepción de "independencia" le ha llevado a explotar ilimitadamente su entorno natural, sin comprender que es profundamente partícipe de los procesos orgánicos y vitales que lo enlazan a la raíz última del universo. El hombre occidental ha terminado comportándose igual que un virus sobre el cuerpo del planeta tierra. ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

La economía una ideología que deviene en ciencia

El momento preciso en el que la economía se desliga del orden de los “medios” y pasa a ser del orden de los “fines”, es en el Renacimiento. La economía ya no empezó a verse integrada en un todo, sino que todo se empezó a poner al servicio de la economía. Los fisiócratas del XVIII representaron una ligera corrección de este curso, pues aún sin apartarse de su principio, intentaron de algún modo armonizar la explotación de los recursos y la obtención de beneficios, con cierto equilibrio con el medio. Ellos consideraban que la única actividad gene­radora real de riqueza para las naciones era la agricultura, oponiéndose al mercantilismo, que enfatiza en el comercio de bienes entre los países. Los fisiócratas resaltaron la importancia de la tierra y algunos clásicos mantuvieron tal consideración atisbando los problemas del crecimiento ilimitado. Pero el movimiento de los fisiócratas sólo fue un intento, por otro lado poco coherente. ­ ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

El mercantilismo vencedor en su disputa con los fisiócratas, es el que sienta las bases del capitalismo y se fundamenta en el intercambio de mercaderías con lo cual el medio deja definitiva­mente de representar un entorno “sacro” y se convierte en un bien intercambiable, vendible, en definitiva en una cosa. El término economía política empezó a utilizarse precisamente en Inglaterra, en el siglo XVIII, para vencer la influencia de los fisiócratas franceses. Los principales exponentes de la economía política fueron Adam Smith y David Ricardo. La publicación del libro "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith en 1776, está considerado el origen de la Economía como ciencia. Y le concedió a su autor el título de fundador intelectual del capitalismo.­­­­­­­­­­­­­­­­­­

El capitalismo, que es la evolución lógica del mercantilismo vencedor, ya no cree en la mercancía, ni siquiera tiene en cuenta a los demás factores productivos: sólo busca, persigue y obtiene el aumento ilimitado y la concentración de capital, que es lo que le permite provocar los saltos cíclicos tecnológicos que se producen de forma periódica.

Todo esto, y no otra cosa, es lo que nos hace vivir en la realidad actual, una visión del mundo nacida de una particular deriva judeocristiana, en conjunción y sincronía perfecta con la ideología capitalista santifican al mercado y cual dios cruel sacrifican a los seres humanos y a toda la naturaleza. Lo que en un principio era un medio para alcanzar la satisfacción necesidades humanas se convierte en un fin en sí mismo, con el aval de una serie de ideólogos que por arte de magia se convierten en científicos, cuando la experiencia real demuestra que todos sus paradigmas no son más que humo. Eso sí, un humo bien espeso que pocos se atreven a despejar. En coincidencia con el despliegue del liberalismo clásico, y en oposición a él, se desarrollaron las teorías marxistas criticando las contradicciones del capitalismo, pero incapaces de proporcionar alternativas viables. A partir de mediados del Siglo XIX, la economía pretende emular otros desarrollos científicos, como los de la física, y simplifica el complejo universo social. ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ ­­­­­­­­­­

En los supuestos limitantes quedó fuera cualquier consideración que tuviera que ver con el medio ambiente, más allá de la incorporación de materias primas, energía o costes privados en relación con él. El argumento de los economistas para vivir de espaldas del medio ambiente era que la economía se ocupa de los “bienes económicos” y que los recursos naturales no tienen en sí mismos consideración económica más que cuando son explotados. Hemos de esperar a que algunos economistas empezaran a considerar lo que llamaron fallos del mercado. Hasta hace unos años pocos economistas consideraron el tema medioambiental y lograron que sus ideas fuesen aceptadas. Pigou y Coase proporcionaron explicaciones y líneas de actuación que apuntalaban los fallos más llamativos de la teoría neoclásica respecto al medio ambiente.­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Arthur Cecil Pigou, (1877-1959) está considerado como el fundador de la Economía del Bienestar y principal precursor del movimiento ecologista al establecer la distinción entre costes marginales privados y sociales, y abogar por la intervención del estado mediante subsidios e impuestos para corregir los fallos del mercado e internalizar las externalidades. “El que contamina paga”. ­­­­­­­­­­­

Ronald H. Coase (1910-), con sus planteamientos, se contrapone a la lógica pigouviana afirmando que para llegar al óptimo social no se necesita la regulación gubernamental de la externalidad, ya que el mercado se autorregulará. Parte del problema de gestión de los recursos naturales vendría generado por la falta de una asignación adecuada de los derechos de propiedad y los consiguientes fallos de mercado. Han sido tradicional­mente las tesis de Pigou, con un enfoque más de izquierdas, las seguidas por las políticas medioambientales europeas, mientras que las tesis de Couse, de corte más liberal, han sido seguidos por las administraciones norteamericanas. Pero esto no dejan de ser meros parches, que no ponen solución. Las tesis de Pigou o los planteamientos Coasianos, no dejan de ser estupideces destinadas a anestesiar las conciencias de la izquierda de caviar, de los revolucionarios de salón, de los ecológicos paisajistas y de esa derecha “panzona” que nunca ha entendido el concepto de justicia y practica la caridad. ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

"No podemos esperar… y no podemos equivocarnos"­­

El sistema económico capitalista, basado en la máxima producción, la continua excitación del consumo, la explotación indefinida de recursos y el beneficio como único criterio de la buena marcha económica, es insostenible. Un planeta limitado no puede suministrar indefinidamente los recursos que esta explotación exigiría. Por eso se ha impuesto la idea que hay que llegar a un desarrollo real, que permita la mejora de las condiciones de vida, pero compatible con una explotación racional o mesurada del planeta que cuide el ambiente. Es el llamado “desarrollo sostenible”. La más conocida definición de Desarrollo sostenible es la de la Comisión Mundial sobre Ambiente y Desarrollo (Comisión Brundtland) que en 1987 la anunció como: "el desarrollo que asegura las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para enfrentarse a sus nece­sidades propias". Según este planteamiento el desarrollo sostenible ha de conseguir a la vez: ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ ­­­­­­­­­­­­­­­­­ ­­­

· Satisfacer las necesidades del presente, fomentando una actividad económica que suministre los bienes necesarios a toda la población mundial. Resaltando "las necesidades básicas de los pobres del mundo, a los que se debe dar una atención prioritaria". ­­­­­­­­­­­­­­­­­­

