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El diálogo insti­tu­cional con ETA (I)
Pepe López

Tras un bienio sin ejecutar ase­si­natos en la Es­paña sacu­dida por la matan­za del 11 de mar­zo de 2004, el 22 de marzo de este año, ETA comu­ni­ca­ba su declaración de «alto el fue­go». Tres me­ses des­pués, el 29 de junio, el pre­si­den­te del Go­bier­­no anun­ciaba formal­mente el inicio del diá­logo con ETA.

Antes de entrar en materia, men­cionemos que el tér­mino “diá­lo­go” es un eufe­mismo político­ que el poder acos­tum­bra a emplear para­ dis­tin­tos ti­pos de “rela­ciones hu­manas”, desde ne­go­cia­ciones has­ta la me­ra re­tó­rica. La ver­­sión ofre­cida por el se­cre­tario de organi­za­ción del PSOE, Pepe Blanco, que este diá­logo con­­siste en “amo­nes­ta­ciones di­rec­tas” de los “de­mó­cra­tas” a los “radi­ca­les”, se tomó como otra de tan­tas “frases de pastel” que los polí­ticos están obli­gados a pro­nunciar por exi­gen­cias de un guión donde deben cumplir el papel de ejem­plares de bon­dad. Pues en este asunto de las con­ver­sa­ciones con ETA, casi todo el mun­do, inclu­yendo los que apoyan esta polí­tica, coincide en se­ñalar que nos en­­con­tramos ante nego­cia­­cio­nes y no con otra cosa.

Acordémonos que la última tre­gua de ETA duró dos años, y que ésta la declaró tras la reacción pú­blica sur­gi­da a raíz del se­cues­­tro y asesi­nato del con­ce­jal Miguel Ángel Blan­co en 1997 –por cierto, sus ver­du­gos han sido juz­gados re­cien­­te­men­te–.­ Go­­ber­naba Aznar, que en­ta­bló conversa­­cio­nes con la or­ga­­ni­za­ción de forma “sigi­lo­sa”. Todos los par­­tidos apoyaron –tam­bién de forma “dis­creta”– esas con­ver­­sa­ciones. Lo hi­cie­­ron igual­mente las aso­cia­cion­es de víc­ti­mas, que no con­­vo­ca­ron pro­­testas por los tra­tos del gobierno po­pu­lar con ETA.

 Si al­gu­nos españoles pu­die­­ron sa­ber lo que pa­sa­ba, fue porque un mi­­nistro de Aznar –vas­­co por más señas– llamó la aten­ción al “mo­verse en la foto”. Que fuese reflejo de una dis­cre­pan­­cia real o un re­parto de pape­les en el seno del go­bierno, no lo sabe­mos. Lo que sí sabe­mos es que el jefe del PP se sen­tó con ETA sin que le movie­ran la silla y con el res­paldo casi uná­nime de los par­tidos, medios y re­pre­sentantes empre­sariales. ETA pro­clamó el fin de la tre­gua –en la comi­sión de ase­si­natos– poco antes de las ge­ne­­rales del 2000. En esta nego­ciación de ZP con ETA, no le falta razón al PSOE y a sus medios próximos, la in­dig­nada men­ción que Aznar tam­bién negoció con el –así lo llamó el jefe del PP– “Movi­mien­to de Libe­ra­ción Na­cional Vas­co”, y que entonces guardó silen­cio el PSOE.

Siempre hemos de tener pre­sente donde nos hallamos: en una sociedad donde, la in­mensa mayoría de las veces, a las per­sonas y a los grupos no se les enjuicia por lo que éstos piensan, dicen y hacen, o por el cómo lo dicen o lo hacen –o por lo que silencian o dejan de hacer–, sino que se les califica ex­­clu­si­va­mente por el co­lor de la cami­seta que llevan (al­gu­nos más prima­rios llegan incluso a “en­jui­ciar” a la gente por el color de piel o la forma de la nariz) así como por sus expec­ta­tivas y re­sultados fina­les, es de­cir, si van a ganan o van a per­der.

El infan­ti­lis­mo cre­­cien­te en las po­bla­cio­nes ac­tuales (y no es mo­mento de se­ña­­lar si eso es por cau­sa de la tele, de “inter­net”, del agobio de las grandes ciuda­des o de la pér­dida de la Fe cristiana, de la ESO o de lo otro o aque­­llo) facilita esta clase del “juicio social”. Que se­pamos, sólo un redu­ci­do partido ex­tra­par­la­­men­­tario, Fa­lange –no se había desin­te­grado aún– hizo cam­paña con­tra aquellas ne­go­cia­­ciones de Az­nar. Es­to quiere decir que, en la práctica, nadie en nuestro país le­vantó una voz de protesta.

Dejando de lado el con­sus­tan­cial parti­dis­mo, en este caso del PP, y la condición que antes es­taban en el go­bierno y ahora no ¿Que hechos han po­di­do cam­biar para que la dere­cha par­­ti­daria y me­­­diá­tica de nues­­tro país se agite hoy tanto contra el diá­logo ins­ti­tu­cio­nal con ETA/HB? Hemos avanzado un dato: Az­nar ges­­tionó a escondidas sus con­­tac­tos mien­tras que ZP lo hace, por lo visto, a bom­bo y pla­tillo. Sinte­ti­cemos la tra­yec­toria de los anun­­cios y pa­sos da­dos es­tos tres me­ses por el go­bier­no actual para poder des­cubrir esos cam­bios si los hubiera:

Tras declarar ETA el ce­se de aten­ta­dos, el pre­si­den­te ha­bló de una “verifi­ca­ción de la tre­gua” que iba a ex­tender­­se a todas las ac­cio­nes de la or­ga­ni­za­ción, co­mo con­­di­ción im­pres­cin­di­ble para co­menzar a ne­go­ciar con ella. Sin em­bar­go en es­tos me­ses se han re­gis­trado ac­cio­nes co­mo co­bros del im­pues­­to re­volu­cio­na­rio, aten­tados contra bienes y ame­na­zas a vascos y a na­va­rros “espa­ño­lis­tas” –“trai­do­res a la pa­tria” de­limitada por el nacio­nalismo–. Si no son im­­putables a ETA di­rec­ta­men­te, sí lo son a ele­mentos que par­tici­pa­­ban hasta ahora en sus campañas.

El presidente dijo tam­bién que debía constatar la vo­luntad clara de “abandonar las armas“ por parte de ETA. Pero en sus co­mu­nicados pos­te­rio­res, ésta ha ex­pre­sado clara­men­­te que se reserva poder vol­ver a ellas si no se a­sume lo que Iba­rre­che lla­ma “ám­bito de de­ci­sión” vas­co –que es lo mismo que “de­re­cho de auto­de­ter­mi­­nación”– así como intro­ducir a Na­varra en ese ámbito.

Los políticos del PSOE que llevan la di­rección del asun­to han re­­petido sin des­­canso que hacen to­dos los es­fuer­zos por lograr el con­cur­so del partido princi­pal de oposi­ción. Pero en estos meses los pri­meros no fueron lla­man­do a los segun­dos pa­ra in­­for­mar­­les de los anun­­cios y pa­­sos que iban a dar. Me­dios des­tacados en su apo­yo al go­bier­­no repro­charon a ZP que descubriera en un mitin de par­tido ini­cia­tivas de un pro­ceso que se con­si­dera “de estado”.

ZP afir­mó tam­bién que con­vo­carían la re­unión del famoso Pacto Anti­te­rro­rista an­tes de pro­poner el inicio de las nego­cia­ciones. Tam­poco ha cum­pli­do con ese re­quisito que quiso él im­ponerse.

Asimismo, ZP se comprometió, en re­solución del Con­gre­so, a solicitar formal­mente de éste auto­ri­zación para co­men­zar las ne­go­­cia­cio­nes con ETA. Sin em­­bargo, lo que ha hecho el 29 de junio ha sido declarar, en el vestíbulo del Con­gre­so, que ya iba a empezar a dia­logar con la organización.

Entendámonos por si queda algún des­pis­tado. En estas pá­gi­nas no se critica (co­mo en el muro de la­men­ta­cio­nes de los “guardianes del Consenso Constitucional”) la cir­cuns­tan­cia que PP y PSOE no se reúnan o no se en­tiendan, o que el Go­bierno “pase por en­ci­ma” del parla­men­to. Al contrario no­sotros que­re­mos que las dos grandes pun­tas de la tenaza parti­to­crática no se en­tien­dan. Lo que de­nun­cia­mos es que ZP, como suelen hacer otros políticos, pidió que tu­viéramos fe en sus de­­clara­ciones y en sus tratos, cuan­do ha obviado unas con­­di­cio­nes que había pedido, y no ha cumplido unos com­pro­mi­sos que había anun­cia­do.

 Por tanto, consta­ta­mos que el presidente de gobierno se em­bar­ca en una aventura, con decisivas im­pli­ca­cio­nes de fondo, pre­sen­tando a los es­pa­ño­les unas condi­cio­nes de las que luego se “olvida”, y pro­­me­tiendo seguir pro­ce­di­mien­tos que des­pués in­cumple. En un asunto que no es de broma ZP nos pide que de­po­si­temos la fe en él –vi­vi­mos en una socie­dad producto de la ilus­­tra­ción moder­na pero que pide con­ti­nua­men­te ac­­tos de fe cie­ga–, y que le apo­ye­mos en una apuesta fuerte fuera de “pro­grama”. Pero mien­tras apuesta y nos pide fe, nos mete fa­ro­les. Lo más sig­ni­fi­cativo es la respuesta que desde el partido del gobierno suelen dar a las de­nun­cias de en­gaño: que todo lo ha­cen “para al­canzar la paz”, y que las de­nun­cias buscan sólo “des­ca­li­ficar” al bien­intencionado ZP y el fracaso del “proceso de paz”.

 De esta forma nos encon­tra­mos con dos de los “pila­res” de este estado, sis­te­ma y “so­cie­dad civil”: la re­duc­­ción brutal de las ex­­pli­ca­cio­nes de lo que ocu­rre al color de la cami­seta de los agen­tes, y a las in­ten­­cio­nes so­bre los re­sultados que se bus­can: en este caso, la “paz”. Ni im­porta qué se dice ni qué se hace, sino sólo el “bando”, ni se tiene en cuenta que medios se van a emplear –el cómo– sólo cuenta con­­seguir el resultado.

 ¿Proceso de paz?

 El “proceso de paz” es otro eufe­mis­mo que, aquí, implica algo muy serio ¿Pues acaso es­taba España en gue­rra? Si así era ¿Có­mo es que las ins­ti­tu­ciones del ré­gimen no la han de­cla­rado? Por­que se­ría la quinta en la que se ha visto envuelta España des­de la apro­bación de la Consti­tu­ción en 1978, la quin­­ta aña­dida a la II Gue­rra del Golfo (1991), a la de Yugos­­­lavia (1999), a la de Iraq (2003) y a la de Af­ganistán (en la que seguimos) y las cin­co sin ser de­cla­radas (y debe­­mos pregun­tar­­nos pa­ra qué tanta Cons­ti­tu­ción y tanto “Es­­tado de De­­recho” si de las cinco gue­rras, ninguna fue de­cla­rada).

 Pero si asistimos a un “pro­ceso de paz” las implica­cio­nes de éste son mayores, pues ne­ce­sa­ria­­mente signi­fica que España tenía una guerra in­terna, lo que es mu­cho más gra­ve ya que ¿No nos han repe­tido du­ran­te déca­das que Es­paña pro­ta­go­ni­zó una tran­­si­ción modé­lica y es­ta­bleció un ré­gi­men de “con­vi­ven­cia en paz”? Ahora re­sulta que las ins­ti­tu­cio­nes de la Mo­narquía Parla­mentaria han es­ta­do enga­ñan­do a los pue­blos de España y al resto del mundo, ya que durante los más de “veinticinco años de paz” juan­carlista...¡Es­te país estaba sufriendo una guerra!

 Lo cierto es que con la victoria del PSOE en 2004 se dio paso a una nueva inter­pre­ta­ción de la Transición, una pá­gina histórica reputada hasta hoy de modélica e intocable. PSOE, Iz­quierda Uni­da y parti­dos na­cio­na­listas cali­fican ahora de de­fi­cien­te y forzado aquel pro­­ceso, y que las fuer­zas demo­cráticas se vie­ron obli­ga­das a acep­­tarlo de­bido al peso de las fuer­zas aún con­­si­de­ra­bles ligadas a Franco. El PP se ha que­dado como gran adalid de un periodo que antes de­fen­dían casi todos los sec­tores del ré­gimen.

 Pero nosotros tene­mos memoria. A des­pecho de las líneas re­pre­sentativas tanto de los adalides de la Tran­sición como de los gru­pos del régimen que hoy la desprecian pero ayer aprobaban, noso­tros resalta­mos que los pactos de la Tran­si­ción fueron tam­­bién “ven­di­dos” a los pueblos de Es­paña como un “pro­­ceso de paz”. Re­cor­da­mos que en nombre de la paz como sea y a cos­ta de lo que sea (sólo cuen­ta lograr el resul­ta­do: la paz) se apro­bó una Ley de Am­nis­tía donde to­dos los ase­­si­natos cu­yos mo­ti­­vos fueron polí­­ticos que­­daron im­pu­nes.

 La UCD apo­yó la am­nis­­tía con des­precio a la justi­­cia, a la me­moria y a los dere­chos de las víc­ti­mas que ahora in­­voca tanto el PP –heredero de la UCD–. Re­cor­da­mos otra am­nis­tía que aprobó en especial los aten­tados de GRA­PO y ETA perpetrados en­tre enero y junio de 1977, ya que, según el dis­cur­so de esa transición modé­li­ca para la dere­cha par­­tidaria y me­diá­tica española, GRAPO y ETA eran grupos que “bus­caban es­ta­ble­cer un régimen de liber­­tades públicas” en Es­paña. Tales tér­minos fueron defendidos por la derecha par­­­la­men­ta­ria, que no olvidemos era la que go­ber­naba. Nosotros ni quedamos amnésicos ni re­nun­cia­mos a la justicia más elemental a cambio de paz –y de parcelas de poder–, co­mo hicie­ron entonces unos y otros, herederos de la dic­ta­dura y anti­fran­quis­tas.

 
A la lógi­ca instrumen­tal guiada únicamente por su fin, en este caso la “paz” (concediendo la im­­pu­nidad para ­te­ner “paz”) los artí­fi­ces de la Tran­si­ción le su­ma­ron otra lógica ins­trumental guia­­da tan sólo por su fin, el “de­mo­crático”, y asu­mie­ron la apro­ba­ción del cri­men para traer la “de­­mo­cracia” .

 
Terminando la tran­si­ción, el gobierno de la UCD llevó a cabo otro “pro­ceso de paz” con ETA “Político Mili­tar”. Y como la posibili­dad de amnistía había que­da­do agotada tras las dos anteriores, los padres de la tran­si­ción, con la co­la­bo­ra­ción necesaria del “Padre de la Demo­cracia” –el Jefe de Es­ta­­do– re­par­tieron indul­tos para todos los miembros de ETA PM sin importar la sangre vertida, la jus­ticia, la memoria o la satis­fac­ción de las víc­timas.

 Por eso Rajoy, Ace­bes, Zaplana, Aznar, Mayor Oreja... defensores de los pac­tos de la Tran­si­ción y de la Cons­ti­tución de 1978, no pueden criticar real­mente a ZP o a Pérez Ru­bal­caba por proceder de la misma manera que los padres de la transición, y seguir la misma lógica guiada única­mente por los fines: al­canzar la paz como sea y a costa de lo que sea, y conso­lidar el régimen de la Monar­quía de los Partidos.

 Continuará...

 

 

CULTURA

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Libro antirracista secuestrado

por la Democracia «antirracista»
Por Natalia Segura

En el mundo donde nos ha tocado movernos, posiblemente el peor problema que hemos de afrontar consista en tener que vivir -mejor seria decir: en tener que sobrevivir- bajo el imperio de las imposturas de todo tipo.

Igual en la vida pública como en la esfera privada, lo mismo en el campo de la acción política -local o internacional- como en el pen­sa­miento -político o filosófico-, tanto en el mundo laboral -como produc­tores o demandantes de empleo- como en nuestra faceta de usuarios y consumidores... en todos ellos, nos vemos expuestos, perma­nente­mente, y sometidos, en mayor o menor intensidad, a múltiples intentos -muchos ellos coronados con éxito- de estafas, engaños y falsifi­ca­ciones. Si no lo más nefasto, este hecho sí es, con todos los deshono­res, uno de los problemas más perjudiciales de nuestra época.

Tanto desde los frentes oficiales como desde los sectores su­puesta­mente rebeldes e in­con­formistas, con­tinua­mente nos envían, y pre­tenden que acep­temos, unas mercan­cías que sirven, justa­mente, para todo lo contra­rio de lo que nos anuncian que sirven. Pues lo peor no es dar­le veneno a la gente, sino hacer pasar el veneno como alimento o me­dica­mento.

La im­postura se ha erigido en una especie de «norma consti­tutiva» de las socie­dades actuales y, por tanto, en una carac­terís­tica esencial que, la­men­table­mente, impregna las con­ductas y el sentir de nuestros con­tempo­ráneos. Es ésta una situación que no dejan de notar muchas personas que, sin embargo, se han re­signado a seguir con el rollo, queriendo creer cómoda­mente, por lo demás, que nunca se verán com­­­pro­metidas ni afec­tadas de forma irre­me­diable por ella, y que siem­pre podrán salir re­cu­perados de en­gaños e im­posturas sin más con­se­cuencias que perder unos cuantos billetes o quedar­se en ridículo si descubren el pastel.

Peores que todas las estafas eco­nómicas y que cualquier variante del timo de la estam­pita, más dañinos que la suma de todos los fraudes pira­midales ocurridos o por in­ventar, son, sin duda, los fraudes polí­ticos-sociales y las im­posturas ideoló­gicas. Alguno de nosotros, por ejemplo, hemos tenido que soportar en­cuentros –mejor decir en­con­tronazos– con los acti­vistas libertarios, a quienes vulgar­mente cono­cemos como guarros, que se anuncian como defen­sores y re­clamantes de la «Libertad», cuando, en la práctica, sus in­ter­ven­ciones más cono­cidas en la calle consisten, pre­cisa­mente, en violentar mani­festa­ciones «políti­ca­mente in­co­rrectas», en practicar el mato­nismo para re­ducir al silencio a los últimos reductos contestarios, e im­poner de­fi­ni­tiva­mente el pensa­miento único.

De­termi­nadas acciones re­presivas que no pueden ejecutar abierta­mente los cuerpos y fuerzas de seguridad del llamado Estado Social y Demo­crático de Derecho, las cometen esos matones libertarios, quie­nes, para mayor broma macabra, también les gusta publicitarse como ene­migos de cual­quier clase de «dictadura» o «auto­ridad». Otra im­postura política que se de­muestra en cada ocasión que actúan como guardia política del ré­gimen, cada vez que aparecen como agentes auxiliares de la brigada político-social. Pero al igual que pasa con los liber­tarios, ocurre con un abanico de grupos y sujetos que van desde los lucha­dores por la libertad de la extrema izquierda, tan falsos como los lucha­dores por la libertad del Pentá­gono y del Partido Popular, hasta las auto­de­nomi­nadas fuerzas nacio­nales, o área patrió­tica, es decir, eso que cono­cemos como extrema derecha.

Para cual­quier español in­con­formista o crítico, el más peli­groso e irri­tante fraude para sus aspira­ciones de una España, una Europa o un mundo mucho menos in­justo y mucho menos co­rrom­pido que el que vivimos, lo re­presenta la exis­tencia de esos colectivos e individuos que han estado hacién­do­se pasar como in­con­formistas cuando son los milicianos del sistema, a su «derecha» o a su «izquierda». Pero lo peor, sobre todo, consiste en esos mismos rumbos políticos e ideoló­gicos que siguen pre­sen­tándo­nos como «anti-sistema».

Reseña de un desenmascaramiento:

«Tres Ensayos contra la Modernidad»

de Carlos Caballero

La re­producción por Edi­ciones Nueva Re­pública de «Tres Ensayos contra la Moder­nidad» de Carlos Caballero que apa­re­cieron en los números 7º (otoño 1995) 14º (verano 1997) y 16º-17º (primavera 1998) de la ya desa­pare­cida revista «Hes­­rides» (una de las mejores sagas de la pe­queña disi­dencia española) signi­fican un de­sen­mas­cara­miento, sencillo de leer y completo en lo esencial, de dos de las mayores im­posturas con­ver­gentes del presente. Imposturas con­ver­gentes porque, en sentido con­trario pero com­plemen­tario, las pro­mueven por un lado las tribunas bien­pen­santes y política­mente co­rrectas, y por el otro las su­puestas fuerzas in­con­for­mistas o polí­tica­mente in­co­rrectas. La primera de ellas es que el de­ter­mi­nismo racial y los nacio­na­lismos significan fuer­zas de opo­sición radi­cal al cosmo­poli­tismo; y la segunda estafa es que las socie­dades abiertas –como la famosa «globalización»– son con­trarias a los naciona­lismos o aspiran a una supe­ración real de éste.

Es urgente desen­mas­carar estas dos enormes im­posturas com­ple­men­tarias de la era con­tempo­ránea, que han tenido un éxito fabuloso –sin ir más lejos, es im­posible co­nocer la historia reciente y la actua­lidad de nuestro país sin evaluar el im­pacto de los na­ciona­lismos– y que re­portan unos in­mere­cidos «pedigríes de lucha», tanto para el «frente» de los demó­cratas bien­pen­santes anti­rra­cistas y no nacio­na­listas, como para los naciona­listas –demo­cráticos, progre­sistas, con­serva­do­res, radi­cales, fas­cistas...–.

En el primero de sus «Tres En­sayos», Carlos Caba­llero ataca al nacio­na­lismo; en el segundo, al racismo. Pero los ataca sin partir, de ningún modo, de los dis­cursos o modas cultu­rales domi­nantes, sin echar mano de sus tópicos. Al con­trario: al criticarlos en serio, al atacar­los a fondo, el autor nos des­cubre que no son fuerzas in­volucio­nistas que regresan del oscuro pasado para im­pedir la «marcha feliz» del progreso ni combatir el triunfo de las socie­dades mundia­listas libe­rales. Carlos Caba­llero con­sigue, en pocas páginas, de­mostrar­nos lo que ambos bandos, su­puesta­mente antagó­nicos, esconden a propios y extraños: que los naciona­lismos –demo­cráticos o radi­cales–, al igual que el supre­ma­cismo racial, se han asentado y se alimentan de los mismos pre­su­puestos que la moder­nidad mundia­lista.

Los nacio­na­lismos han nacido y se han desarro­llado como compa­ñeras de viaje in­se­parables de la mundia­lización. Ni el naciona­lismo cuestiona las bases de la globali­zación liberal, ni ésta ataca las bases del nacio­nalismo. Ambos com­parten y quieren im­poner a todos los pueblos el mismo «destino» antropológico. Ambos fenó­menos son dos caras de la misma moneda.

Carlos Caballero nos recuerda que hasta las últimas décadas del siglo XIX, naciona­lismos, libera­lismos y progre­sismos marchaban uni­dos osten­­­to­sa­­mente. Es un hecho histórico que hoy, apenas, se tiene con­ciencia, pues intelec­tuales y «mass media» lo ocultan –u olvi­dan– de­libe­rada­mente. Pero esa simbiosis pareció quebrantarse cuando se acer­caba el siglo XX. Un artículo de Maurice Barrés, en julio de 1892 en «Le Figaro», puede con­siderar­se el pistole­tazo de salida de una de las mayores y más exitosas im­posturas de todos los tiempos: la oposición entre nacio­na­listas y cosmo­politas.

No se pre­tende aquí negar­le a Barrés la parte de razón que tuvo en sus de­nuncias de la situación de Francia, ni mucho menos abrir un auto de condena a su figura –ha sido ya maldito de sobra–. Lo que se juzga en estas páginas es una reacción que, sin duda alguna, era vital emprender ante la deriva de las naciones occidentales, pero que se pre­cipitó por el rumbo falso y estéril del naciona­lismo, preten­diendo un carácter de ruptura hostil im­posible con sus presupuestos originales y su desarrollo.

Unos textos muy incómodos para el «bando» de los naciona­lismos  

No dudamos que estos ensayos de Carlos Caballero son, como califica la editorial en la presen­tación, incómodos. In­cómodos para la «Corrección política» dominante. Pero suma­mente in­cómodos tam­bién para las milicias naciona­listas, erigidas en defen­soras de las esen­cias nacionales justo para terminar de des­truir los últimos vesti­gios comuni­tarios e identi­tarios de la nación real, al imponer una adul­te­rada «nación ideal», depurada de elementos que no responden al prototipo convenido por ellos como típico, y no re­co­nociendo más iden­tidad, a los ciudadanos, que la estanda­rizada identifi­cación nacional que los nacio­nalistas deciden imponer, convirtiendo y dejando así una nación lisa y atomizada, lista para ser entre­gada a las sociedades eco­nó­micas multi­nacio­nales que tratan a todas las naciones como paquetes de acciones.

Con Caballero vemos que el nacionalismo, pese a su palabrería, es sub­sidiario ideo­lógico del mundia­lismo occidental –por lo demás el único mundia­lismo que existe–. Es un hecho que compro­bamos cada vez que encon­tramos a los grupos naciona­listas dirigir sus ata­ques, justamente, contra las identi­dades que han logrado man­tener­se a salvo del cosmo­poli­tismo; un hecho que corroboramos cada vez que les escu­chamos unir en «in­diso­luble matri­monio» a nuestros pueblos con el mundo occi­dental; un hecho que ratificamos cada vez que esgrimen el derecho supremo de Occi­dente para erradicar cualquier resistencia de los pueblos a su dominio militar, cultural, tecno­lógico o económico; un hecho que confirmamos en todas las ocasiones que les vemos exigir el desa­rraigo completo para las personas que señalan como no genuinas o no idén­ticas a la in­divi­dua­lidad señalada como típica del país. Lo que de­fienden, en definitiva, es lo mismo que las exigen­cias liberales: una masa de individuos sueltos y homo­logados ante el Mercado y el Estado.

Para nosotros lo peor, lo más indecente de la derecha radical y de los naciona­lismos ha sido la con­fusión a la que han jugado desde siempre, anun­ciando ser contra­rios a un sistema cuando por lo que dicen, por lo que callan y por lo que hacen, lo respaldan –hoy lo hacen incluso con menos disi­mulo que ayer–, así como las falsi­fica­ciones de con­ceptos –como «Patria», «Unidad» o «Tradi­ción»– a la que, también desde siem­pre, se han dedi­cado con empeño.

Por eso, la primera dife­rencia que emerge entre nosotros y los abier­ta­­mente titu­la­dos «mundia­listas» (neo­con­servadores, liberales puros, progre­sistas o liber­tarios) es que nosotros no le re­co­no­cemos a los naciona­lismos –sean llamados «demo­cráticos» o «fascistas»– ningún carácter de enemigos o de fuerzas contrarias al proceso que directa­mente pro­mueve el mundia­lismo.