· Satisfacer las necesidades del futuro, reduciendo al mínimo los efectos negativos de la actividad económica, tanto en el consumo de recursos como en la generación de residuos, de tal forma que sean soportables por las próximas generaciones. Cuando la acti­vidad del pre­sente supone costos futuros inevitables (por ejemplo la explotación de minerales no renovables), se deben buscar formas de compensar totalmente el efecto negativo que se está pro­vo­cando (por ejemplo desarrollando nuevas tecnologías que sustituyan el recurso gastado). ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Por tanto, lo primero que hemos de hacer es plantear nuestras actividades “dentro” de un sistema natural que tiene sus leyes. Pero entendemos que cuando decimos “que debemos plantear nuestras actividades” es que decimos esto mismo: que estamos obligados a plantearlas, y eso excluye de antemano cualquier actitud de “espera” a que los agentes económicos que intervienen en el mercado sean los que decidan “auto­­co­rregirse” o que la “mano in­vi­sible” que “regula” el mismo “autorre­gu­le” la explotación de los recursos, la producción, el consumo o la obtención de beneficios, así como descarta toda “confianza” en que este estado de cosas pueda con “campañas de concienciación” pública.­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Plantear nuestras actividades económicas exige la co­rrespondiente capacidad y voluntad soberana de planificar la economía. Si debemos usar los recursos sin trastocar los procesos básicos de “funcionamiento” de la naturaleza ¿Cómo no puede exigirse que sea el poder político el que limi­te y asigne esos recursos, y que no lo sea la “demanda” social ni el interés económico o científico de nadie? La primera conclusión política es ésta: necesitamos un compromiso de futuro (nunca mejor dicho) y ese compromiso nos exige estados soberanos dispuestos, por lo pronto, a planificar la producción, moderar los consumos, limitar y asignar los recursos, y, cómo no, controlar los márgenes de beneficio del capital. ­­­­­­­­­­­­­­­­ ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Sin socialismo (o sin socialización –si así se le quiere llamar para no ser asociado a sistemas fracasados o partidos estructuralmente corruptos y tan partícipes del sistema como los ostentosamente liberales–) es y será imposible el desarrollo sostenible. Asimismo, el com­­promiso por res­taurar el equilibrio entre el hombre y el entorno natural, que no sólo es una exigen­cia de nues­tra época sino so­bre todo una ne­ce­sidad de las ge­ne­raciones del ma­ña­na, nos exige un cambio de mentalidad, no sólo para la lucha por la primacía política y social sobre los grupos económicos, sino para luchar por el equilibrio en nosotros mismos. ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Porque cuando se dice “asegurar las necesidades del presente” hay que insistir en eso mismo: asegurar el uso y consumo de lo que es efectivamente necesario para los pueblos y las personas, y no obligación de atender todo lo que no supongan necesidades, sino que significan intereses, lujos, necesidades sugestionadas o dependencias expresamente creadas. También quedan por descartar las visiones reduccionistas del hombre (como la sostenida por el “socialismo científico”) por estar gra­ve­mente incapacitadas a la hora de reconocer o apreciar las necesidades de los pueblos -en gran parte la causa principal del fracaso estrepitoso del llamado “Socialismo real” estuvo ahí–.­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Como señalábamos al principio, el informe de la W.W.F.-Adena confirma que este modelo de civilización no es viable, que nos encaminamos a marchas forzadas hacia la aniquilación. Todos los países del mundo –con excepciones como Cuba, que mantiene un equilibrio entre la obtención de los recursos y el consumo, recordemos que Cuba no es un país capitalista– son los responsables de la destrucción del planeta y los únicos verdugos de más de dos tercios de la población mundial. Pero lo que esta realmente mal no es que se consuma un 25% más de la capacidad de renovación de los recursos del planeta, ni tampoco lo peor es que se condene al subdesarrollo a dos tercios de la población mundial: lo que no funciona es el propio marco civilizatorio en que se desenvuelve la humanidad en el siglo XXI. Hemos de volver al origen.

Hemos de comprometernos a ser originales, solo es posible superar esta coyuntura si se redefinen los parámetros. Por tanto, las conclusiones de la Comisión Brundtland sobre Desarrollo Sostenible nos aparecen también insuficientes, porque no dan con la clave y la exigencia fundamental: la economía ha de volver al orden de los medios, ha de estar al servicio de la política y la política al servicio de la civilización, ese es el orden lógico y coherente. ­­­­­

El mundo no está aparte del hombre ni el hombre aparte del mundo, ambos se interrelacionan, ambos se condicionan por lo tanto economía y ecología deben ser las dos caras de la misma moneda, y esto sólo se consigue si no se está sujeto al balance de resultados a fin de año, si no se atiende a los caprichos de los consejos de administración de las distintas empresas, si se hace oídos sordos a los consejos de esa horda de tahúres que se esconden tras las direcciones de los bancos y su accionariado, en definitiva sólo se consigue si se golpea con un mazo, con el mazo del Socialismo, la base de la pirámide de explotación del capitalismo. ­­

Los componentes del Socialismo que propugnamos se fundamentan en la lucha sin cuartel contra la última fase y más perfecta del capitalismo: la Globalización. Y por la apuesta decidida y firme por la reactivación de los mer­cados nacionales tanto en Europa como en África como en Hispano­américa, esto traería consigo la aparición: de espacios autocentrados de consumo y de producción, la aparición de economías que en el plano internacional se com­plementarían, la apuesta decidida por la diversificación de la producción agrí­cola y ganadera, y la desaparición de criterios industrialistas que lo único que traen es miseria, enfermedad y muerte. Y todo esto arropado por políticas estatales que defiendan la satisfacción de las necesidades de los más, frente a los caprichos y veleidades de la oligarquía que solo están pendientes de las contracciones orgasmáticas de la bolsa. Si no se consigue aca­bar con el sis­tema oc­cidental, Occi­den­te conseguirá aca­bar con el pla­neta. Algunos gru­pos están pre­di­can­do –y de­sean­do– el fin del mundo. Otros nos debemos de comprometer a impedirlo.

 

 

 

CULTURA

CULTURA

La ofensiva del 'Brunete mediático'. La Derecha, del 'Complejo' a la Re­con­quista'
Por Carlos Ramiro

Toca hablar, por oportuno y ne­ce­sa­rio, del fenó­meno de la cre­ciente beli­ge­rancia del frente me­diático-cul­tural de la «de­re­cha» es­pañola, es decir, del núcleo mediá­tico más liberal-con­servador del ré­gi­men. Una be­li­ge­rancia que (pocos lo niegan) es cada vez mayor, y aumenta para­le­la­mente a la cre­ciente «acritud» mos­­trada por el principal partido de oposición al gobierno de Rodríguez Zapatero (pues el único partido co­no­cido que es opo­si­­ción al régimen está ilegalizado o pseu­do-­lega­li­zado y siem­pre se ha mostrado «con mucha más acri­tud» in­clu­yendo incendios, secuestros y asesinatos).

A) Punto de partida

Pero antes de entrar directamente en el tema, hemos de recordar una poderosa «circunstancia» que forma parte del «nosotros» como espa­ñoles de finales del segundo milenio y principios del ter­cero. Y es que todos los que contamos con más de veintitantos años, nacimos y crecimos en un mundo in­merso en el enfrentamiento entre el Este comunista y el Oeste democapitalista. Esta cir­cunstancia afectó al mundo entero. Y aunque en unos países el enfrentamiento fue mucho más sentido o más patente que en otros, in­cluso los es­tados más notables pertenecientes al movimiento de «Países No Ali­neados» se vieron muy presionados y con­di­cionados por la dialéctica de la Guerra Fría.

Una dia­léc­tica que, nadie se olvide, no sólo de­ter­mi­naba la «diplomacia» y la «estrategia militar», sino que implicaba una con­fron­tación ideológica, polí­tica, eco­nó­mica, social, tecno­ló­gica... global tanto en el plano internacional como en el plano in­terno de cada país. Y se hace necesario recordar esta circuns­tancia por varias razones:

Una primera razón: todos aquellos años de amenaza de holocausto nuclear y Guerra Fría parece que congeló la per­cep­ción suficien­te­mente clara de las cosas. Todavía existen personas (incluso miem­bros de grupos políticos) que tienen la creencia de que vivimos en un rin­cón apartado y ajeno al mundo, y que sólo llamamos la atención por nuestra paella, nuestra liga de fútbol, nuestro sol y nuestras playas. Quizás este autismo «nacional-casero» fue un recurso adoptado por muchos españoles para escapar de la im­potencia ante el «Te­rror Nuclear», una amenaza catastrófica que nos atenazaba sin que pudiéramos hacer nada a causa de nues­tra manifiesta debilidad ante las potencias externas. Esos españoles están con­ven­cidos que todo lo que afec­ta a España tiene cau­sas -y con­se­cuencias- fundamental­mente inter­nas. Son prác­tica­mente «separatistas» (el término vuelve a estar de mo­da). Los únicos fenó­menos que están dis­puestos a con­ceder y re­la­cionar con lo que ocurre en el mundo son el terro­rismo y la in­mi­gración (también el turismo, si viven en zonas costeras, y las coti­za­ciones de la bolsa si en ella tienen in­ver­siones). Pero lo vuelven hacer de forma «separatista»: creen que lo que se hace y se ha hecho en España -o los que se proclaman sus representantes- no ha tenido nada que ver en la ge­neración de esos fenó­menos de «origen ex­ter­no» que nos afectan.

Una segunda razón: directa o indirectamente, la Guerra Fría marcó casi todos los pen­sa­mientos y dis­cursos de partidos, editoriales, uni­ver­sidades, grupos religiosos y me­dios de difusión de masas -escri­tos, radiofónicos, visuales- práctica­mente del mundo entero, y el he­cho es que toda­vía nos en­con­tramos influidos por una «iner­cia» o las «secuelas» de tales pensamientos y dis­cur­sos. Para no entrar en más honduras, habrá que recordar que los «líderes» de los partidos, de los grupos reli­gio­sos, de las edi­to­riales, de las facultades de universidad, de los medios de difusión, de las empresas, etc... se «criaron» con la dialéctica de la Gue­rra Fría.

Y una tercera razón: la vida pública en España ha estado espe­cial­men­te marcada por su particular «Gue­rra Fría Civil». Esta «guerra», hija (natural o adoptada) de la verdadera Guerra de 1936 a 1939, se relacionó (y se alimentó) por esa Guerra Fría mundial de las Dos Es­trellas (la Blanca y la Roja) que protagonizaron los Estados Unidos y la Unión Soviética. Esta «guerra fría civil» española, si en diversos mo­mentos en la historia reciente pudo parecer cancelada, ha vuelto a «encender» el campo de aten­ción público español. Esto no lo re­cor­da­mos para en­trar tam­bién, nosotros, en discusiones guerra­civilistas, sino para cons­tatar el siguiente hecho: que buena parte no sólo de la «vida política» española de hoy, sino del pen­sa­miento y discurso «medio» emitido por editoriales de libros, facultades y medios de difusión, se encuentra mediati­zado (valga la re­dundancia) y encorse­tado por esa dialéc­tica «guerracivilista». Tenemos un ministro de Justicia, por ejemplo, que piensa y no se recata en hablar así. Incluso la «mayoría natural» de los que dicen no hallarse condicionados por tal con­fron­tación, están tan encorsetados como las «partes beligerantes», pues se imponen una autocensura feroz ante ciertos aconteci­mientos nacionales. Los que callan lo hacen porque también están muy con­di­cio­nados por la «guerra fría civil».

Este hecho podrá parecernos muy bien o, por el contrario, muy mal, pero como no somos es­ca­pistas no debemos obviar­lo. «Yo soy yo y mis circunstancias», sintetizaba el maestro Ortega. Por mucho que haya­mos logrado «liberar­nos» a nivel personal o partidario de muchos corsés que do­minan nuestra sociedad española, éstos forman parte de nuestras circunstancias nacionales e inter­na­cio­nales no sólo por­que seamos parte del pueblo español, sino porque «estamos metidos en polí­tica». Metidos voluntaria y cons­cientemente, pues todos están me­ti­dos en política aunque digan que no lo desean, ya que, como re­petía cierto conocido del PCE «no­so­tros podremos ‘pasar’ de política pero la polí­tica no ‘pasa’ de nosotros». También todo el mundo vota o se abstiene, y hacer lo primero o lo se­gun­do es apoyar una posición, es decir, meterse en política.

B) De la Derecha del «Complejo»...

En el plano de las ideas, de la cultura, de los mitos sociológicos, histó­ricos, internacionales... la derecha es­­pañola ha estado varias dé­ca­das «dejando el campo libre» a sus supuestos contrin­cantes de la izquier­da hispana. Aún cuando (o quizás... por eso mismo) las rea­lidades políticas, eco­nó­micas y sociales de la derecha capitalista triun­faban en España y en el exterior, era la cultura, los mitos e ideales de la iz­quier­da progresista los que mantenían su dominio en la mentalidad de las masas, de la mayor parte de los medios, y de casi todos los inte­lec­tuales de «reconocido prestigio».

La derecha no ha mostrado mucho em­peño ni interés en defender ninguna cultura que no fuera la mera­mente «po­pular» o «comercial», de consumo de masas, y aún ésta, con­tando con un mayor ‘volumen’, se con­si­deraba subordinada a la cul­tura «progresista». Las derechas no mostraban ideales, sino inte­reses políticos y económicos que defender. Bien pudo afirmar el pri­mer alcalde socialista de Madrid, Enrique Tierno, que la derecha no tenía ideales, sino sólo tenía carteras que defender. Y bien pudo afir­mar un articulista falangista, Diego Boscán, que izquierdas y derechas habían pactado una «división del trabajo»: unos se encargaban del «dominio» de los sentimientos y de las ideas, y otros del dominio de la economía. Como definió un diario, Europa ha estado viviendo una «Re­edición de Yalta».

Lo cierto es que esta hegemonía «oficiosa» de las creencias de la izquierda «progresista» ha engañado a muchas personas. Indignado por la nueva ofensiva de falsificación histórica sobre la España de los treinta, en el monográfico de la revista «Nihil Obstat» sobre «Guerra Civil y Memoria Histórica», su director Jordi Garriga, en su interesante -pese a caer en este lamentable error- editorial sobre la «religión idolátrica» establecida, aprecia que «en la actualidad la izquierda vive de su triunfo total, absoluto. La llamada ‘derecha’ no es sino una ‘no izquierda’, una especie de valladar que va retrocediendo a medida que la izquierda avanza, sin ofrecer alternativas serias, sin planteamientos, sin ideas». En efecto, durante mucho tiempo -todavía hoy- la «mito­logía» de la iz­quierda «pro­gresista» se ha impuesto como «nuestra religión natural» contemporánea. Y eso ha confundido a muchos, como al director del «Nihil Obstat».

Podemos buscar razones del porqué ha venido produciéndose esta situación. No vamos a entrar mucho en ellas aunque si un poco. Sólo vamos a recordar que en el seno del comunismo europeo, es decir, por la «banda de la izquierda», se abrió paso la consigna gramsciana que la izquierda revolu­cionaria debía llegar al dominio de la realidad mediante el dominio previo de los resortes culturales de la sociedad. El movi­miento comunista lanzó a sus motivados militantes a la con­quista de escuelas y facultades de humanidades, de las editoriales y de los medios de difusión. Al contrario de las consignas furiosas de Lenin contra los “social-reformistas”, los comunistas de esta época mantuvieron una alianza con el progresismo (que no tiene nada de re­vo­lucionario) y fue éste el que se benefició del «trabajo» de los comu­nistas. La única realidad que «con­vir­tieron» era aquella que traducía la cínica frase de «quien no es comunista con veinte años no tiene co­razón, pero quien es comunista a los cuarenta, no tiene cabeza».

El pro­gresismo, otro pantano de la tempestad roja, aprovechó la fuerza inicial de éste para completar el dominio casi total del mundo de las ideas. Podemos entonces preguntar­nos porqué por la «banda de la derecha», y más concretamente la derecha española, se tuvo que ceder o pactar con la izquier­da progresista. Pío Moa, uno de los lan­ceros del frente mediá­tico de la derecha actual, ofreció su explicación del porqué. Aunque su explicación se re­fería, sobre todo, a la actitud de la derecha española agrupada por el PP frente al nacionalismo vasco y ante el ex­pan­sionismo marro­quín, lo que avanzaba era perfectamente válido para situarlo ante la izquierda pro­gresista: la de­recha ha renun­ciado plantear cualquier batalla por las ideas y los senti­mien­tos por­que daba por sen­tado que los intereses económicos se im­ponen por sí solos.

La de­re­cha política española sólo le ha interesado que «la gestión de la economía se haga bien», y si la eco­nomía marcha bien, «España va bien». Para Moa esa actitud clásica de la derecha era una «be­lla­quería» y un gran error, ya que los grupos, si bien durante un tiempo pueden predominar en ellos sólo la «cartera», al final sienten la necesidad que recurrir y justificar su existencia por el «corazón». Moa explica los batacazos con­se­cu­tivos del PP (nacionalismos, Ma­rruecos, 11-14 de marzo...) por haber creído que las razones económicas son suficientes para ganar o per­der apoyos. Sin embargo, la razón más repetida que explicaba esta «entrega» cultural de la derecha, ha sido el famoso «complejo de la derecha», aquel «miedo del herbívoro» insolidario del cual se lamentaba el jefe del grupo senatorial de Alianza Popular en los ochenta, Ares­pa­co­chaga, para comprender la «co­bar­día» de la derecha ante la izquierda (se suponía que «carní­­vora» y «solidaria»).