Por eso hemos insistido también en negarle a la derecha radical toda legiti­midad para ser con­siderados fuerzas nacio­nales. Porque no son nacio­nales, es decir, no tienen una idea de la nación como con­junto integrador de cuerpos o sectores sociales, terri­toriales y étnicos di­ver­sos, sino como una suma, un «corral», donde todas las partes han de quedar subor­dinadas a los intereses y sub­jeti­vismos de una o de algunas de sus partes.

Las derechas radi­cales no defienden la inte­gridad nacional: ellas son nacio­nalistas, que no sólo es distinto, sino radi­cal­mente opuesto. Hace seten­ta años un político de nuestro país insistía que la palabra «na­cional» era dema­siado elevada para permitir que la utilicen aque­llos en los que pre­dominan los intereses de grupo o de clase. «Nacional» sólo podía emplear­se para los que se de­di­caban a la empresa común, para los que concebían a la nación como un «valor total fuera del cuadro de valores parciales».

Los nacio­­nalistas invierten la situación: unos subor­dinan la totalidad de la nación a los valo­res parciales de una supuesta «voluntad ge­neral» que solamente representan ellos, claro; otros cons­­triñen su de­venir a una forzada «línea de la historia» inalterable que coincide exacta­mente, cómo no, con lo que ellos pretenden; y otros «sumer­gen» al pueblo entero en un recreado «ser nacional» fijo, en lo bio­lógico o en lo cultural. Porque lo que ha revelado siempre el naciona­­lismo es eso: primero una teoría hipó­crita de control absoluto, lami­nador y exclusivo de una tierra y de un pueblo, y luego de expan­sión e intenso desprecio im­pe­rialista. Tan pronto recurre a la voluntad general o la auto­deter­mi­nación, como echa mano de la línea –única– continua de la historia, como esgrime la esencia verdadera biológica o étnica.

Para nosotros es también muy re­velador ese rechazo visceral a la mera idea y dis­posición de asumir la nación como una inte­gridad, es decir, como un todo re­lacionado de partes di­versas que han de con­ciliar­se y defender­se –es decir: integrarse–, y no verse apiso­nadas por la mayoría natural –o por la minoría envuelta en la bandera nacional– o por el núcleo central. La nación real es una con­junción de grupos, cuerpos y fuerzas.

Pero es, sobre todo, una unidad histórica donde encon­tramos tanto unas raíces y evolu­ciones com­partidas como di­versas, un espacio que ha sustentado un devenir y un con­tin­gente humano com­puesto tanto de hechos dife­ren­ciales como de carac­teres comunes, una agru­pación sujeta tanto a nece­sidades e intereses gene­rales, como a una plura­lidad de de­mandas inter­medias y parti­culares. Hechos, carac­teres, necesidades, intereses... dife­rentes y comu­nes, que han venido inte­rrelacio­nándo­se en ese con­junto histó­rico llamado nación.

Con anterio­ridad al pro­ceso de diso­luciones y unifor­mismos de la moder­nidad, «nadie concebía agotarse en la per­te­nencia a una comu­nidad nacional, sino que aparecía ligado a una "cadena de comu­ni­dades"». Este rechazo visceral, por parte de muchos de los auto­procla­mados na­cionales anti­sistema, a ver la nación como una com­posición orgá­nica –es decir, viva– y no uni­forme –inorgánica–, en­laza directa­mente con el rechazo y el discurso que han mantenido las fuerzas nacio­nales ­­contra la propia exist­encia de parti­dos o el derecho a la dis­cre­pancia política.

Parece un rechazo suicida, pues, si se consti­tuyen como una minoría adversa a la política y la cultura domi­nante ¿Cómo es posible que nieguen la facultad para re­marcar un espacio político y cultural dife­rente a la «oficial»? ¿Cómo es posible que la minoría que dis­crepa de la mayo­ría, pida la diso­lución de minorías contrarias a los «valores de la mayoría»? Esto es literal­mente absurdo. La única expli­cación es que todo consista, como hemos dicho, en una im­postura, en una re­beldía virtual, que esos nacionales anti­sistema o in­con­formistas son «com­pañeros de viaje in­se­parables» del más estrecho con­formismo y del sistema.

Entendemos que lo más incómodo de los «Tres Ensayos» de Carlos Caballero para los que han pro­clamado un «naciona­lismo» opuesto al «cosmo­poli­tismo» y al «inter­naciona­lismo», es de­mostrar que los na­cio­na­lismos y la derecha radical no son, ni pueden ser, enemigos del cosmo­politismo y del inter­naciona­lismo. Es cierto que, cuando el «nove­centista» naciona­lismo radical in­sistió que una cosa era el «país real» y otra bien distinta el «país oficial», abrió la puerta para que un sector de ese naciona­lismo pudiera, más que evolu­cionar, re­volu­cionar­se, es decir, trans­formar­se.

Así pudieron aparecer fuerzas naciona­listas más o menos cons­cientes de una ene­mistad sus­tancial con el nacionalismo a secas, con el nacionalismo que siempre ha servido como última excusa de los canallas para sacri­ficar a los pueblos –tanto a los propios que dicen defender, como a los vecinos odiados que quieren someter o ani­quilar– en el matadero en defensa de intereses in­con­fesables.

¿Pero cómo han podido los naciona­lismos aparecer como alter­nativa al mundia­lismo, cuando no discuten el conte­nido de éste, sino sólo las fronteras del conti­nente? ¿Cómo han podido presentar­se como res­puesta política a los problemas de nuestros pueblos lo que deriva única­­mente de señales de «perte­nencias» naturalistas como la con­sangui­nidad o el asenta­miento perma­nente? Carlos Caba­llero también lo explica.

Sólo sumer­gidos en un clima de de­paupe­ración inte­lectual, un clima domi­nado por las simplezas del materia­lismo y de la filosofía positi­vista, y con un marcado indi­vidua­lismo, ha sido posible esta situación. Tratar de funda­mentar toda la acción polí­tica y todo pensa­miento en una cir­cuns­tancia terri­torial o etno­gráfica, es propio de una época y unas poblaciones infan­tili­zadas y posi­tivi­zadas.

Caba­llero nos expone al «Positi­vismo» como padre común del supre­ma­cismo racial y de las demás ide­ologías de la moder­nidad. Concebir a las naciones como especies obligadas a un constante e inevi­table anta­gonismo entre sí, es propio de la teoría de la evolución natural darwinista. Otra base común clave que com­parten con sus hermanos detes­tados «mundia­listas».

El naciona­lismo, al subor­dinar el pensa­miento y lo polí­tico a estas circuns­tancias des­criptivas y super­ficiales, comete la misma in­versión de la escala de valores que per­petran las ideo­logías que lo subor­dinan todo a los intereses eco­nómicos. Otro elemento que identi­fica estre­cha­­mente el nacio­na­lismo con sus tan odiosas ideologías eco­nomi­cistas, liberales o comu­nistas.

Si el nacionalismo es la defensa biológica –es decir, reac­tiva, instin­tiva– del cuerpo social o nacional, debido a esta fuerza de gravedad, más tarde o más temprano acaba iden­tifi­cando la nación con el modelo social esta­blecido, y se des­cubre completa­mente reac­cio­nario.

Si el naciona­lismo es la defensa de una línea histó­rica única, antes o des­pués, asume los inte­reses y la ideo­logía de los grupos de poder que han con­seguido tomar el control en la nación.

Si el nacio­na­lismo es la apo­logía de la mayoría natural o de la voluntad ge­neral, acaba, lógica­mente, de­sa­­cre­ditado como minoría in­con­gruente, y desar­mado ante cualquier moda que se im­ponga.

Sería in­justo olvidar que a lo largo de la historia han apare­cido algu­nos naciona­lismos re­volucio­narios o re­ge­nera­dores que reac­cionaban contra los males in­vete­rados de su nación, y contra las fuerzas insta­ladas y domi­nantes en ella, que con­siguieron alejar­se de esa fuerza de gravedad que es la defensa instin­tiva de lo nuestro a secas. Pero tu­vieron corto vuelo si man­tu­vieron la tara del naciona­lismo. Porque si quieren man­tener un empuje transfor­mador o re­gene­rador del cuerpo social y de su nación, que sea resistente a influencias disolventes o deca­dentes, tienen que des­prender­se de la carga del naciona­lismo, que les empuja a quedar atra­pados en la acep­tación y rec­reación de las miserias nacio­nales.

El naciona­lismo acaba exaltando y con­vir­tiendo en virtud las miserias de la nación, y des­cargando toda la res­pon­sabi­lidad de los problemas o de los errores en «agentes extran­jeros». Así los males, los errores, los proble­mas, nunca son con­secuencia de causas, agentes ni pro­cesos inter­nos, sino que se deben, siempre, a una «in­vasión», a los «cuerpos extraños».

Un libro anti­rracista tan in­cómodo...

que ha sido secuestrado por policías y jueces

de la Demo­cracia «anti­rracista»

Pero como hemos señalado, los tres ensayos de Carlos Caballero no sólo son incómodos para el frente nacionalista y polí­tica­mente in­co­rrecto que hemos des­crito, sino que lo es para el frente de lo Polí­tica­mente correcto.

Basta señalar un hecho clave: no han sido los naciona­lismos ra­dicales ni fascistas, ni grupos apo­logistas del supre­macismo blanco, los que han im­pedido la difusión de los «Tres Ensayos». No han sido ellos. Han sido las institu­ciones demo­cráticas, es decir, el esta­mento oficial del «bloque opuesto», el frente anti­rracista, las que ha secues­trado este libro... un libro que ataca el racis­mo con funda­mento.

Para nosotros esto constituye, más que una señal, una prueba de la suma in­como­didad de las explicaciones de Caballero. Pero enten­de­mos que el secuestro de este libro editado por Edi­ciones Nueva Re­pú­blica –además de cons­tituir una prueba contun­dente de otro enorme fraude, de otra siniestra patraña: que la Monar­quía Parla­men­taria y su España Cons­titu­cional es «un régimen de libertades públicas para los españoles»– es, sobre todo, una prueba que al frente anti­rracista le molesta pro­funda­mente una crítica fundada, real, de la xeno­fobia y del naciona­lismo. Si a eso se añade que, posible­mente, también le molesta que se denuncie la Glo­ba­lización –realizada por Caballero en su tercer ensayo– al margen de la anti­globali­zación auto­rizada por los mismos globali­zadores, eso quiere decir que han matado tres pájaros de un tiro.

Porque como ha denunciado otro pensador in­cómodo –el francés Charles Cham­petier– a propósito de la tormenta y del escán­dalo que ha despertado el Frente Nacional «cuando dicen que todos critican a Le Pen, se equivocan: Le Pen no es criti­cado, sino “demo­ni­zado”: se le trans­forma en “figura del Mal”, como ocurre con Hitler o Stalin, pre­cisa­mente para no tener que criticar­lo en cuestiones sustan­ciales. Los inte­lec­tuales ofi­ciales pre­fieren tocar la fácil parti­tura del Mal abso­luto, re­ducir­lo a una re­acción afec­tiva de re­pulsión orques­tada por los “media” ». Cham­petier mismo ha citado lo explicado por otro autor también in­cómodo, y por tanto también silenciado –el alemán Botho Strauss–: «Lo que el pensa­miento domi­nante ex­comulga, en realidad lo cultiva, lo ali­menta en grandes dosis y a veces in­cluso lo compra y lo man­tiene. El rostro im­pasible del pre­sen­tador y la boca vocife­rante del xenó­fobo forman la cabeza de Jano política».

Cham­petier ha explicado esta misma cabeza que señalaba Strauss «¿Qué alter­nativa se opone a la presunta “supe­rioridad” de ese Occi­dente blanco y cristiano de los argu­mentos lepe­nistas? ¡La supe­rio­ridad del Occi­dente liberal! Sostener la validez uni­versal e im­perativa de la ideo­logía de los derechos humanos y de la eco­nomía de mercado, im­poner a los in­mi­grantes su asimi­lación a un modelo consi­derado ejemplar –aunque todos sus pilares: Iglesia, escuela, partidos, sindi­catos, ejér­cito, sistema salarial, etc, se hallan en crisis–, oponer a la mise­rable argucia de una in­migración “racial­mente in­deseable” el argu­mento medio­cre de una in­migración “eco­nómica y demo­gráfica­mente útil”, todo eso significa ahora y siempre obe­decer al mismo im­pulso de dominio de un Occi­dente que deci­dida­mente no alcanza a pensar al Otro, si no es términos de nega­ción, ex­pulsión o con­ver­sión (...) Las soflamas naciona­listas y los ser­mones uni­ver­sa­listas vienen alime­ntados por el mismo deseo funda­mental de homo­genei­dad (...) Nunca se hará re­tro­ceder a la ex­trema dere­cha defen­diendo un sistema que por todas partes des­truye las comu­ni­dades de per­te­nencia y de con­vi­vencia, que considera la com­petencia de todos contra todos como el modelo único de vínculo social y que eleva sin com­plejos su propia historia al rango de destino plane­tario»

Ésta es la razón por la cual el antirracismo mundialista y los nacio­nalismos xenófobos acaban prestán­dose ayuda uno al otro. No es, por tanto, un colaboracionismo mera­mente coyun­tural, ni extraño, ni ca­sual, ni contra­natura.

El ejemplo del secuestro de este libro «Tres Ensayos contra la Moder­nidad» por parte de la policía y la justicia de la Monarquía parla­mentaria, es para nosotros, no sólo una coincidencia de acción por parte de los bien­pensantes anti­rracistas con sus supuestos con­trincantes, los naciona­lismos, sino otra muestra de simbiosis y de su unidad de hecho.

 

 

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Nuevas realidades en Oriente Próximo

Carlos Ramiro

La situación en Oriente Próximo se ha trans­for­mado durante estos tres meses. Podemos de­cir que se han producido grandes cambios, si bien con unas repercusiones difíciles de vis­lum­brar en estos momentos.
Quizás la más pa­ra­dójica sea que la lucha por la demo­cra­tización, al estilo liberal capitalista, que Occi­dente está librando en esta zona del planeta ha producido unos resultados contrarios a los esperados.

 Egipto

En el país del Nilo, los Hermanos Musulmanes, si bien se presentaron en listas independientes y para cubrir sólo unos 150 escaños aproxi­ma­da­mente, consiguieron casi 80. El resto de la oposición política, lai­cos liberales e izquierda, consiguieron resultados mínimos y el partido en el poder logró, en sus propias listas, unos resultados irrisorios que sólo fueron salvados por la reincorporación al partido de los diputados ele­gi­dos a través de candidaturas independientes. El partido apoyado por los EE.UU, «Suficiente», no consiguió nada. Parece claro que si los Her­ma­nos Musulmanes se hubieran presentado para cubrir todos los es­caños en juego, habrían conseguido una victoria similar a la ob­tenida por Hamas en las elecciones de enero en la Palestina ocu­pa­da. Así pues está claro lo que se espera en Egipto si el proceso de aper­tu­ra continúa, con una situación que se agrava con la sucesión del dic­ta­dor Mubarak. Pensemos que el clima de estas elecciones se fue en­ra­re­ciendo conforme iba quedando cada vez más claro que los Her­ma­nos Musulmanes iban a obtener unos resultados inimaginables. La úl­ti­ma ronda de las elecciones se llevaron a cabo bajo la presión directa del Estado, con bandas de matones fustigando a la oposición y a los pro­pios votantes, con el ejército sellando barrios enteros conocidos por su militancia a favor de los Hermanos Musulmanes, para impedir que fuesen a votar, y con las fuerzas de seguridad del Estado dete­nien­do a destacadas figuras del movimiento. Y a pesar de todo esto, los Hermanos Musulmanes lograron ser el segundo partido más vota­do, de­mostrando ser la fuerza política real del país y poniendo un in­te­rro­gante sobre la evolución futura de Egipto. Un interrogante que apa­recería resuelto al mes siguiente en la Palestina ocupada.

 

Palestina

 

Éste es el segundo terremoto de la zona. Está claro que no se pueden catalogar de elecciones democráticas las llevadas a cabo en la Pales­tina ocupada ¿Pero cómo lo van a ser bajo la opresión de una ocu­pa­ción, los controles de las fuerzas armadas sionistas y la imposibilidad de disfrutar de libertades mínimas? Incluso Gaza, ahora liberada de la presencia interna de los colonos paramilitares judíos y del ejército sio­nista, no deja de ser más que una gran prisión. Pero a pesar de todos los inconvenientes, el triunfo del movimiento de resistencia islámico Hamas supone la apertura de una nueva era en la política de ocu­pa­ción. Tras su triunfo, Occidente ha puesto el grito en el cielo y ha im­puesto una serie de condiciones inaceptables para seguir la ayuda a un pueblo desterrado y aprisionado en su propia tierra: re­co­no­ci­mien­to del Estado de Israel, cese de la resistencia y aceptación de los acuer­dos de Oslo y de la Hoja de Ruta (estas dos últimas condiciones, por cierto, nunca han sido cumplidas por el ente sionista) Si no aceptan estas exigencias, la Autoridad Nacional Palestina (que de “autoridad” solo tiene el nombre) dejaría de recibir las ayuda que ahora le envía la Unión Europea y la ONU, e incluso el ente sionista, que está obligado por esos mismos acuerdos a entregar el dinero de la recaudacion de im­puestos que pertenecen a la Autoridad Nacional Palestina, anuncia que en el mismo momento que Hamas forme gobierno dejará de in­gre­sár­selos. Ahora bien, si estas amenazas se cumpliesen, el único que su­frirá esta vuelta de tuerca en las condiciones será el pueblo pales­ti­no, aunque otra consecuencia no querida (de las que abundan tanto en la política de la zona) pondría al descubierto el papel de potencia ocu­pante de Israel, obligándole a correr con todos los gastos para el mantenimiento de la población ocupada, tal y como exige la Con­ven­ción de Ginebra. Porque hay que decirlo claro para deshacer otra “ver­dad a medias” que los medios de comunicación occidentales han dado para engañar a su público: es cierto que los países donantes ayudan a la población palestina bajo la ocupación, pero no lo hacen por este pue­blo sino para liberar al ente sionista de una carga que haría in­sos­te­nible la economía judía.

 

En otro lado tenemos a la OLP, que ha sido borrada del mapa político desde el momento en el que ha existido, por escaso que sea, un mar­gen para ello. La corrupción manifiesta de los dirigentes políticos de la OLP y su incapacidad para lograr algo en su política de negociación, han cavado su tumba. Está claro también que ha sido la debilidad es­tructural de la OLP la que ha posibilitado su desalojo del poder, ya que si estas elecciones se hubiesen producido en cualquier otro país árabe pro­bablemente Palestina habría terminado como el caso de Argelia, y es ésta la otra perspectiva desde la cual ver estos sucesos. En efecto, junto al hecho de representar un golpe a la ocupación sionista, es una llamada de advertencia a los regímenes dictatoriales árabes que ven como su control del poder se va resquebrajando, poco a poco pero de manera imparable. Cómo reaccionarán tales Estados frente a estos cam­bios es la gran cuestión a resolver. Pero aún cabe otra lectura: un movimiento islamista ha llegado al poder (por muy limitado e irreal que sea en sus aspiraciones) tras haber conjugado, al mismo tiempo, la lu­cha directa contra la ocu­pación con la acción política diaria, a través de actividades como las ayudas a la población, y no a través del mé­to­do terrorista utilizado por otras organizaciones de los 80 y los 90, vía luego defendida como único medio posible por el movimiento de la Yi­had mundial simbolizado por Bin Laden, Zawahiri y El Zarqawi. La rea­li­dad del triunfo de Hamas les da la espalda y muestra que el úni­co medio de reislamizacion de las sociedades árabes pasa por la acción política y social.

 

En los últimos días parece que la reacción inicial occidental se ha ido moderando y que ahora Rusia se presta como mediador, habiendo in­vitado a los lideres de Hamas con el respaldo de Francia. La realidad, aunque sea dura para Israel y los EE.UU, obligará a la apertura de ca­nales de diálogo o, al menos, a la coexistencia, porque al fin y al cabo el pueblo palestino habló y le dio su voz al Movimiento de Resistencia Islámica.

 

Iraq

En Mesopotamia todo sigue igual. La elecciones de diciembre dieron el triunfo a la coalición de partidos religiosos shiítas (cuyo partido más importante es el Consejo para la Revolucion Islamica de Iraq) y con unos buenos resultados para los partidarios del clérigo Muqtada Sadr. El partido laico del antiguo primer ministro Alaui, apoyado por EEUU, no pudo alcanzar una presencia significativa, y la oposicion suní logró apro­ximadamente el 20 por ciento de los escaños.

 

La resistencia de base suní se mantiene, demostrando la incapacidad norteamericana para pacificar el país, con las quejas de los partidos shiítas de que no lo hace ni deja hacerlo para que la inestabilidad con­tinúe y sea imposible la vida normal. Este reto está cada vez mas lejos como han demostrado las auditorias de los proyectos realizados por el gobierno norteamericano, que demuestran que ninguno de los sec­tores estudiados ha alcanzado ni siquiera los niveles de preguerra: ex­trac­ción petrolifera, generación de electricidad, agua potable, sistema de alcantarillado... Y que las proyecciones de futuro auguran un por­ve­nir aún más incierto. Y es ésta la faceta de la campaña de resistencia que pasa más desa­per­cibida: una campana estratégica contra la infra­estructuras del país que hace imposible la reconstrucción y ante la que el ejército norteamericano y los contingentes “de seguridad privada” se ven incapaces de hacer nada. Una pregunta que debemos hacernos es si la incapacidad de los EEUU es una incapacidad real o es una calculada.

 

Así pues vemos que para un futuro próximo, la situación en Iraq cam­biará poco. Las variables a considerar serán las siguientes: si los partidos ganadores proseguirán con su acercamiento a Irán; si la re­sistencia tendrá ca­pacidad de paralizar al gobierno; y por cuanto tiem­po los estadounidenses permitirán que sus soldados sigan muriendo por una “planificación” tremendamente desastrosa de la posguerra por parte del “Eje del Bien”...

 

Pero como están las cosas en la actualidad, el gran beneficiado es Irán, aunque se pudiese pensar que el objetivo inicial de las todas las guerras en la zona (las de Iraq y Afganistán, especial­mente) era su ais­la­miento y el forzar un cambio de régimen. Si éste era el gran obje­tivo de los que, prime­ro em­­­prendieron, o respaldaron, en los 80 la I Guerra del Golfo contra Irán, y en los 90 el avance Talibán en Afga­nistán, y cambiando de siglo decidieron ocupar directamente tales paí­ses, no se puede decir que les estén saliendo bien las cosas.

 

 

 

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Recambio de totalitarismos (II)
Natalia Segura
El totalitarismo liberal necesita compañera

En el artículo anterior se repasaba, sintética­mente, los siglos XIX y XX, y el pre­dominio de las fuerzas abiertamente laicistas. Tras el libe­ralismo del XIX, se recordó el auge y desa­rro­llo de los totalitarismos del XX, también lai­cis­tas, pero rivales u opuestos al liberalismo. Pese al enorme auge de los tota­litarismos anti­li­be­rales (tomados como grandes pro­tagonistas del XX) este siglo pasado fi­na­lizó con la Caída del Muro y la Tormenta del Desierto, que deshi­cie­ron estados y polos de poder que sostenían sistemas antiliberales. La «vuelta de los na­cio­na­lismos» en la última década del siglo no hizo más que precipitar a la ruina interior, física y moral, a diversos países donde tuvieron éxito (Yugos­lavia o Ruanda fueron buenos ejemplos). Sa­be­mos que no es la única razón (ni la más importante) que hace que los micro na­cio­na­lismos no sean rivales para el bloque vencedor en la Guerra Fría, pero es suficiente constatar que allí donde se han de­sa­tado no han he­cho más que movilizar en­tu­siasmos para multiplicar agravios, en­frentar entre sí a los pueblos de un mismo territorio y des­cuartizar sus estados, dejando los restos para que se los lleve la te­mi­da marea homo­ge­nei­zadora que sumerja esos “he­chos diferenciales” y cualquier ámbito soberano que preten­dían con­quis­tar o con­servar.

Por tanto, el camino de la victoria mundial del Occi­dente libe­ral­-capita­lista parecía quedar des­pejado y seguro. La tan citada “Globalización” no es, ni mucho menos, sólo la evidencia que los tiem­pos “avanzan una bar­baridad” tec­no­ló­gica­mente y que las tele­co­mu­nica­ciones han em­­peque­ñecido nuestro mundo. Ante todo la Glo­balización es la cons­tata­ción de la mun­dia­lización de un determinado mo­de­lo so­cio­e­co­nó­mico, y la di­fu­sión y pre­do­minio de un único pen­sa­miento. Ha­blar de “otras globa­liza­cio­nes” distintas u opuestas a la única que hoy se des­pliega (como hacen algunos sec­tores) entra den­tro de la litera­tura fan­tás­tica o de las acostumbradas intoxicaciones lanzadas para confundir al público (o para confundir los deseos de al­gunos con la realidad).

Aunque los pueblos de los países occidentales hayan vivido con esto, resulta curioso (y hasta sorprendente) ver que, durante tan­tos años de Guerra Fría, mientras las espadas (o misiles) se man­te­nían en alto an­te la Unión Sovié­tica, pero también cuando ésta se hun­día con sus satélites e, incluso, durante la década pos­terior a la Caída del Muro, el para­digma «progresista» haya sido el pre­do­mi­nan­te en la ma­yoría de los públicos de Occi­dente. Quizás en el futuro será difícil que la gente lo crea. Pero todos hemos vivi­do (algunos in­cluso he­mos sobrevivido) al predominio cultural y me­diá­tico de la «iz­quierda oficial», que todavía hoy domina varias parcelas del “mercado”. El «pro­gre­sismo» era quien ad­mi­­nistraba el mundo de las ideas plas­ma­das y lo que estaba bien vis­to. Cualquier elemento que no recibía su bene­plá­cito era, auto­má­ti­ca­mente, observado como sospe­cho­so o peligroso.

Dos de esos elementos puestos en entredicho por el «progre­sismo» (cuando no ata­cados sin disi­mulo) han sido los conceptos de Nación y Re­ligión. En efecto, el humanismo inter­nacio­na­lista y el lai­cis­mo anti­rre­li­gioso o mate­rialista eran otras de las significativas convergen­cias con el bloque co­mu­nista... pero también eran prácticamente asu­midos, sin gran problema, por el “mundo” socio­eco­nó­mico y político de­cla­ra­damente liberal-capi­talista, que siempre pudo aceptar y hasta iden­ti­fi­carse mucho más con estas dos bases del «pro­gresismo» que con otros apriorismos del mismo. La na­ción se dejaba para las rei­vin­di­ca­cio­nes nacionalistas y los deportes de masas, y la religión para el ám­bito privado y folclórico de la gente. Esos dos elementos capi­ta­les del para­digma «progre», al re­coger o coin­cidir sustancialmente con las ideas e inte­reses de unos y otros, fueron de los que mayor acep­ta­ción tuvieron en el “credo” establecido oficiosamente en Occidente.