Esta última razón, de­ci­mos, es la que más éxito ha cose­chado entre los sectores de la de­recha. Y es que esta exi­tosa representación de sí mismos («nos hemos dejado ganar porque nos hemos dejado acom­plejar de lo buenos que somos») corre paralela a otras dos «representaciones de la realidad» que tienen igual éxito tanto entre la derecha como entre la izquierda aunque con un sentido bien dife­rente: la primera, la idea que las «servidumbres de la democracia» las con­vierte en débiles; y segunda, la idea de que «Europa es vieja ante Amé­rica», y por vieja, «escéptica» y «descreída de sus propios valores». Ahora volvemos sobre ello. A nuestro juicio, sin negar las explicaciones anteriores ofrecidas por mucha gente de la derecha, el prin­ci­pal motivo apunta por los tiros que daba Pío Moa, aunque va mucho más allá que éste.

Para nosotros, la principal razón es que la de­recha ha con­templado la ‘re­ligión’ ido­látrica izquierdista de la misma manera que contempló y manipuló la religión cristiana: una suerte de ‘supe­res­tructura’ idolátrica que, por una parte, ayudaba a ciertos propósitos e intereses de la derecha, y por el otro, no significaba peli­gro real para ella. Los programas de transformación social de la iz­quier­da fueron a parar al «archivo de los sueños», y por tanto la derecha tenía que «dejar que se con­so­la­ran» con el predominio del «mundo de las ideas», convencidos los señores de la derecha que poco o nada iban a perjudicar al «mundo real» y las «leyes inevitables de única eco­nomía posible». Y es que Felipe Giménez acertó cuando sentenció que «el pro­gre­sis­mo es una izquier­da de diseño para dar gusto a los intereses de la burgue­sía».

C) ...a la Derecha de la «Reconquista»

En Marzo del 2004 pasó algo mucho más importante y sonoro que la comisión del mayor atentado terrorista sufrido en España y la muerte de casi dos centenares de personas: la derecha oficial española se pegó un tremendo batacazo cuando creía, como siempre, que el puro pragmatismo (llamado «sensatez» o «prudencia» por ella) que apos­taba por la «buena gestión», por arrimarse al más poderoso, y dejar las cosas como están, era más que suficiente para ganar apoyos o para no ge­nerar un gran re­chazo. Es a partir de las jornadas de «choque y conmoción» que van del 11 al 14 de Marzo, en la que la «derecha» española quedó no­queada, cuando el «brunete mediático» de los liberal-conservadores empezó a «calentar motores» y a «pedir más madera».

Nuestra consideración es que han aprendido la lección: esta de­recha de la «generación de marzo del 2004» se ha lanzado a dis­pu­tar las creencias y sueños de la izquierda. Ha comprobado que le cues­ta caro «com­partir el dominio» de la «Vieja Europa» con el progresismo, y ha decidido «abaratar costos» y no tener «más sorpresas». El estrecho ali­nea­miento político-militar -y parapolicial- de Aznar con la administración Bush no había tenido la co­rrespondencia necesaria y apropiada en los me­dios de masas: buena parte lo criticaron «con acritud», y otra parte lo «comprendían» pero «mode­rada­mente». Y es que la mayoría de los españoles, así como sus me­dios, ni compartían el descarnado supre­macismo occi­dental («sin complejos», como dice la derecha) ni la absoluta falta de escrúpulos mili­tares y jurídicos de los Estados Unidos («firmeza», habla la derecha). En Es­paña, como en la mayor parte de la «Vieja Europa», el occi­den­ta­lismo tiene «mala con­ciencia», presume incluso de las «servi­dum­bres de la demo­cracia» que nos hacen «generosamente débiles», y se re­crea de ser «vieja», es decir, re­co­noce su escepticismo existencial al mismo tiempo que sueña con utopías «antisistema».

Es decir: el Occi­den­talismo do­minante en España y en Europa se reconoce sin fuelle, sin valor y decadente. Pues bien, la derecha política y económica ha resuelto corregir esta situa­ción e «in­vertir» en el capítulo hasta ahora «re­ser­vado» a la «izquierda» progresista. La derecha ha empezado a em­plearse a fondo en el «Brunete mediá­tico». La derecha de la «generación de marzo del 2004» ya no es la derecha de 1975 o 1982. Y esto se re­fleja sobre todo en sus medios radio­fó­nicos «inmoderados» (COPE, Intereconomía ...) y su prensa «sin complejos» (semanarios Época, Alba...), así como en sus medios «moderados» (Onda Cero, La Vanguardia...) o la prensa que, según para qué asuntos, son «moderados» unas veces o «sin complejos» en otras (ABC, La Razón, El Mundo...).

Este frente cultural-mediático se refuerza y se ve acom­pa­ñado por la derecha política nacional. Pero no sólo por ésta, sino que -como los antiguos comunistas del KOMINTERN- se siente ligada estrechamente al servicio de su «Paraíso en la Tierra»: Estados Unidos. Para la derecha, España es un país que debe volver a seguir la dirección de América. Es lo que llama el «lazo trasatlántico». Este frente mediático de la derecha española hace ascos del occi­den­talismo de la «Vieja Europa» por al­bergar ésta «dudas» sobre el sis­tema político, social y económico que ha de imponerse al mundo entero. Un sistema político, claro está, bajo el control indudable de una hege­monía concreta. Un sistema social unido al dominio de una clase social en especial. Y un sistema económico acom­pañado de buenos negocios para cor­po­­raciones deter­mi­nadas.

Los radiopredicadores y escri­banos beligerantes de la derecha rinden admi­ración por los «ejecutivos agresivos» del Extremo Occidente, que no reparan en con­side­raciones políticas o éticas de ningún tipo: el mundo es de los «ganadores» y lo que hace funcionar la máquina es la insaciable ham­bre de poder y beneficios de éstos. La prensa escrita y las cadenas de radio en creciente beligerancia sostienen que dejar que nos invada la duda o la mala con­ciencia por los fines, los métodos o las con­se­cuencias de la mecá­nica que mueve a Occi­dente supone «alta trai­ción» a Occidente. Por eso hay que des­bancar urgente­mente al pro­gre­sismo. Esto no lo explican al desnudo, por supuesto, sino recubriéndolo con palabras como «el prestigio de Es­pa­ña», «la seguridad nacional», «la paz internacional», «la libertad», «la prudencia» o «cumplir nuestros com­pro­misos» que sólo engañan a los que quieren dejarse engañar.

Porque cuando la derecha habla del «prestigio de España» se refiere únicamente al prestigio del subordinado hacia quien detenta el poder (que en un mundo ca­pi­talista es quien dispone del capital). Cuando la de­re­cha habla de «seguridad» se olvida completamente de los dere­chos que nos vendían como invio­lables. Cuando habla de «paz» es para sostener la injusticia. Cuando habla de la «libertad» cabe pre­gun­tarse ¿Libertad para quien?. Cuando habla de «prudencia» está defen­dien­do el ocultamiento de los crímenes que sus admi­rados amigos norte­americanos. Cuando hablan de «cumplir nuestros compromisos» se refiere únicamente a nuestras «obligaciones» para la hiper­potencia mundial, no con las «naciones miserables» como su clasismo ine­vi­table les hace decir.

Pero estas razones no son las únicas ni las más importantes del frente mediático. Porque al igual que el pro­gresismo, los liberal-con­servadores, además de las realidades políticas y económicas que de­fender, tam­bién se acompañan de mitos, «historias» y creencias. Cua­les son las que el «brunete mediá­tico» esgrime para justificar todo esto y «reconquistar» las mentalidades y sentimientos de las masas, las ha expuesto nues­tra colaboradora Natalia Segura en dos artículos apa­recidos en Orien­ta­ciones del año pasado: «los motivos del PP para apoyar a EEUU e Israel» y en «Recambio de Tota­li­tarismos».