Constatábamos que el modelo privatista y mercan­tilista que com­petía con el mo­delo comunista acabó venciendo y que los adver­sarios se “con­vencieron” por «exi­gencias de la historia» (o por la ne­cesidad de «cazar ratones» como dijeron gráficamente el “rojo” Deng Xiao Ping y el “socialista obrero” Felipe González). Pero hemos re­cor­dado que esa aceptación del capitalismo liberal se impuso y acep­tó por con­ve­nien­cia (o por fatalidad); lo que “convencía” era el hecho fatal de la victoria del liberalismo, es decir, porque no quedaba “más re­me­dio”. El predominio de las leyes y de la cruda lógica del economicismo pri­va­do, que había des­preciado las grandes ideologías y «meta-re­latos» del siglo XX, ga­na­ba con todas las consecuencias y empezaba a ha­cer sentir todas sus exigencias económicas y sociales, tanto en el ám­bito na­cional co­mo global. Pero el liberalismo había sido, y seguía sien­do, in­capaz de ganarse los corazones no sólo de la mayoría de la gente, sino ni si­quiera de una minoría amplia.

Pero ¿Acaso el empuje y la consolidación “técnica” de este sistema necesita de una movilización de entusiasmos populares? ¿Acaso ha per­judicado al empuje y desarrollo del capitalismo actual el hecho que, durante varias dé­cadas, los “re­sortes” del relato de creencias hayan estado en manos de “rivales” o “correctores” suyos como presumían las «fuerzas pro­gresistas»? ¿Acaso lo que ha ocurrido en el siglo XX no demuestra que las leyes del “puro mercado” pueden derribar todos los obstáculos y salir vencedoras sin necesidad de un “frente de las ideas” fervoroso fiel? Nuestra res­pues­ta es que esta convicción ha si­do dominante en las fuerzas de lo que en España llamamos la «dere­cha»: bastaba se­guir las leyes del “libre mercado” para desencadenar un proceso inevitable, sin nece­sidad de plantear movilizaciones o ba­tallas por las ideas o los sentimientos.

Los tres nuevos sostenes totalitarios del “orden” mundial

En la parte anterior del artículo recordábamos que el liberalismo ha ne­cesitado compañeros de viaje que luchen por abrirle paso, le cubran los flancos y le protejan las espaldas. Indicamos que cuando las crisis y re­vo­luciones de la I Posguerra mundial fueron levantando, en todo el mundo “desarrollado”, diversos y potentes frentes enemigos del libe­ralismo, los gerentes del «Mun­do Libre» consiguieron la confrontación de los na­cio­nalismos entre sí y de éstos con los revolucionarios colec­ti­vistas.

Y aun­que las po­tencias aliadas contaron con mucho más re­cursos ma­te­ria­les que los demás con­ten­dientes, jamás soportaron el peso de aque­llas con­fron­taciones titánicas, ni aparecieron nunca en las posi­cio­nes más arries­gadas. Y cuando su gente luchaba, no lo ha­cían mo­tivados por las exi­gen­cias del liberalismo. Los demócratas de Amé­ri­ca recurrieron a una propaganda racista anti­ama­rilla que igua­ló la famosa del ministro Goebbels que equiparaba judíos con ratas de alcantarilla. Ésta es la historia del libe­ralismo: para sobrevivir y afrontar momentos de con­fron­tación o de gran tensión, necesita parasitar y apoyarse en ele­men­tos “adjuntos”. Porque sus famosas leyes economicistas, su lógica pragmática, sus ideales individualistas y su cruda rea­lidad, son in­ca­paces de mantener el corazón y movilizar in­ten­samente a casi nadie.

Laureano Luna señala que las fuerzas partidarias de la Globa­li­za­ción se dividían en tres grandes tendencias: la primera son los liberales pu­­ros, que confían el desarrollo y consolidación del proceso a las fuer­zas puras del mercado; la segunda son los socialdemócratas, que pien­san que el mercado global debe y puede ser controlado por ins­ti­tuciones pú­blicas de alcance mundial; y la tercera es la de los neo­con­serva­dores, que se dan cuenta muy bien que el puro mercado no garan­tiza el triunfo de la Globalización y apuestan por un impulsor y con­trolador po­lítico-militar. Luna considera (y nosotros con él) que los neo­con­ser­vadores son, con mucho, los más realistas. Porque el libe­ralismo puro, en solitario, como hemos dicho, no consigue controlar los países; y porque la posibilidad que unas ins­tituciones mundiales no sólo lleguen a ser capaces de con­trolar o de corregir el capitalismo, sino si­quiera de existir, son prácticamente nulas. Los EEUU, en cam­bio, existen co­mo realidad política, eco­nómica, tecnológica y militar hege­mónica.

Pero lo que interesa ahora no es el sostén “corporal” (o político-eco­nó­mico-técnico-militar) del ”orden” mundial, sino señalar el nuevo sostén ideológico que lo justifica y gana las mentes de las gentes, es decir, lo que importa es identificar las bases del nuevo paradigma en los países occidentales: el paradigma que están estableciendo los neo­con­ser­va­dores. Éstos son los que están le­van­tando el nuevo dis­cur­so cultural do­minante que está sustituyendo al pro­gre­sismo como recambio ideo­ló­gico para sostener la nueva fase de la misma realidad política, social y económica que viene de­sa­rro­llán­do­se desde hace unos siglos.

El principal propósito de estos dos artículos es combatir la creencia que el discurso justificador de la nueva fase del liberal-ca­pi­ta­lismo mun­dial se reduce a una aceptación realista del poder físico de los EEUU, a la justificación cínica de la ley del más fuerte o la ve­ne­ración por el capital. Por supuesto que el prag­ma­tismo filo ­­ame­ricano es pro ame­ricano tanto por ser­ prag­mático (arrimarse a EEUU por ser el ”sol que más calienta”) como por sentirse plena­mente identificado con el principal motor del modelo americano: el individualismo y la justifi­ca­ción de todo por acumular capital. Asimismo, la tendencia de colocar­se auto­mática­mente a favor del poder sólo por­que es el poder, puede con­siderar­se como el sustrato más hondo de los grupos de la derecha en dife­ren­­tes épocas, lugares y con­diciones. Por eso, este realismo que siempre se suma al polo de mayor poder y lo jus­ti­fica por el simple hecho de ser el poder más efectivo, puede verse legítimamente co­mo el remate o el sustrato de todo lo demás. Como en el mundo capi­ta­lis­ta lo que tiene más fuerza normalmente (nor­mal­mente, se advierte) es el capital, la de­re­cha justifica plenamente el do­minio de los que deten­tan el dinero sim­plemente porque lo tienen.

Pero la justificación de los puros intereses y la acepta­ción del “de­re­cho” que reposa en la con­cen­tración de bene­ficios y en el poder bruto, serán los determinantes principales en la sociedades capita­lis­tas, pe­ro nun­ca han sido suficientes para sostener la adhesión de la gente du­rante mucho tiempo, y menos cuando ésta se ve sometida a presión. Esto lo sa­bían los viejos libe­rales, y de esto se dan perfecta cuenta los neo­con­ser­vadores: no sólo de la cartera vive el hombre por muy ma­te­rializado que se encuentre. Los sentimientos, las pasiones, las creen­cias, los mitos (o pseudomitos) cuentan también, y mucho, para que la gen­te haga mucho más que “funcionar” como autómatas y respalde al poder establecido. Para poder habitar una casa, no es suficiente tener seguro el suelo, los muros, el techo, las puertas... se necesita ca­lidez.

Dare­mos un re­paso a los tres nuevos “pilares” s­en­ti­mentales o ideas-fuerza que dan ahora “calor” a las entrañas de la fría mecánica del prag­ma­tismo y el des­potismo de la veneración del capital.

1 - El nacional-occidentalismo

La usurpación del concepto nacional por parte de los conservadores (li­berales o “autoritarios”) se ha vuelto clásica. Consiste en confundir la Na­ción con la ideología, las leyes y los intereses de un sector deter­mi­na­do de la nación. En general, a través de este aca­para­miento ab­so­lu­to, los conservadores identifican lo “nacional” con el man­te­ni­miento del marco jurídico, social, económico y cultural con­ve­niente pa­ra la clase do­minante. El nacional-occi­denta­lismo no deja de ser la re­cuperación, con mayor fuerza, de esa usur­pación y confusión: asociar las naciones inmersas en Occidente y sus his­torias nacionales con el sistema occi­dental (un sistema que paradójicamente nació atacando la historia). Al igual que la gente suele confundir tradi­ción con cos­tumbres de ayer, las derechas neo­conservado­ras promueven la confusión de la his­toria nacional de los países de Europa y el conti­nente ame­ri­cano con el sis­tema impuesto en la era contemporánea. De esta forma, los europeos y americanos que a lo largo de la historia han seguido o luchado por seguir modelos dife­rentes u opuestos al im­puesto hoy, son literal­mente olvidados, tergi­versados o pasan a sumar la “Anti-Europa” (o la "Vieja Europa" como la llamaba Ronald Runsfeld).

En España conocimos hace me­dio siglo el nacional-catolicismo, que teóricamente anulaba la con­di­ción de españoles a los que no fueran cató­licos romanos, y oíamos emplear el término “Anti Es­paña” para las ex­presiones contrarias a la dictadura de Franco. Cierta disposición a no tomarse las cosas muy en serio hizo que aquella situación no fuera aún más asfixiante y totalitaria, pero fue más que suficiente. Cincuenta años des­pués España sigue pagando muy caras las con­se­cuen­cias de haber per­mi­tido esas identificaciones: el mismo concepto de España des­pierta una enorme repugnancia en gran parte de los españoles.

Lo que tratamos en esta página es de recordar la gran fuer­za poten­cial que tienen las apelaciones a “nuestra tierra y nues­tra sangre”, las re­fe­rencias a lo señalado como “propiamente nuestro”, aunque no lo sea. Unos colores no despiertan por sí mismos emo­cio­nes intensas, pero lo hacen cuando son asociados a lo que unas personas iden­tifican como colectivamente suyo. Es aquí donde entra en liza la primera gran ma­ni­pulación neoconservadora: nadie sentiría, se mo­vería o arriesgaría mucho por defender el des­po­tismo de la implacable lógica mercantil e individualista... a no ser que ésta se asu­ma como “algo nues­tro”, algo que sea parte del ser español o del ser europeo. De esta forma, mu­chas situaciones políticas, sociales, económicas y culturales que du­rante los últimos tiempos han colado o se han im­puesto, si­guien­do pa­trones ideológicos o inte­reses de poder o capital clara­mente exigidos por unos sectores particulares en detrimento de otros (e incluso en contra de lo querido por una enorme mayoría de la nación) pasan a convertirse, por obra y gracia de la derecha neo­con­servadora, en fun­damentos de la identidad española o europea. No es broma decir que, hoy, se puede llegar también a sostener que los altos bene­ficios de la banca o la droga en las escuelas son insti­tu­cio­nes y señas de iden­ti­dad nacionales irrenunciables, y que los que quieren cambiar o com­batir­las son ene­migos de España o de Europa. Con los neocon­ser­va­dores se consigue catalogar a todos los disi­dentes europeos e hispa­no­americanos como ex­tranjeros en su propia tierra. Este es el primer sostén totalitario (para nosotros el más poderoso y letal para las alter­nativas europeas) que este siglo aparece acompañando al liberalismo.

2 - El liberal-cristianismo

Si clásica es la identificación de la Nación con los intereses, leyes e ideas propias de los sectores que la dominan, y el nacional-occi­den­ta­­lismo no deja de ser la re­cu­pe­ra­ción (con más intensidad) de esa con­fusión, el liberal-cristianismo no deja de ser una “vuelta a los orígenes” a ciertas ideologías reli­giosas que iniciaron su auge en el XVI.

Cuando en España se habla de ideología reli­giosa se tropieza con un gran pro­blema. Como la in­cultura reli­giosa es enorme, la re­ligión se re­duce a “re­ligiosidad” e, incluso, a “de­vo­ción”, y no sólo no exis­te dis­posición a en­tender que las religiones son diversas, sino que tam­poco se entiende que se dan varias ideo­logías en una “misma religión”. Por tanto, definir ramas e ideologías reli­gio­sas suena como si se hablara de “burros volando”, pues en Es­paña los conflictos religiosos se han visto como peleas por aceptar o rechazar al Papa, rendir o no de­voción a la Virgen, o  disputas para ver que pueblo "se queda" con unos objetos o restos reputados como religiosos. Por eso también, cuando se de­nuncia una determinada corriente o rama de una religión, se to­ma tal como un ataque a esa religión o, in­cluso, al mismo hecho religioso.

Así pues, cuando se señala la “vuelta a los orígenes” de una ideología cristiana se habla únicamente de la rama que amparó el despegue del capitalismo occidental. Lo que aquí se señala es que, hoy por hoy, lo que más influye en las diversas igle­sias es la ideología que los evan­gélicos contrarios a ella han denominado la “teología de la pros­pe­ridad”. En España, la “mayoría natural” de los considerados católicos aceptan de hecho, o defienden, una visión de la socie­dad que en el XVI fue aso­ciada a los “herejes”: la calvinista. Cierto es que se pue­den mostrar en­cí­clicas papales (unas son ciertamente in­te­resantes y críticas hacia el sistema) que desmientan esta visión, pero la población señalada uti­liza al Papa para “creer” que es el “jefe”, pero sin “practicar” ja­más la obediencia hacia ese “jefe”. Sus encíclicas no sirven de nada.

Sabemos que el liberalismo posterior es una ideología completamente secularizada y que, incluso, durante una época, sirvió de vanguardia contra cualquier subordinación confesional. Lo que ha sucedido es que los neo­con­servadores, tomando nota de las consecuencias disol­ven­tes del se­cu­­la­rismo y relativismo liberal para la "moral de la tropa” en las sociedades occi­den­tales, “han vuelto a los orígenes” del liberalismo para lograr le­van­tar el ánimo y la disciplina de los individuos encadenados a la ago­biante ma­quinaria del productivismo, el consumismo y el desperdicio. Para nosotros queda claro que es una impostura asociar Cristiandad con Ca­pi­talismo, pero esta asociación se está realizando no por los enemigos de­cla­rados de Cristo, sino por parte de sectores que se califican “cristianos”.

Pero esta arbitraria asociación no se hace sólo para levantar la "moral de las tropa" (como hizo Stalin en 1941 con los rusos, o Saddam en 1991 con los iraquíes) sino para agregar otro elemento de gran fuerza potencial al totalitarismo mercantilista: la convicción que Occidente y Ca­pitalismo no sólo son una civilización y un sistema socioeconómico y cultural que­ridos por Dios, sino "El modelo" terrenal de la única forma legítima de "sentir y estar con Dios": la de la “teología de la prosperidad” (“pro­tes­tante”, “católica” o “judía”). Nos en­contramos con una fenomenal im­pos­tura que no sólo convierte en “sa­grado” una civilización materialista e in­di­vi­dualista, sino que la encumbra en “única y verdadera”. Los efectos to­ta­litarios de tal con­fusión absolutista son mucho peores que los tota­lita­rismos lai­cis­tas del siglo XX (incluyendo estalinismo, hitle­ris­mo y maoís­ta), pues éstos no utilizaron “el nombre de Dios en vano” para erradicar a los ene­migos. Éste es el segundo sostén totalitario (más ab­so­lutista y de­vastador por esgrimir una “localización monoteísta”) que acom­pa­ña al liberalismo a principios del milenio.

3 - El “liderazgo liberador” americano

Cuando se cita América automáticamente se piensa en los EEUU (el haber acaparado el término de todo el continente es significativo: ellos son los americanos de ver­dad, y los demás pues no se sabe que son). No se entra hoy en la injusticia de este hecho, sino reconocer lo que saben muchos lectores: la his­toria es quizás la más importante ciencia social utilizada para justificar el poder de naciones, grupos y personas. Cuando el presente aparece injustificable, y nadie se cree las prome­sas de futuro, de in­me­diato el poder recurre a justificarse en la his­toria.

Y esto es lo que hacen los propagandistas de EEUU y las derechas actuales de casi todo el mundo: justificar la sujeción de todos los países del globo al “lideraz­go” estadounidense, por la función “liberadora” mundial ejercida por tal poten­cia en el pasado inmediato. Las naciones del mundo, dicen, han de mos­trarse agra­de­cidas a los EEUU (y por tanto deben someterse a ella) porque defendió el «Mundo libre» ante el expansionismo soviético en la Guerra Fría, nos salvó del imperialismo japonés y del belicismo nazi-fascista en la II Guerra Mundial, y sostuvo a los aliados frente al militarismo de los Imperios Centrales en la I. Esa derecha calla, claro, que la inmensa mayoría de los muertos de la Guerra Fría, de la II Guerra Mundial y de la Gran Guerra no fueron estadounidenses. Pero la realidad de los hechos históricos no cuentan: en el presente cuenta sólo lo que se cuenta (disculpen la redundancia) y para cada vez más gente, el “Atlas” que sostuvo el mundo con sangre, sudor y lá­gri­mas contra las fuerzas del mal durante el siglo XX, fueron los EEUU.

Sabemos que las razones históricas no pueden ser determinantes, pe­ro influyen muchísimo en el imaginario colectivo, y en España lo he­mos comprobado con el desentierro de la Guerra Civil (se presta más atención a donde van a parar los originales del Archivo de Salamanca o las estatuas de Franco, que a la seguridad de nuestras viviendas o de nuestras calles). Con ser muy importantes los otros pun­tales in­cor­po­rados para sostener, en el sentimiento pseudomítico de las masas, el edificio liberal, no deja de ser tampoco importante la tergiversación de la historia para convertir a los EEUU en “padres del Mundo Libre”, y acep­tar que las de­más naciones son “irresponsables”, “desvalidos” o “idiotas” que no se pueden dejar solas.

No ha de resultar extraño que esto sea lo que se sostenga en EEUU. Pero ¿Acaso es sorprendente que esto se piense en Europa y en His­pa­noamérica? Nosotros decimos que no lo es, porque cuando en unos pueblos se ha impuesto la idea que es “peli­groso” o “inconveniente” (e incluso un signo de “pueblos atrasados”) el sentido de amor propio y de dignidad colectivas (y de esto se ha en­cargado la “intelectualidad” progresista, empeñada durante décadas en extirpar tales conceptos para evitar resistencias a su proyecto de “cementerio feliz” carente de con­flictos) no puede espe­rar­se otra cosa que una men­talidad y un com­portamiento general abyecto ante el más poderoso. Y no sólo es ló­gi­ca esta actitud consigo mismos, sino el convencimiento que todos los pueblos del mundo han de comportarse igual de in­dignos que ellos. La ani­mad­ver­sión de muchos europeos e hispanoa­me­ricanos hacia los reductos de re­sistencia anti­­americana es el odio de los serviles que no odian sus cadenas ni se irritan con aquellos que los encadenan, sino que dirigen su odio y resentimiento hacia los que sí se resisten o tienen el coraje de intentar escapar de la ser­vi­dumbre, pues esta actitud insumisa les afrenta y les coloca en un contraste de la Vergüenza muy difícil de admitir para quienes, además, han sido criados en una creencia de superioridad innata, como sucede con los miembros de las sociedades occiden­tales.

ORIENTACIONES

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No permitir que la bandera identitaria caiga en manos etnicistas
A. González

En las últimas décadas, diversos grupos y tendencias han ido aparecien­do en escena para proclamar su rechazo frontal al avance de la uniformi­zación y disolución general de los pueblos. Una uniformización y disolución que se ha acelerado en el interior de cada estado, y que super­potencias, organismos y corporaciones multinacionales han ido forzando a lo largo y ancho del mun­do. Para combatir esta apisonadora mundialista y mundializada que va laminando y desnatura­lizando culturas y naciones, muchos grupos «in­conformistas» («en contra de lo que hay») han adoptado el nacio­nalismo y esgrimido los «hechos diferenciales» étnicos como soporte principal de su causa.

Pero esgrimir, a secas, los «hechos diferenciales», nada significa en reali­dad. Pues lo importante no es reconocer «hechos dife­renciales» culturales, na­cionales, territoriales, étnicos o de cual­quier otra especie, sino establecer cuales, porqué y para qué se determinan diferenciaciones o dis­crimi­naciones, diferencias culturales y particularidades nacionales.

Como ejemplo propio, los españoles hemos podido comprobar durante un cuarto de siglo para qué ha servido, finalmente, la reivindicación de los «he­chos diferenciales»: para que unas organizaciones sub­sidiarias del estado blin­dadas por una «cosa nostra» étnica, se hayan ido apropiando de la cosa pública (y privada) en las parcelas territoriales que han reclamado suyas en exclusiva bajo la bandera de una historia, lengua, sangre, costumbres o temperamento «diferente», y poder manejar más competencias y presupuestos. Como todo el mundo sabe que los nacionalismos vascos, catalanes, gallegos o canarios no son frentes políticos que pongan en cuestión el régimen político, el montaje cultural y el modelo socio­económico del presente, sino que todos sus objetivos se concentran en coger la mayor tajada posible de los recursos generales dis­ponibles y controlar en exclusiva sus territorios con los que presumen fundirse, no voy a insistir más en ellos.

Así que voy a referirme a ciertos grupos que se proclaman «identitarios» e incluso «antisistema». Ustedes dirán que necesidad tenemos de referirnos a grupos tan minoritarios, cuando son los nacionalismos «oficiales» los que van imponiendo sus demandas. Las respuestas son sencillas: la primera es que, como se acaba de decir, casi todo el mundo sabe que tales nacionalismos no constituyen fuerzas «contrarias» al rumbo político actual, ni buscan ningún modelo socio­económico ni alternativa cultural a la que hay. Su obsesión se reduce a garantizar un mayor presupuesto, que el mismo mercado, el mismo consumo y la misma producción utilicen la lengua vernácula, y que el dinero que se recaude en un sitio, por supuesto, sea sólo para «su gente». Así que por eso no engañan a nadie, o a casi nadie.

Pero diferente es el caso de ciertos grupos que han empezado a enarbolar las banderas de las identidades, declaradamente populistas o presuntamente «defensores» o «restauradores» de «viejas esencias» ya muy mixtificadas, pues éstos sí que están engañando a todos en dos elementos fundamentales: en su posición ante el sistema y en su oposición al uniformismo y al arrasa­miento de las identitades. Así pues, la segunda respuesta es que, como este blog se dirige a gente que se considera disconforme con lo que hay, y porque nos interesa sobremanera el asunto que advierte el título (no dejar que la bandera identitaria caiga en manos etnicistas) hemos de empezar a despejar esta cuestión básica, vital, para los «reductos» de la población conscientes de la necesidad de una alternativa.

Como las nacionalidades son campo ya «reclamado» y más que trillado por los nacionalismos del régimen, suelen estos supuestos «identitarios» tomar otros marcos o conjuntos de identidad étnica, comarcales, nacionales (de los estados constituidos) subcontinentales o incluso raciales o subraciales. Como ya se advirtió, hay que preguntarse, en primer lugar, el porqué y para qué sirve todo su discurso de defensa de las identidades. Y en segundo lugar, que toman por identidad defendible. Yo les advierto que basta un repaso de los discursos de muchos supuestos «infantes terribles» o «peligrosos», desde los llamados nacional-revolucionarios hasta los reformistas populistas, pasando por los «reconquistadores» de supre­macías o «edades doradas» del pasado, para darse cuenta que no sirve, en absoluto, para abrir brecha y conformar una nueva mentalidad que se enfrente al individualismo, al unifor­mismo y al econo­micismo asfixiante del mundo actual.

Sus discursos están sirviendo para todo lo contrario: para justificar y defender la supremacía de este sistema pluto­crático, del «pensamiento único» famoso y sus mecanismos de poder político, social, económico e ideológico, y de paso, y por supuesto, el «status» material privilegiado de los componentes del primer mundo: un nivel económico con­seguido por motivos históricos, coyunturales, y no por méritos de las pobla­ciones o generaciones actuales.

Todos estos pseudoidentitarios prooccidentales no utilizan mitos «irra­cionales» como pudieron utilizar­los otros grupos en épocas anteriores (esto también sería discutible), o sea, para contrarrestar las fuerzas y artificios eco­nomicistas, evolu­cionistas y uniformizantes en los que se basa el mundo occidental, sino para defender este mismo mundo occidental. Da lo mismo que hablen de «herencias naturales», de los «valores de la civilización» o de «raíces» de cualquier especie. Lo mismo que hablen de defender una religión como del progreso técnico. Lo mismo que hablen de mitos imperiales como de las libertades individuales. Lo mismo que hablen de vírgenes cristianas como de paganos bárbaros. Todos estos cánticos se descubren, si se presta apenas atención, como retórica romántica y espúrea para encubrir la cruda y des­carnada realidad del Occidente, que es lo que acaban defendiendo.

Durante la guerra fría el elenco de las llamadas «fuerzas nacionales» (re­for­mistas, reaccionarias o conservadoras) tanto europeas como sudamerica­nas, emplearon discursos plagados de llamamientos juveniles revolucio­narios según unos, o defensas viejas de la patria, de la religión, de la familia, o de la raza según otros. Pero todo eso fue utilizado para acompañar e, incluso, respaldar el mundo que públicamente se decía de­testar por injusto, corrompido, desalmado, viciado o degenerado. Aquellas referencias eran, sólo en apariencia, «disonantes» con las del discurso «racional» o con­vencional dominante, pues pronto se podía descubrir que, mientras unos eran simples «radicalizaciones» de alguna de las dos alas del frente político «res­petable», otros eran cantos estériles a la luna, y algunos otros (éstos eran los más graves) eran adulteraciones o caricaturas de valores serios para degenerar bien en aberraciones e insensateces fácilmente atacables por todo el mundo, o en pretextos mixtificadores para recubrir las descarnadas razones reales que mueven al llamado «Mundo libre». Por mucho que los dueños del poder los desprecien con patadas e insultos, estos animales muy poco políticos nunca aprendieron (o aprendieron muy bien) y siempre sirvieron como perros fieles de ese poder.

Ahora vuelven a las andadas los mismos perros. Todo su presunto rechazo al globalismo desalmado, desnaturalizador y reconvertidor de tierras, pueblos y personas en solares, máquinas y mercancías, todas sus quejas contra esta sociedad formada por humanos reducidos a objetos y sujetos estacionales de producción, de consumo y deshechos en compra­venta, se quedan en un «desagrado» por algunas consecuencias del proceso, pero un proceso que aprueban no sólo como necesario e inevitable, sino como «fruto» del tipo de sociedad que han de defender. Al final no sólo no atacan esa uniformización y esa progresión disol­vente que decían contra la que dicen que luchan, sino que afirman fervorosamente que todos estamos obligados a defender esa homogeneidad apisona­dora para nuestros pueblos, en nombre de una «paternidad» o unas «raíces» (unívocas y homo­géneas) religiosas, vitales, culturales, racionales e identificadoras.

En definitiva: para los social patriotas, los pseudoidentitarios occidentales coinciden descarada­mente con esos mundialistas a los que dicen atacar: coin­ciden nada menos en ver «superior» el «modo de vida» y el tipo de sociedad occi­dental. Nosotros denunciamos que los pseudoidentitarios sólo dis­crepan de los mundialistas en dos cosas: primero, de la sinceridad de los abierta­mente mundia­listas, pues éstos desprecian los cuentos románticos de nostálgicos y mitó­manos al recurrir a otros engaños más políticamente correctos para justi­ficar el desenvolvimiento de Occidente; y segundo (y aquí discrepan más rabiosos los pseudoidentitarios) porque en vez de reservar ese modo de vida y privilegios socioeco­nómicos para los pueblos elegidos o «avanzados», los mun­dialistas anuncian querer propa­garlo a todo el mundo.