NACIONAL

NACIONAL

Porque apoya el PP a EEUU y a Israel

Natalia Segura

El Partido Popular tiene muy claro que nuestro mundo está dominado por una dinámica de intereses y cálculos des­pia­dados. El feroz in­di­vi­dua­lis­mo y el no menos feroz eco­no­mi­cis­mo reinantes son el caldo donde nacen, crecen y triunfan desal­mados en busca de sus cuentas de resultados.

El individualismo es un potente ácido que desarticula na­cio­nes, clases (sí, porque las clases exis­ten, y hoy más que nun­ca), comunidades, organizaciones, familias (no es ZP el que lo hace, sino el estilo de vida do­mi­nante). Así pueden las empre­sas mar­car con­di­ciones lesivas para los emplea­dos, sa­­biendo de ante­mano que éstos, asimilando la consigna «que cada cual se busque la vida», no se unirán para re­clamar solidaria­mente una mejora de sus condicio­nes. Más que el poder físico que detenta el poder, lo más efec­tivo es la mentalidad par­ti­cu­larista asumida por los que pade­cen ese poder. El libe­ra­lismo ato­­miza, y los explotados se ven impo­tentes para mo­vi­lizar­se pues, para eso, deben dejar de ser «gente sin ata­duras» y ligar­se a un sin­di­cato, a una vigi­lan­cia, a una disci­plina... Y claro, han sido menta­lizados para se­guir sin com­pro­misos sociales o po­lí­ticos, y para dejarse llevar por las «modas del mercado».

¿Pero porqué los dirigentes del Partido Popular se muestran tan incon­dicionales de EEUU e Israel? Seis motivos hallamos:

­Ø  El cálculo más pragmático a medio plazo. La derecha española (y no sólo ella) comprueba quiénes son los que reúnen una fuerza mayor y los que menos escrúpulos tienen para usarla «como sea», y se arrima a éstos porque es lo «sen­­sato», lo que «conviene». Desde la mentalidad calculadora, las más mortíferas acciones de los criminales no es motivo para retirarles el apoyo, sino justo para lo contrario. Entre mayor sea el potencial destructivo que desencadenen, y menores sean las contemplaciones que muestren, más peso ganan las razones para alinearse con las potencias criminales.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Ø El más duro desprecio de clases a nivel mundial, en tanto que se identifica perfectamente naciones opulentas y naciones «tercermundistas» («naciones explotadoras y naciones proletarias», como decían los fascistas italianos). Los diri­­gentes populares están animados por un tipo de desprecio materialista: el «odio de clases de los privilegiados», que José Antonio y Ruiz de Alda señalaron agudamente como un tipo de «odio bolchevique» peor que el «odio de los pobres hacia los ricos». Los dirigentes del PP se alinean con los más ricos, con las «naciones con clase», porque ellos «dan prestigio» y nos hacen «respetables». Por eso, para Rajoy, denunciar los abusos y crímenes de lesa humanidad cometidos por las potencias «mundialmente líderes» o «más avanzadas» sobre pueblos «atrasados», significa algo «grotesco», «de pale­­tos», «tercermundista» y «nos quita prestigio».

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Ø El más engolado sentimiento de supremacía «natural» de la Civilización Occidental, ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­que se arroga el deber de excluir, erradicar o disolver todas las culturas no occidentales o no occidentalizadas. Los directores políticos y mediáticos de la derecha van más lejos que Huntington en su tesis-consigna darwinista de «Choque de Civilizaciones», pues para la derecha española (y prácticamente para toda la progresía «bienpensante») ni siquiera han existido ni pueden existir otras realidades o posibilidades civilizatorias. Sólo existe una civilización posible: la liberal-burguesa de Occidente. Por eso la destrucción más devastadora y la mortandad mayor de seres indefensos no pueden ser comparados con los perjuicios que sufren los occidentales o la lesión de sus intereses, ni pueden pesar como hechos esencialmente negativos si con eso Occidente «avanza su influencia»: pues sólo las sociedades de Occidente pueden ser consideradas sociedades plena­­mente humanas y sus miembros ser vistos como seres evolucionados superiores. De ahí el tremendo doble rasero de las potencias «civilizadas» y la enorme desproporción con la que acostumbran actuar.

Ø El más grosero sentimiento de soberbia y pertenencia al sector «especial» de la humanidad, el «judeo-cristiano», que se consi­dera la «humanidad elegida». Aunque ese «judeo cristianismo» sea fachada, y una seria des­viación de sus matrices hebrea o cristiana, no por ello disminuye la soberbia por su sentido sectario. Ese sectarismo (desviación y residuo de religiones legitimas) sumado al supremacismo evolucionista occidental y al «bolchevismo de los privilegiados» es lo que conduce a los apologistas de Occidente a justificar el genocidio de naciones no occidentales ya que la aniquilación de personas y formas de vida distintas no son algo condenable, sino una necesidad, a lo más, desagradable. Lo que persiguen es un mundo homogéneo, donde todos estemos idénticamente sugestionados por las mismas ilusiones y promesas marcadas por los «creadores de modas y expectativas», totalmente sometido a los intereses de unos cuantos, los grupos económicos más potentes. Todas las violaciones de leyes y convenciones de guerra y todos los crímenes cometidos por las potencias occidentales se ven finalmente justificados porque un bando representa la «humanidad elegida» o un «estadio humano más evolucionado», o para afirmar el odio de clase de los privilegiados hacia los «miserables» que les «pro­­vo­­can», o por la cínica razón que esos crímenes demuestran que conviene someterse a los criminales y no «provocarles».

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­Ø La promesa de esos «grandes beneficios» de los que hablaba el gobernador de Florida «Yeb» Bush. Beneficios contantes y sonantes para ciertos bolsillos particulares, claro.

­­­­­Ø Y el escándalo por una visión de la vida que consigna el sacrificio de la propia vida por lo que se considera justo. Lo que más escandaliza al «último hombre» que Nietzsche definía es ver que, todavía, existe gente que prefiere morir de pie que vivir arrodillada. Les espanta que los mate­rial­mente menos fuertes decidan plantar cara a los más potentes y se sacrifiquen para que éstos no se salgan con la suya.

­­­Ahora bien ¿El PSOE de Zapatero es mejor que el PP de Rajoy? Dejando aparte los motivos de muchos de sus militantes (como también los de bastantes del PP), el PSOE se mueve con cálculos más inmediatos e, incluso, con mayor «ligereza». Porque el PSOE, en la calle y en los mítines, se manifiesta con pancartas contra Bush, pero luego corren como locos en las reuniones internacionales para darle la mano y hacerse la foto con Bush, con Rice o con Rumsfeld, como si todo fuese un juego de disfraces... ¿Para el PSOE todo esto es un juego de disfraces?. No es nada coherente condenar unas acciones, conmoverse con las víctimas, y luego proclamar que siguen siendo «amigos y aliados» de las potencias criminales y aprobar los hechos consumados. El PP actúa con menos caretas, y su rostro monstruoso aparece con mayor claridad en el escenario, pues, como ETA, realiza sus cálculos y persigue sus objetivos con más seriedad, a medio plazo y sin importarle tanto la «sensibilidad» y la «mala conciencia» de los que todavía se creen o sueñan en los discursos bonitos del sistema. Lo que, simplemente, ocurre es que los que rigen el PSOE o bien no lo tienen tan claro como los dirigentes del PP o ¿No estarán interpretando los de Zapatero el papel de «poli bueno» en la misma película donde Rajoy y su equipo hacen de «poli duro», para que no haya más españoles que se den cuenta que todo está atado y bien atado, y que todos los partidos y gobiernos del régimen son agentes de EEUU & company?