Estos pseudoidentitarios son como los exclusivos de su raza: para ellos Occidente debe quedar reservado para el «mundo avanzado», que para ellos es sinónimo de más dinero, gente «moderna» y aparatos «vir­gueros». En cambio, progresistas y liberales (que tienen la misma idea que los pseu­doidentitarios de lo que significa «avanzado») son algo parecido a los «evangeli­zadores»: para ellos Occidente debe «reconvertir» los pueblos infantiles o atrasados del resto del mundo.

Tanto occidentalistas «exclusivos» como la derecha de los occidentalistas «pro­pagadores» coinciden también en absolver a Occidente en la generación de las desgracias y miserias del resto del globo: para ambos tales desgracias y miserias no son culpa de la destrucción de su hábitat y sus comu­nidades por Occi­dente. Para los «exclusivos» porque las víctimas son unos primates incapaces de adaptarse a una cultura superior; para la derecha «mundialista» porque esos pueblos todavía no han culminado esa reconversión occidentali­zadora que les extirpe absolutamente todos sus «viejos hábitos».

Por eso hemos de combatir la confusión. Por eso hemos de desenmas­carar a los farsantes y arrancar a los pseudoidentitarios la bandera de las identi­dades. Por eso hemos de negar rotundamente que son alternativa a los mundialistas, pues sólo les cabrea que su «tesoro» sea compartido entre los «otros» o sin exigir devociones a ciertos mitos particulares. Habiendo estado «subidos a la parra», les molesta que «los de abajo» se la muevan, bien porque emigren acá, bien porque las empresas se deslocalicen allá, bien porque sus mercaderías desplacen los productos nacionales.

Por eso que no espere nadie críticas sostenidas a la lógica del capitalismo, ni nada por el estilo, sino incitaciones de odio a otros pueblos, incurriendo en la mayor de las contradicciones, porque si dicen defen­der las identidades de los pueblos y los hechos diferenciales entre culturas ¿Porqué siempre se descubren odiando otras identidades y cri­minalizando justamente esos hechos diferenciales? El que dice amar la bio­diversidad ¿Cómo puede presumir de desprecio por las demás especies?

Así pues, ante cualquiera que aparezca esgrimiendo la bandera de la Identidad, hay que emplear la misma precaución radical como cuando vienen con conceptos como defensa de la Patria o de la Libertad. Desconfiar por norma, pues todas estas referencias han sido pervertidas y utilizadas como encubridoras de las razones e intereses más espurios de Occidente. Hay que ver porqué y para qué emplean todas estas ideas. Porque con la confusión se viene una segunda consecuencia: mucha gente acaba por escupir sobre todas ellas, asqueada con el sentido y el contenido que les han dado. Si nos importa la libertad, no tengamos reparo en inquirir con dureza como Lenin y Mussolini. Lenin preguntó «¿Libertad? ¿Libertad para qué?» Y Mussolini desenmascaró a «aquellos defensores de la Libertad que la reclaman y se la apropian para sí, para negár­sela a los demás». Los que levantamos la bandera de las identi­dades hemos de inquirir sin contem­placiones «¿Identidad? ¿Identidad para qué y ser implacables contra «aquellos defensores de la Identidad que la reclaman y se la apropian para sí, para negársela a los demás».

 

 

 

ORIENTACIONES

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La desmotivación de las «juventudes»

(Rescatamos un artículo publicado en «La Conquista del Estado», firmado por «Ferro». Aunque nosotros no confiamos en presuntos «designios históricos» ni en «regeneraciones espontáneas» de ningún tipo, veinte años después tenemos aún más motivos para preguntarnos lo mismo que el autor.

Es notorio que nos halla­mos en una época de desengaños y contradic­ciones, de concepciones demolidas y cambios rotundos, de morales hundidas y de febril afán antagonista. Una época dominada por la atoxia de los hacedores de esta "nueva sociedad", infames leguleyos que con el martillo de Nietzsche critican el filosofar mientras (cuán grande es su hipocresía) no cejan en su intrigar por imponernos las nuevas costum­bres.

De todas estas subversiones pronto destaca la dejadez en que se encuentran las juven­tudes, sabiamente entregadas a los brazos del dios de los sueños, Morfeo. Los políticos y sus “maniobradores” han ido creando mil mitos con los que distraer a los jóve­nes, mil superficialidades que roben a cada momento su atención, que nublen conti­nuamente su espíritu critico. Resulta, en efecto, alarmante que la rebeldía de las juven­tudes brille hoy día por su ausencia; poco, muy poco, parece quedar del talante disconforme, crítico y supe­rador que en otro tiempo les caracterizara.

Desde luego revolución ya no es una palabra en labios de los jó­venes. Vuelve a ser expresión de un esquema obsoleto en bo­cas de izquierdistas. Ya no hay que temer a la Revolu­ción. Se ha llegado a una simbiosis democrática que es­grime, como primer argumento y condición, la negación de dogmas políticos propios, tanto de derechas como de iz­quierdas. ¿Hay quien se atre­va a negar la prosperidad que disfruta el gran capital con los llamados "socialistas"? Las iz­quierdas saben como benefi­ciarse copiosamente de la Banca, olvidando pretéritas vindicaciones; las derechas parecen estar tranquilas mientras no peligren sus privilegios, y todo lo que no les rinda beneficios no mere­cerá su "leal oposición" en el Parlamento. Y así vemos la gran algarada que montan las derechas cuando en una nación lejana como Perú, se decide nacionalizar el servicio de crédito. Por su parte, las izquierdas aún enarbolan su tan mermada capacidad revolu­cionaria. Confiad, pues, políticos todos, vuestro bien­estar a la tranquilidad que os otorgan tan merecidas poltronas; seguid velando el sueño de la Nación, no hay peligro pues ¡Por fin! parece ser que no habrá revolución alguna.

Cabe preguntarse qué sucede con las juventudes. ¿Es causa de su desidia la abulia? ¿Les invade acaso el tedio? Son, esto sí es claro, negligentes en grado extremo. El limbo, el onírico estado al que han relegado el alma de las juventudes, ha sembrado, en éstas, una pesada languidez, un repulsivo aburrimiento que las hace despreocuparse de todo y de todos. Triunfa el ególatra y el egoísta, es el tiempo del individuo sobre la comunidad; prima el individuo sobre la persona.



Pero más allá: ¿Desidiosos o abúlicos? Lógico es que su falta de aplicación (su inerte trayectoria) sea originada por lo que las marca: su ausencia de voluntad. Quizás deberíamos haber señalado antes este aniquilamiento de la voluntad, pues ésta es la raíz última de la sumisión juvenil. El consumismo arro­llador, la tolerancia de esta izquierda derechista, el le­tal adorme­cimiento que dosi­fican los medios de difusión de masas y el creciente nivel de vida para demasiados jóve­nes ociosos, son factores determinantes en la anulación de la personalidad, imponién­dose una identidad común so­bre las cualidades diferen­ciadoras de cada persona. Eliminada la potencialidad volitiva del sujeto, el ca­rácter y la personalidad se pierden en pos de un esquema único. El embrutecimiento es tal que, siendo los hábitos y costumbres de los jóvenes idénticos, éstos se ven arrastrados por un servil egoísmo que les llevará a ese desprecio generalizado del que antes hablábamos. La ma­yoría de los jóvenes emplean sus cinco sentidos tal y como les adoctrinan, la mayor par­te son copias tediosas, y su fastidio y repugnancia les hunde en el más des­pre­ciable de los en­grei­mientos. Tan vanidosos que acentúan su condición brutal haciendo oídos sordos a la politici­dad que caracteriza a la especie humana, afianzándose en el "yo y mis apetencias".

Nos encontramos, tras este rápido análisis con una cui­dadosa maniobra de las oli­garquías dominantes. Los que se encuentran sumergidos en el citado proceso de abur­guesamiento nunca acertarán a ver que se oculta tras el deleite que se les ofrece. De todas formas, esta aparente felicidad no durará más tiem­po del que les permitan los inmutables ciclos históricos.

Predecir la crisis del trági­co sueño, de esta placentera concordia -la simbiosis democrática antes mencionada­- que es la gran culpable; au­gurar el final de tan nefasto bienestar no es tarea difícil. El ciclo demoliberal se acer­ca a su crepúsculo. El protagonismo de las juventudes en el final del som­nífero letargo es indudable, si bien estará notablemente rebajado por la amnesia que empantana sus ánimos. De un modo u otro quedarán involu­crados, les guste o no les guste. Su participación ven­drá cuando se pregunten qué será de ellos mañana, o cuan­do vean la crispación de los millones de compatriotas re­bajados a la indigencia o a la indignidad. Quizás el pri­mer conato del resurgir rebelde en los jóvenes, ocurra cuando éstos reclamen hacer algo por sí mismos y se les niegue.

Indefectiblemente, las ju­ventudes comprenderán que han sido drogadas, que aunque no lo creyeran había algo más que una jarra de cerveza, una sonrisa fácil o una burla de todo. Por designio histórico, generacional, las juventudes están llamadas a ser las ar­tífices de su propio destino, es espíritu genitivo de un Nuevo Orden.

 


INTERNACIONAL

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Recambio de totalitarismos (I) Los totalitarismos antiliberales se van

Natalia Segura

Este siglo que hemos dejado atrás ha significado el periodo de la historia donde se manifestaron con mayor viru­lencia las ideologías abiertamente lai­cistas.

Si el XIX significó el siglo del desarrollo pleno del liberalismo, el XX sig­ni­ficó el despliegue pleno de fuerzas rivales del liberalismo como el radica­lismo, el nacionalismo, el socialismo, el comu­nismo o el anarquismo.
Criaturas todas ellas del positivismo (no ideado, pero sí formulado con claridad por Compte) res­pondían a varios matices de la Modernidad, cuyo fundamento es la negación tajante de una visión completa y pluri­dimensional del hombre. Resu­miendo, estas tendencias se motivaban según hubieran bebido de una u otra de las tres grandes corrientes filosóficas dominantes en el siglo XIX: empi­rismo, racionalismo o vita­lismo (donde podemos incluir el romanticismo). Del empi­rismo se nutrió sobre todo el viejo liberalismo, que tuvo su apogeo en el siglo XIX. Del racionalismo bebieron el radicalismo y las ideologías colecti­vistas. Y del vitalismo se alimentaron el nacionalismo, el naturalismo y el psi­co­análisis (que es otra ideología aunque se empeñen en revestirlo de ciencia médica).

El XX fue el siglo de la aplicación consecuente (y contundente) de las ideologías nacidas del racio­na­lismo y del vitalismo. En los países hispánicos el radicalismo tuvo su apoteosis en México y en la España de la II Re­pública; en el mundo, el colectivismo tuvo como máximos exponentes a la Unión Soviética de Lenin y Estalin, y a la China de Mao; y el nacionalismo tuvo como ejemplo principal a la Alemania de Hitler. Estos dos últimos sistemas han pasado al imagi­nario mediático y colectivo como los ejemplos extremos y más atroces de totalitarismo. Pues hoy, cuando alguien dice «totalitarismo», de inmediato se asocia al totalitarismo rojo o al totalitarismo nazi. El primero, acogiéndose a la dialéctica de la lucha de clases y presentándose como vanguardia de la clase obrera, criminalizaba a las demás clases sociales, y asociaba cualquier oposición política a los intereses de esas «clases criminales»; el segundo, basándose en su visión de selección natural de las razas y considerándose im­pulsor de la raza más evolucionada, señalaba como competi­do­res irreductibles a las demás razas del planeta. Consecuentes con la criminalización social, los movimientos rojos emprendieron en el siglo pasado campañas de asesinatos en masa en Rusia, Ucrania, China, Camboya… Consecuentes con la idea na­cionalista de antago­nismo mortal entre las etnias, durante el siglo XX se come­tieron sobre las naciones «civilizadas» aquellas matanzas y deportaciones masivas que ya habían sufrido los pueblos llamados «salvajes» durante el XIX: los armenios en la I Guerra Mundial, los judíos europeos en la II Guerra Mun­dial, los alemanes del este en la Posguerra mundial…

En 1989 se derrumbó el Muro y se erigió como triunfador el modelo del capi­talismo liberal (si quere­mos ser simples podemos sintetizar que lo liberal es el individualismo pragmático, conservaduro y cobarde; y cuando es utópico, nihilista y osado se vuelve anarquista). Al hundirse la Unión Soviética, el contra­dictorio pastiche cultural radical-socialista o «pro­gresista», dominante durante décadas en Occidente, y que había trabado una combinación alucinante de re­lativismo individualista con iguali­tarismo ambientalista, psicoanalismo y pacifis­mo, empezó a re­sentir­se ya como increíble. La utopía materialista colectivista quedó desa­credi­tada y la cruda realidad del materialismo competidor, el indi­vidualista, vencía y convertía a sus adversarios por «exigencias de la historia». Pero esa «fe» triunfante, la fe en el capitalismo liberal, se imponía y se acep­taba por conveniencia; lo que ‘convencía’ era su necesidad fatal, es decir, se aceptaba la victoria del liberalismo porque no había otro remedio: su crudo economicismo individualista era incapaz de ganarse los corazones de la mayoría de los «fieles».

Durante la última década del siglo XX «volvieron los naciona­lis­mos». Sepultados en la II Guerra Mun­dial por las maquinarias de­moledoras de las potencias redentoras mundialistas (EEUU y Unión Soviética) resurgieron tras medio siglo de estigmatización. Esos nacionalismos movían pueblos ente­ros, convencían y ganaban los corazones. Pero allí donde se han liberado no han hecho otra cosa que movilizar entusiasmos para des­cuartizar sus propias naciones, y dejar los restos para que se los lleve el diablo: ese odiado cosmopolitismo sepulturero de las especificidades nacionales. Los países por donde van pasando los nacionalismos quebrantadores y reductores caen después bajo el rodillo de ese mundo «mundo cobarde y avaro, sin justicia, ni belleza ni Dios…» porque (paradojas aparentes de la historia) los «estaditos» ya no pueden ser soberanos, dejan de ser «libres» y sus «hechos diferen­ciales» no suponen más que raquíticas barreras arrastradas fácilmente por el «tsunami» mundiali­zador. El nacionalismo, por tanto, vino a servir (y continúa haciéndolo) al proceso al cual pretendidamente se opone: el mundialismo.

Porque, además, hemos podido ver que la xenofobia «laica», alimento popular del nacionalismo común, ha sido in­capaz de soportar mucha presión durante un tiempo. Los ejemplos de Hitler, de Estalin (cuando jugó esta carta) y de Saddam Hussein, han sido reveladores en este sentido. El supre­macismo zoológico germánico y el odio a los judíos y a los eslavos no fue nunca la pa­lanca principal que movilizara y sostuviera a los alemanes, pues el racismo estuvo acompañado de un ideal socialista y de una exaltación de valores como el heroísmo, la hermandad del combate y la lealtad al «mandato de lo alto» que en el fondo contradecía ese racismo; en noviembre de 1941 Estalin arrinconó el discurso rojo y el de las minorías nacionales oprimidas, y llamó a la defensa de la Santa Rusia, agitando y recordando las figuras de Alejandro Nevsqui y del Mariscal Cutuzof, héroes de la Rusia Imperial y Ortodoxa; Cuando los EEUU emprendieron la II Guerra del Golfo, Saddam Hussein, jefe del nacionalista y progresista Baaz, partido que consideraba la religión como causa principal de la decadencia árabe y había sostenido la agotadora I Guerra del Golfo contra la revolución islámica de Irán, mandó colocar, junto a las tres estrellas verdes de la bandera, la consigna nada laica de «Dios es lo Más Grande». Hitler, Estalin y Saddam fueron conscientes que ante los grandes desafíos, los entusiasmos basados en visiones mate­rialistas desfallecen.

Y de este hecho son muy conscientes los apologistas del individualismo liberal. Los propagandistas liberales nos suelen pintar un liberalismo in­domable y combativo frente a los desafíos del comunismo y los nacio­nalismos tota­litarios. En España pudimos comprobar a qué trin­che­ra acudieron los lucha­dores liberales durante la Guerra Civil: al extran­jero. En los frentes de batalla pusieron toda la carne en el asador (la suya y la del enemigo) los naciona­listas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas, los radicales jaco­binos, los socialistas, los militares, los católicos, los carlistas, los falangistas, los monárquicos… ¿Alguien puede descubrirnos alguna figura o grupo liberal que se implicara de verdad en aquella contienda? No dudamos que los liberales preferían la victoria del bando rebelde; que no se implicaron en los sacrificios de la guerra, tampoco dudamos: no lo hicieron. Así demostraron ser coheren­tes y consecuentes con su ley de sacar el máximo beneficio minimi­zando los esfuerzos y costos. Pero, sobre todo, demostraron ser conscientes de una realidad: nadie está dispuesto a sacrificarse por unos ideales tan abstractos, flácidos y egoístas como los liberales ¿Como va a sacrificar una persona su egoísmo para implantar el imperio del egoísmo? No tiene sentido. En España la gente moría por la Patria (española, eusquérica o pro­soviética) por la Revo­lución (anarcosindicalista, socialista o nacional­sindicalista) por Dios o contra Dios, por orgullo legionario, por odio a los ricos, por vengar a los amigos, por escapar de los enemigos e incluso, algunos, por el Rey (de una rama u otra), pero nadie, absolutamente nadie, murió por los ideales del liberalismo.

Por eso el liberalismo necesita desesperadamente compañeros de viaje que breguen por abrirle el camino, le cubran los flancos y le protejan las espaldas. El liberalismo no baja a la arena de combate: hace intervenir a otras fuerzas e ideas para que acaben luchando por él. Durante todo el siglo XIX el liberalismo se desarrolló acompañado del nacionalismo: porque éste era quien movili­zaba los pue­blos. El nacionalismo, al ‘hacer­se mayor’, se revolvió anti­liberal y, para colmo, en la extensa Rusia se imponía un sistema internacional enemigo del liberalismo que de­clara­ba no sólo disputar el dominio del mundo a las potencias liberales, sino liquidarlas. Con la crisis de 1929 el liberalismo fue con­testado hasta en los países anglosajones ¿Cómo escapar entonces de esa ola de general hostilidad antiliberal? Respuesta: precipitando la confronta­ción de los nacionalismos entre sí y de éstos con los revolucio­narios colectivistas. Y eso fue lo que hicieron y consiguieron los gerentes del ‘Mundo Libre’. Re­cordemos cuales y como se movieron los agentes de la historia.

Lo que movilizó a los polacos contra Hitler fue el patriotismo (o el nacionalismo) polaco, no la defensa de las libertades civiles, mercantiles o políticas. Lo que movilizó a los británicos fue tres cuartos de lo mismo. Las tres cuartas partes (literalmente) del esfuerzo de la Europa del Eje se consumieron en el frente del Este contra los soviéticos, o luchando contra las guerrillas nacionalistas y comunistas de los Balcanes. ¿Surgieron acaso re­sistencias liberales en Europa? No, ni la más ligera: surgieron re­sis­tencias nacionalistas o socialistas (y alguna anarquista), pero nunca liberales, ni remota­mente. Y en Extremo Oriente, los japoneses con­sumieron igualmente tres cuartas partes de sus esfuerzos luchando contra China: contra los rojos de Mao o contra los azules de Chiang ¿Chinos liberales? ni aparecieron ni los esperó nadie. Cierto que las potencias angloamericanas eran liberales. Pero el soldado británico, el nor­teame­ricano, el canadiense, el sudafricano, el rodesiano, el austra­liano y el neozelandés ¿Sentía movilizarse por el sistema liberal? ¿Acaso no le movía un sentido muy fuerte de orgullo racial, deber nacional o fidelidad a unos lazos históricos similar al soldado alemán o japonés?

El ideario liberal es incapaz de mover intensamente a nadie. Necesita de elementos como el romanticismo o el espíritu corporativo para exigir sacrificios. Una institución como la Guardia Civil es, por ejemplo, también ilustra­tiva: fundada bajo los liberales, ha servido a una España liberal, pero lo que le ha movido siempre es su sentido de servicio y su espíritu de cuerpo militar, no los valores «civi­les» que no puede asumir porque dejaría de existir. Esa es la historia del individualismo pragmático, del liberalismo: para sobrevivir y afrontar momentos de confrontación o de simple tensión, necesita parasitar y apoyarse en elementos ajenos a su espíritu.

Después de dos siglos de corrientes positivistas, abiertamente laicistas, que han sacudido y removido comple­tamente los cimientos de la inmensa mayoría de los países del mundo, y aunque las fuerzas con un poder más llamativo y ruidoso en el siglo XX han sido las tempestuosa­mente hostiles al liberalismo como el radicalismo, el nacio­nalismo o el comunismo, el que ha salido finalmente victo­rioso y reforzado ha sido el capitalismo liberal. La pregunta es ¿El liberalismo ha salido reforzado por haber vencido en una lucha gigantesca a sus rivales? ¿O ha salido refor­zado porque sus contrin­cantes, finalmente, han estado realizando el trabajo esperado por el liberalismo, en un «Gran Juego» donde éste los necesitaba para neutralizar las fuerzas enemigas?

NACIONAL

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Algo huele a podrido en el Régimen

Alfonso Garrido Pérez


Rodríguez Zapatero tendrá el dudoso "honor" de entrar en la historia como aquel presidente del gobierno del Estado que deshizo la autoridad del Estado. El Secretario General del PSOE ha conseguido, en sus dos años de gobierno, lo que no logró ni la nefasta etapa de la UCD, ni la corrupción y guerra sucia del periodo felipista, ni las privatizaciones y el entreguismo a EEUU del gobierno aznarista: el régimen está en crisis.

La Corona en defensa de la Constitución del 78

En dos ocasiones en menos de un mes, el Jefe del Estado ha tenido que pronunciar dos discursos en defensa de la Constitución de 1978. El primero con motivo de la Navidad y el segundo durante la Pascua Militar. En el segundo ha llegado, incluso, a justificar las bondades de su régimen contraponiéndolo con el ayer reciente para hacer olvidar a los españoles que lo único "digno" de mención de este periodo es la mediocridad, la precariedad en todos los órdenes sociales y la corrupción. Se sigue con la táctica de recurrir a los fantasmas de la Guerra Civil y la Dictadura para hacer olvidar a los ciudadanos su realidad más inmediata, y mediante un ejercicio de autocensura practicada por los medios "de comunicación", mantener anestesiada a la opinión pública. Pero ya empieza oler fuerte a podrido y no se puede tapar con los discursos del Jefe del Estado y los refuerzos del partido de la oposición.

La debilidad del PSOE

Que el PSOE es un partido débil y a un paso de enfrentamientos internos que solo esperan un acontecimiento que los desencadene, es algo que nadie puede ya negar. La descoordinación de los Ministerios de Defensa y de Exteriores, las voces discrepantes de Rodríguez Ibarra, Bono, Chávez y Vázquez con respecto al nuevo Estatuto de Cataluña y al colaboracionismo con el Gobierno Ibarreche, son sólo dos aspectos de esta debilidad. Pero es que, a esto, además, hay que sumar que el gobierno de Zapatero está preso de sus pactos con Ezquerra Republicana de Catalunya e Iniciativa per Catalunya. En la ultima encuesta de valoración que los españoles hacían de la clase política sólo el ministro excéntrico de Defensa salía bien parado, lo que demuestra que ya ni siquiera el imbécil de Zapatero cuenta con el factor tiempo para poder salir de la crisis en la que ha colocado al régimen, pues una salida hubiera sido convocar elecciones anticipadas. Pero ahora es que ni eso.

La negociación del nuevo Estatuto de Cataluña ya debe concluir, y esto sólo puede tener dos salidas: o se aprueba o se rechaza. Si se rechaza ¿Cuales van a ser los nuevos socios? y si se aprueba ¿Que hará el Partido Popular? y por último, y no menos importante, empiezan a oírse ruido de sables.


Partido Popular, la guardia pretoriana del régimen

Los estrategas del Partido Popular, después de no haber digerido la pérdida de las últimas elecciones, han optado por convertirse en guardianes de la Constitución del 78, y acusar al PSOE de haber destruido no solo el Pacto Antiterrorista sino de algo aún peor: de haber acabado con el "espíritu de la transición", y de contribuir al cambio, que no reforma, de la Constitución, y, con este acto, abrir las puertas a un periodo de inestabilidad en el que se puede venir abajo todo el chanchullo de la “convivencia pacífica”. Como siempre, la derecha apuesta mantener lo que está, porque gracias a ello la derecha puede mantener sus cuotas de poder. Pero esta crisis del régimen nos muestra también la debilidad del PP que aún no ha podido superar el Aznarismo, debido en gran parte a la mediocridad de su líder, Mariano Rajoy -sólo un buen orador parlamentario-, y que las distintas familias del partido no están de acuerdo con la estrategia adoptada.
Pero la crisis está ahí, la debilidad del Gobierno es cada vez más manifiesta y se agudizará con el desenlace de la negociación del Estatuto de Cataluña ¿Estará el Partido Popular dispuesto a un pacto de Estado que le salve la cara a la corona y que mantenga la Constitución del 78? o por el contrario ¿Preferirá que las circunstancias obliguen a Zapatero a convocar elecciones generales anticipadas?.

El Ejército entra en escena

Las palabras del Teniente General Mena con motivo de la Pascua Militar han obligado a todos entrar en la realidad. El Artículo 8 de la Constitución es tajante: las FF.AA. están para garantizar la integridad territorial de España y el orden constitucional. Si la "reconversión" del Estatuto de Cataluña concluye con la aprobación del mismo, sabemos todos que a los militares solo les queda una salida. Otra cosa es que estén a la altura de su juramento. Que quede claro que estamos analizando la situación, no haciendo un "llamamiento" al Ejército para nada, pues no queremos nunca más "militares de buenas intenciones" y de extrema mediocridad que duren ni cuarenta años ni cuarenta horas.

La JUJEM y el Ministro de Defensa pueden cesar al Teniente General y a cuantos jefes crea oportuno. Pero no se puede tapar el sol con un dedo, y no se puede contener la vista una vez que se dice: “el rey esta desnudo”.



El papel de los social patriotas

Así está la realidad. La crisis es cada vez más evidente. El régimen del 78 está herido, aunque no sepamos si ésta es una herida de muerte o no, como tampoco si esta crisis es el comienzo del fin de tanta corrupción, de tanta mentira, de tanto chalaneo, como el habido durante los últimos 30 años. Una cosa sí tenemos clara, y es que no vamos ser nosotros los que apelemos a la Constitución del 78 para salir de esta situación, porque la Constitución de la transición se hizo de espaldas a la nación, fue producto de una enorme mentira donde no se tocaron para nada las estructuras de poder creadas durante el franquismo. El papel de los social patriotas, nuestro papel, es concienciar a los españoles de que este escenario desplegado ante sus ojos se derrumba y, lejos de ser perjudicial para España, resulta beneficioso para la Patria.

Quizás con esta crisis sepamos de verdad todo lo que ha pasado durante estos 30 años, desde la entrega de la provincia del Sáhara Occidental al Reino de Marruecos, pasando por la intoxicación masiva del “aceite de colza”, hasta conocer quien es el responsable último de las matanzas y asesinatos cometidos por distintos terrorismos; y conociendo la verdad, podamos cambiar por fin el rumbo de la Nación, el destino de nuestro pueblo. Ése es nuestro trabajo, ese es nuestro papel.