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INTERNACIONAL

INTERNACIONAL

Las razones de guerra de EEUU y sus aliados
Carlos Ramiro

El «paci­fis­mo de diseño» objeto de las burlas de Rajoy es, en efecto, el 'oponente' más necio, volátil y estéril que puede 'levan­tar­se' ante los promotores de las guerras. El pacifismo que huye de atender razones, causas y realidades, y se ciega con senti­men­ta­lismos, con los efectos y los buenos deseos, es el 'adversario' ideal para las potencias que agreden, expolian, masacran y des­truyen las naciones.

Contradicción e hipocresía radical del pacifis­mo.

La sentencia de «la vida es lucha» ha sido, ofi­cial­mente, de­nos­­tada en los tiem­pos con­tem­po­rá­neos por beli­cosa, desa­gra­­dable o fas­cis­ta. Pero aun­que los “amantes de la paz” hayan cri­mi­na­lizado el con­cep­to ante la gale­ría, agitando dulces sue­ños de un mundo en paz, todas las “cien­cias hu­ma­nas” (historia, eco­nomía, de­recho, so­cio­lo­gía, psicología...), y la mis­ma vida cotidiana de las “so­­cie­­dades pací­ficas”, con­firmaban tal ase­ve­­ra­­ción. Y no sólo la confir­ma­ban, si­no que muchas tesis, tanto “socia­les” como “na­tura­les”, han llegado in­cluso más lejos representando la exis­ten­cia en­tera sólo como una lucha de todos contra todos dirigida al éxito par­ticular.

Para quien conserve, aún, la capacidad de sorpresa, sor­prende el hecho mismo de que se pueda imponer, y sostener, una ver­sión ofi­cial que, de in­me­­diato, y en todos los campos públicos y privados de esa misma socie­dad, se desmiente siem­pre. Es un sig­no diáfano de la “doblez men­tal” de las sociedades de Occidente (George Orwell lo llamaba “el do­blepensar”). Es muy revelador este hecho: la so­­ciedad que interiormente ha asu­mido que no existe más ley que el con­­flicto, la “compe­ti­tividad” y el cho­que de inte­re­ses entre in­di­viduos o ma­cro-indi­vi­dua­lidades ha admitido, al pro­pio tiempo, el dis­curso oficial pacifista de sus “re­pre­sen­tantes” pú­bli­cos, partidos, periódicos, iglesias... Difícil hallar contradicción mayor.

Por supuesto que los políticos (pacifistas “insti­tucionales”) así como mu­chos paci­fistas “de pie”, han revalidado también la vigen­cia de la con­sig­na que con­­denaban. A la hora tanto de arremeter contra los gru­pos por quie­nes sentían repulsión, como de perseguir a los que se atrevieran a contra­decir en tribunas pú­blicas sus discursos nar­co­ti­zan­tes, muchos “de­fen­so­res de la paz” han de­mos­trado ser unos sujetos tan agre­sivos cuando han te­nido poder y ocasión para aplas­tar al adversario, como esa clase de poli­cías que se desahogan apo­rreando a sus de­te­nidos una vez que ya están indefensos. Si odian con sin­­ce­ridad el hecho que la vida sea lucha es porque odian la violen­cia como dia­léctica y de­sean la violencia como monó­logo. Pero como nadie me­dianamente sensato está dis­­puesto a de­jar­se gol­pear, hay que entrar en la “dia­léctica”. Por tanto, todos han acep­tado esa cir­cuns­tancia ele­men­tal de la vida, empezando por aquellos que odian­do esta frase em­peñaron su vida en perseguir a los in­crédulos de solu­ciones mágicas que pudieran erradicar para siempre los conflictos.

Lo más importante, sin embargo, es que, en todos los cam­pos teóricos y prác­­ticos de las sociedades de Occidente, el con­flicto ha sido re­co­no­­cido como parte consustancial de la vida, y cuando no ha sido así, es para ir más lejos, represen­tán­dolo como motor único de la eco­no­mía, de la his­toria, de las vida natural, del juego político, del ingenio humano...
Pero que el conflicto sea algo constitutivo de la vida no significa que de­bamos resignarnos a soportar las guerras (y la con­si­guiente “agita­ción”) que los estados, o mejor dicho, los grupos que dominan esos esta­dos, monten a costa nues­tra y a costa de los de­más…

…con más razón si esos mismos grupos de poder, desde que existen como tales, se han presentado buenos y pacíficos por natura­leza, y no han dejado de con­­denar a sus ene­migos como intrínseca­mente vio­len­tos y malvados, justo por el hecho mismo de «generar conflic­tos», ni han dejado, nunca, de res­pon­sa­bilizar a esos enemigos de todos los efectos nega­tivos de las gue­rras, incluso de los causados directa­mente por los ”buenos”.

…y mucha más razón si las guerras se emprenden para pro­vecho y bene­ficio particular de unos grupos de poder, grupos que nunca han parado “de darnos la murga” que las guerras que han mon­tado han sido y son por «nuestro interés», por la «hu­ma­nidad», por la «civi­lización», por la «paz» o por la «libertad».

Las razones de los que secundan la guerra global

En la actual «Guerra global contra el terrorismo internacional», ocu­rre de nuevo que los que promueven la guerra (una guerra que consiste en opera­ciones manifiestamente des­pro­por­cio­nadas) son grupos que afirman pú­­bli­ca­mente «tra­bajar todos los días por la paz», «odiar las guerras» y «no querer más la guerra», pero que, si se meten en esas guerras (y nos meten a todos nosotros en ellas), las fomentan o las secundan, es «porque el ene­migo, el bando del mal, las fuerzas de la barbarie, les obligan».

Los repetidores españoles de la propaganda americana (que coinciden con las terminales de la propaganda sionista) están empleándose a fondo en repetir (valga la redundancia) consignas que sus­ten­ten las ”penosas obligaciones” de los occi­den­tales liderados por EEUU. Para ellos EEUU e Israel se ven “em­pu­jados” a cometer actos «lamentables» por culpa de sus enemigos «locos y peligrosos, edu­cados en el odio y la vio­len­cia».

Es esencial que atendamos estas razones. Porque la guerra no es sólo «plomo» y «plata», ni «sangre, sudor y lágrimas», sino también pro­pa­gan­da, «representación de la contienda», y ante la propaganda de la gue­rra global no cabe la neutra­lidad ni el pacifismo: ante ella se debe tomar partido y ser beligerantes. A continuación resumimos las razones que ”obligan” a los «Centinelas de Occidente» a desatar y sostener su guerra.

1ª razón: Occidente, con EEUU al frente, está en guerra para de­fen­der su estilo de vida:

Que es como decir que la guerra global que están liderando los EEUU no es ofen­siva sino para defenderse. Se difunde que el «Eje del mal» es el que ha tratado o querido trastocar el modo de vida occidental, des­­truir las instituciones liberal-democráticas y dar al traste con el «Mundo de liber­ta­des» que, se recuerda, costó mucho levantar.

La consigna que Occidente está defendiendo su modo de vida suele ser difundida sin que nadie, apenas, se detenga en ella, ni para defenderla ni para rebatirla. Simplemente es admitida o rechazada sin más ¿Por qué ocurre esto? Nosotros estimamos que eso ocurre porque semejante justi­ficación esconde una gran verdad: una realidad que no quie­ren reconocer tantos “anti­nortea­mericanos” al uso para seguir mos­trán­dose pacifistas y anti­yanquis “de salón”, pero también una realidad en la que no insisten demasiado los apo­logistas de la guerra global.

Pues ¿En que se basa el modo de vida occidental? ¿Se acuerdan de la publicidad de Bush “senior” para concitar el apoyo de su pobla­ción a la guerra de 1991 contra Iraq? En aquella ocasión también se insistió en la «defensa del modo de vida americano». ¿Acaso Sad­dam Hussein pre­ten­día invadir Virginia, Michigan o California? ¿Aca­so ideaba prohibir los par­ti­dos demó­crata y repu­bli­cano e im­poner el Baaz en América? ¿Acaso había planeado la naciona­li­za­ción de las compañías privadas en EEUU? ¿O acaso quería poner a periódicos y cade­nas de tele­visión usa­cas bajo el control de su Minis­terio de Información?

Por supuesto que no. Ni siquiera la población media americana llega a ser tan crédula para tragarse cuentos así (aunque todo lle­ga si se mantiene la lí­nea actual). En aquella publicidad Bush padre se ex­pli­có muy claro: el modo de vida americano se basa en el control de los re­cur­­sos ener­géticos del resto del mundo, y no puede permitir go­bier­­nos in­de­pen­dientes que manejen una parte con­siderable de esos re­cursos. Aunque se quedase corta, esa explicación apuntaba la ver­dad: el modo de vida americano se sustenta en el control, de­­predación y re­ducción de los recursos (no sólo energéticos, sino de cualquier tipo, empezando por los humanos) de las demás naciones del planeta. Y es que también los piratas del Ca­ribe asaltaban, asesi­naban y saqueaban barcos y puertos para de­fen­der su estilo de vida. Ese estilo se ba­saba en esa actividad de asaltantes, asesinos y saqueadores, y si de­ja­ban de hacerlo, adiós ”vida pirata”. No es casual que en los filmes usacos los piratas se re­flejen con simpatía.

Por tanto, la primera razón de guerra global de Occidente encierra una gran verdad... pero una verdad mayor que no se reconoce con todas sus consecuencias: Occidente sólo  puede defenderse agrediendo naciones, expoliando sus recursos e impidiendo el dominio de sí mismas. 

2ª razón: Occidente, con EEUU a la cabeza, está respondiendo a una agresión previa:

Que es como decir que no han sido los EEUU ni sus aliados los que em­pe­zaron atacando, sino que fueron los «enemigos de Occidente», los «te­rroristas islamistas» o, directamente (como sostiene la de­re­cha española) el «Mundo islámico» ¿Pero acaso les atacó, por ejemplo, el Iraq baa­zis­ta? No. Pero aquí se echa mano del gran recurso «­glo­ba­li­zador» de los americanos y sus secuaces españoles: la agitación del fan­tasma del «Eje del Mal», el cajón de sastre donde entran y salen «ene­migos de Occi­den­te», es decir, los enemigos reales o imagi­na­rios, co­yun­turales y estruc­tu­rales, de EEUU ¿Pero acaso se han aso­ciado los esta­dos incluidos en el «Eje del Mal» para atacar los EEUU? Tampoco.

Pero cuando se les echa en cara esta falsedad, entonces los repetidores de los canales de propaganda americana nos repiten (valga la re­dundan­cia de nuevo) que «Occidente, con EEUU a la cabeza, está anti­­cipándo­se a las agresiones del enemigo». Aparece la famosa doctrina de la «guerra preventiva» o «de anticipación», donde los ”amantes de la paz” pueden y deben emprender las guerras que odian para anticiparse a los malvados violentos, acusados éstos no por hechos sino por intenciones futu­ribles que los auto­­-pre­sen­tados como “personas que aman la paz” afir­man co­no­cer.­­ Gente que ha presumido de la filosofía de «poner la otra mejilla cuando te golpean», defienden ahora la consigna de «aplastar cuando supongas que te puedan golpear la mejilla».

Desde un primer punto de vista, cualquier ataque siempre puede ver­se como la mejor forma de defenderse. Pero la gran cuestión que se plan­tea es que si esta premisa vale para los unos, los EEUU y sus aliados ¿Por­qué no vale eso mismo para todos los demás?

Si es cierto que «la mejor defensa es un buen ataque», si lo es, entonces debe valer absolutamente para todo el mundo. Un principio como éste no puede valer sólo para una de las partes. Por tanto, los que sostienen esta doctrina no tienen base moral para criticar a los enemigos de Occidente (y más concretamente los enemigos de EEUU) que han tomado la ini­cia­tiva de atacarlos antes de esperar ser atacados por ellos.

En otra ocasión analizaremos la «memoria oficial» que ex­ponen canales mediáticos, portavoces políticos y centros docen­tes para ”recordar” que EEUU han luchado en el pasado no sólo para defen­der­­se de sus agreso­res, sino también por la «libertad» de otros países. Esa «memoria» favo­rable a EEUU ha calado muy hondo en la mayoría, más de lo que sue­le creerse, incluso entre los que detestan la política exterior norte­ame­ricana y se expresan con pa­sión contra Bush y com­pañía. Entre muchos anti­Bush existe ese sentimiento generalizado que les debe­mos algo a los EEUU, y eso es debido a que se ha repetido ante la gente, una y otra vez, lo mismo: que du­rante un siglo los usacos han «soportado los costos de defensa de las democracias». La dere­cha española en peso no ha dejado de en­señar la “generosidad” norte­ame­ri­cana y lamen­tarse del desapego de muchos españoles hacia los paladines del «mundo libre». Pero no es momento de repasar el siglo XX. Con un repaso del presente nos sobra.

Porque los apologistas occidentales del «derecho de autodefensa», de la «seguridad» y de los «ataques preventivos», rei­vindican esos derechos de “res­puesta” o “anticipación” única y exclu­si­va­mente para ciertas poten­cias de Occi­dente. Estos occidentales, que tanto han enseñado que todos los seres humanos “nacemos iguales”, han aca­bado por con­ce­bir para unos determinados estados (Estados Uni­dos, Gran Bre­taña e Is­rael) todos los derechos y libertades de acción posibles. Tales es­tados pue­den y deben tener derechos ilimitados de “autodefensa” y plena liber­tad para buscar su “seguridad” a costa de lo que sea, mien­tras los demás no sólo carecen de los mismos dere­chos sino que les co­rresponde quedar a ex­pensas de los “elegi­dos”. Tras pre­sumir haber impulsado una evo­­lu­ción histórica para ”homo­logarnos”, nos imponen una enor­me des­pro­por­ció­n de los derechos soberanos, lo que con­lleva, lógica­mente, la equi­va­lente desproporción monstruosa de las acciones, de las res­puestas y de las represalias. Otorgando derechos unilaterales para unos pocos, se esta­­blece un dese­quilibrio abismal, y consecuente­mente se exige la su­mi­sión absoluta de los demás. De esta for­ma se anuncia la con­sig­na perversa que toda la des­trucción, dolor y muerte su­fridas por los pueblos condenados a so­me­ter­se, será por culpa de su in­sumisión y de sus “pro­vocaciones” hacia los que pueden “auto­de­fen­der­se” sin limitaciones.

Tremendamente oportuno es citar la sarcástica sentencia de «todos son iguales pero unos son más iguales que otros». El ejemplo mostrado por los sionistas es revelador. Tiene más peso el apresa­miento de unos sol­dados, que la muerte inten­cionada de civiles no judíos. Idéntica vi­sión era la que sostenía la izquierda “aberchale”: era más grave el man­te­ni­mien­to de activistas de ETA en prisión, que el asesinato de es­pa­ñoles indefen­sos. De la misma forma, las con­venciones inter­na­cio­nales obligan al co­mún de las naciones, pero no a los estados “elegidos”, que pue­den y deben saltarse las normas que obli­gan a los demás. Acciones y proce­dimientos que no se toleran a nadie, son permitidas a los EEUU, Gran Bretaña e Israel. No hay límites para los derechos de los elegidos.

En esta «cultura» que bendice a «los ganadores» simplemente por haber ganado, los más fuertes tienen el derecho “natural” a que los débiles si­gan siendo débiles para que queden siempre a expensas de la voluntad de los más fuertes. Por esta razón, la peor ofensa, el mayor peligro para los “elegidos” o “bendecidos” para emplear todo el poder que dis­ponen, lo representa cualquier hecho que conduzca al desarrollo, for­talecimiento y recuperación del equilibrio para los pue­blos condenados a la debilidad.

Por eso, también la segunda apología occidental encierra una reali­dad. Pues los “elegi­dos” son efectivamente agre­didos en su natu­ra­leza esen­cial de “estados elegidos” cuan­do encuentran opo­­si­ción, con hechos o con ideas fecun­das, a su capacidad unila­te­ral de atacar al resto de los estados, cuando se pretende reducir su enorme capa­cidad de maniobra para de­cidir el destino de los demás, y se les niegue el derecho a deter­minar que pueblo puede vivir, quien ha de morir, como tienen que vivir y donde pueden hacerlo.­­

3ª razón: Occidente, con EEUU a la cabeza, está luchando contra el terrorismo:

Una vez más hay que recordar que el terrorismo es un método de lucha, no es el sujeto de ninguna lucha. Por eso, de entrada, es natu­ral­mente imposible que un Estado se encuentre en guerra contra un método. Entonces ¿Cómo es posible que semejante explicación se acepte y que la situación que domina la actual política inter­nacional sea precisamente un imposible: «la guerra contra el terrorismo»? ­­­­­­

La respuesta es sencilla: al declararse la guerra a una forma imper­sonal se posibilita el mismo estado de guerra constante y se faculta esgrimir un «enemigo» general cambiante según la conveniencia del momento. Los enemigos pueden ser todos o ninguno o todo a la vez.

Pero además ¿Qué es terrorismo? Es suficiente leer la prensa, es­cuchar la radio o ver la televisión, para saber que Occidente acaba viendo como terrorismo absolutamente todo lo que se le opone, sin distinción de métodos y fines, y lo mismo es terrorismo una bomba en el mercado que atacar un convoy militar que invade el país o derribar un bombardero. Al condenar como terrorismo cualquier clase de lucha, se tiende a justificar cualquier tipo de respuesta y se pro­mue­ven acciones como el asesinato, la tortura o el confinamiento inde­finido de quienes luchan en contra, o de los que se sospecha están en contra o, incluso (si se lleva hasta sus lógicas consecuencias el «derecho de agresión preventiva») de los que puedan «ponerse un día en contra» (los impulsores de un «frente de unidad» a la diestra del PP estu­diaban como propuesta el exterminio mundial de los pueblos o sectores de población en cuyo seno aparezcan terroristas).

­­­­­­­­Pero no sólo se llama terroristas a todos los que luchan contra Occidente, de forma que sus apologistas puedan decir que ”todos los que no están con Occidente son aliados de los terroristas”. Junto a esto se produce el fenómeno inverso, en sintonía con el Código Penal de la Democracia (la española) que se cambió en su día para dis­culpar el terrorismo de estado (el GAL) y que dejar de tratar como terro­rismo la ejecución en serie de crímenes para generar el terror pero cuyo objetivo fuese «la defensa de las instituciones democráticas y del régimen de libertades». Por tanto, el fe­nómeno inverso con­siste en no con­si­derar como terrorismo el terrorismo de estado que defienda los intereses occi­dentales. Sus crímenes, cual­quier campaña de terror e incluso la eliminación sistemática de un sector de la población (político, étnico, social o religioso) o incluso de un pueblo entero, deben ser silenciados. Los apolo­gistas occidentales, más rellenos de hipocresía que de cinismo, acostumbran a utilizar su afamada «libertad de expresión» para ocultar los crímenes de los poderes a los cuales sirven. Y cuando no es así, los crímenes se im­putan cíni­camente a las víctimas, como han hecho, por ejemplo, en Argelia desde 1992.

­­­­­­­­­­Por ello, también es cierto que Occidente combate el terrorismo: porque en la “neolengua occidental” cualquier resis­tencia a EEUU y sus alia­dos es terro­rismo, y todas las acciones de Occidente nunca lo son.

 

4ª razón: EEUU y sus aliados hacen la guerra contra dictaduras para apoyar transiciones hacia la democracia:

Aunque esta razón es la que menos se utiliza y la que más escepticismo genera tampoco hay que despreciar el auxilio que presta en la “plantilla” de «obligaciones morales» de EEUU y sus aliados sobre los países que atacan a los que siempre se señalan como dictaduras ominosas. ­

Y si esta consigna, aunque no se crea en ella, funciona, es porque se ve cobijada por un mito tan repetido por los portavoces de Occidente que la gente acaba dándolo por bueno: es el mito que las democracias nunca entran en guerra entre sí. Cuando una democracia está en guerra es porque, dicen, «combate contra una dictadura» y se da por sentado que las dictaduras siempre tienen la última culpa. Las democracias son intrínsecamente pacíficas y las dictaduras intrínsecamente violentas.­­­­­­­­­­

Es otro curioso ejemplo del «doblepensar». Aunque la mayoría recuerde muchos casos concretos, como la última Guerra de Iraq, donde los líderes democráticos votados por sus ciudadanos (Bush, Blair, Aznar…) eran los promotores de la guerra, el apriorismo que las dictaduras son las culpables de belicismo se mantiene intacto. Es otra creencia que aunque se acumulen más datos que la contradigan y demuestren que para provocar guerras no importa el carácter dictatorial o democrático del país, la gente seguirá creyendo en ella. ­­­­­­­­­­

Y aunque también bastante gente sea consciente que los motivos reales que impulsan a los dirigentes de las democracias en guerra nada tienen que ver con propósitos benéficos anunciados (como promover la democracia entre las naciones “ter­cer­mun­distas”) y muchos recuerdan numerosos casos de estados con dictaduras expresamente respaldadas por Occidente (sin ir lejos, aquí al lado mismo: Marrue­cos, Argelia y Túnez) la gente sigue dando cierta «superioridad natu­ral» a EEUU y a sus aliados en cada ocasión que inician una guerra aunque se les critique. Aunque se reconozca que éstos se muevan por mezquinos intereses, no dejan de verlos como ”países superiores” sobre los países “atra­sados”, “subde­sa­rro­llados” o ‘fallidos” del “tercer mundo”. ­­­­­

El cazador será muy malo, pero siempre será superior y más cercano a nosotros que el animal salvaje que caza. Así es como piensan, en el fondo, los “evolucionados” y “civilizados” occidentales.

Por lo tanto, aunque se nieguen todas y cada una de las excusas que dan e incluso se descalifiquen duramente a los promotores de las guerras infames, en general las críticas o se detienen en cuestiones personales (quienes son los “líderes” y los “encargados” concretos de hacer la guerra), o se cen­tran en temas inmediatos (en las secuelas o en “lo que hacen” y “lo que dicen” en el momento) o se reducen a facetas mera­mente técnicas (con­sideraciones pragmáticas de la “opor­tunidad” o “efec­tivi­dad” de los métodos o estrategias) o no van más allá de la re­velación de los negocios e intereses particulares de los protagonistas (mediáticos, energéticos, comerciales, arma­mentísticos...). Mientras las críticas dejen a salvo lo fundamental, la constitución y ob­jetivos globales de EEUU y sus aliados (lo que son realmente) esas críticas y protestas serán in­suficientes y seguirán cayendo en particu­larismos, tibiezas e inconsecuencias.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­Seis conclusiones claras

1) No se puede caer de nuevo en críticas sectoriales ni superficiales, ni seguir con la tibieza y las inconsecuencias en la denuncia de estas nuevas guerras de Occidente.

2) No se puede seguir apelando al pacifismo cuando lo que hace falta es beligerancia contra la piratería, las destrucciones y los saqueos de EEUU y sus cómplices.

3) No podemos ser neutrales cuando debemos tomar partido contra las agresiones y mentiras permanentes de unos estados y unos grupos de poder que, para mayor escarnio, alegan actuar en nuestro nombre o por nuestros intereses

4) No se puede permitir que se grite «no a la guerra» para que luego los “jugadores titulares del equipo de la paz” acepten hechos consumados, el pre­­­dominio de los agresores y el negocio de los criminales.

5) No se puede tolerar tanta protesta y compasión por las víctimas de los crímenes de estado para luego buscar alianzas y juntarse con los criminales.

6) El problema no consiste en la zarpa del tigre, sino en el tigre mismo. El fracaso y la esterilidad de tanto antinorteamericanismo, tanto anti­be­li­cismo y tanto movimiento de protesta radica en todo lo dicho, en no querer llegar hasta el fondo: hasta las «razones de ser y de estar» de los grupos de poder que comandan los EEUU y sus aliados.­­­­­­­­­